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  • 18
    Febrero
    2010

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    Severo Ochoa: El hombre que abrió las puertas de la genética

    A finales de los años cuarenta, un científico español acudió con su mujer a una fiesta que se celebraba en una ciudad de Estados Unidos en honor de dos premios Nobel. En el recibidor se le pidió que escribiera en un libro cuál era su principal entretenimiento. Sin vacilar un momento, tomó la pluma y escribió: “Mi afición es la Bioquímica”. Aquel hombre, Severo Ochoa, acabó por convertirse en el científico que abrió las puertas a los descubrimientos genéticos más importantes en la historia de la ciencia. Había nacido en Luarca en 1905, aunque se trasladó en su niñez a Málaga en busca de un clima más benigno. Desde joven sintió inclinación por la Biología, por lo que decidió estudiar Medicina para acceder a la investigación en ese campo. La figura de Ramón y Cajal inspiró su actividad, ya que le comparaba con científicos de la talla de Galileo, Pasteur o Darwin. Tras completar sus estudios, comienza a investigar en España, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos. En 1931 se casó con Carmen García Cobián, con quien decidió exilarse en Inglaterra al comenzar la Guerra Civil. Poco después comenzó la Segunda Guerra Mundial, por lo que el matrimonio Ochoa tomó el camino de América. En 1942 consigue una plaza en el Departamento de Medicina de la Universidad de Nueva York, donde prosigue su trabajo. En 1955, su equipo consigue sintetizar el ácido ribonucleico, la molécula que transforma el ADN en proteínas, descubrimiento que le valió cuatro años más tarde la concesión del Premio Nobel de Medicina. Posteriormente consiguió el desciframiento de la clave genética, lo que también lograron los doctores Nirengerg y Khorana, quienes fueron galardonados con el Nobel de 1968, que también debió compartir el sabio asturiano. Ochoa influyó de un modo decisivo en el avance de la investigación en España, ya que muchos científicos fueron discípulos suyos. En 1977 pasó a dirigir un grupo de trabajo en el Centro de Biología Molecular de Madrid que lleva su nombre, aunque no regresó definitivamente a nuestro país hasta 1986. El hombre que se divertía con su trabajo en el laboratorio murió en la capital española en 1993. J. M. Gutiérrez

     

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