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  • 22
    Febrero
    2010

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    Torres Quevedo: El hombre que inventó el mando a distancia

    Un lugar tan singular y de una fama tan amplia como las cataratas del Niágara permite comprobar la capacidad técnica que poseía Leonardo Torres Quevedo, el ingeniero español nacido en 1852 en Cantabria. En su juventud heredó una inmensa fortuna de unas tías, lo que le permitió dedicar toda su vida a la investigación. En 1877 patentó un funicular aéreo que era capaz de transportar de forma segura a varias personas en una barquilla. El sistema de Torres Quevedo constaba de una polea con pesos que equilibraba la tensión de los cables a lo largo de todo el trayecto e impedía la oscilación de la barquilla. El inventor español presentó esta propuesta para un transbordador suizo, pero fue rechazada. En 1916 su descubrimiento fue reconocido con todos los honores, ya que su funicular ganó el concurso internacional para instalar un transbordador sobre las cataratas del Niágara. El aparato, que hoy en día continúa en servicio, permite atravesar el gran salto de agua para comunicar los Estados Unidos con Canadá. Antes de que se produjera este éxito, Torres Quevedo se había hecho popular por la invención de las máquinas de calcular, que eran capaces de resolver ecuaciones algebraicas. En 1902 diseñó un dirigible semirrígido, que mejoraba las características del vuelo de los aparatos existentes hasta el momento. Con el fin de evitar riesgos a las personas que debían probar este ingenio, Torres inventó un dispositivo al que denominó Telekino, ya que hacía posible el control remoto del dirigible. Este descubrimiento se popularizó en nuestros días con el nombre de mando a distancia. El cántabro no cesó en sus investigaciones, que dirigió hacia la computación al crear un jugador de ajedrez automático, que en realidad era un ordenador que procesaba la información recibida y actuaba en consecuencia. Sus trabajos en el campo de la automática le convirtieron en impulsor de la informática, ya que inventó una calculadora dirigida a distancia por una máquina de escribir eléctrica que reproducía los resultados. Durante su vida, Torres recibió todo tipo de honores, pero su muerte en diciembre de 1936 pasó desapercibida al coincidir con la Guerra Civil española. J. M. Gutiérrez

     

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