Blog 
MARQUIDE
RSS - Blog de Quinito López Mourelle

El autor

Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


Archivo

  • 22
    Enero
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    A PROPÓSITO DE CLAUDIO

    Recuerdo aquella tarde en que Riccardo Muti se puso al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia, aquí, a diez minutos de mi casa, para dirigir, entre otras obras, la Sinfonía nº 2 de Scriabin y también su fantástica Reverie, ambas ornamentadas con esos flautines que emergen de la floresta para emular el lenguaje de las aves, ese lenguaje universal que es en realidad la aspiración de todo músico y que, ya avanzado el siglo XX, cristalizaría en prodigios de imitación como los desplegados por Messiaen o Rautavara. Han pasado ya tantos años que me resultaría doloroso buscar entre las viejas entradas de concierto, que conservo como uno de mis más preciados tesoros, para cifrar con exactitud cuándo nos visitó Muti. Esos números pesan, pero lo hace en mayor medida constatar que, por muchos años que hayan pasado y pasen, no tiene visos de perder su vigencia la denuncia que pocos días atrás vertía el propio Muti: una orquesta cuesta menos que un jugador de fútbol. Esa obscena relación del uno contra cien, que tan bien ilustra las “bondades” de la ley de la oferta y la demanda, volvió a asaltarme con una nueva cifra, esta vez expresada por José Peris Lacasa en una entrevista que pude leer el pasado domingo: “!Llevamos cien años de retraso respecto a Alemania o Austria y más de 150 con los países escandinavos!”. Sí, se refería a la educación musical, un termómetro de la salud de una sociedad que los profetas de la competitividad y el máximo rendimiento económico, creyendo erróneamente que no les incumbe, desprecian olímpicamente. El inventario de cifras descorazonadoras con las que me he topado recientemente no termina aquí: las más lacerantes nos las ofrecía Intermón Oxfam para sonrojar -aunque desgraciadamente sólo durante un minuto- a un mundo que, abanderado del liberalismo que del sufrimiento de la Humanidad sólo conoce las medallas que se autoimpone con sus patéticas obras de beneficencia, se empeña en dilatar todavía más el salto entre las grandes fortunas y la más ruinosa de las pobrezas. No hace falta ser Euclides para aventurar que esas líneas paralelas, como tales, jamás convergerán, pero es del todo frustrante asistir al proceso por el que esas dos realidades se pierden paulatinamente de vista porque una se adentra cada vez más en el infierno y la otra asciende ya a la estratosfera. El topo y el avión privado, condenados para siempre a vivir confinados en sus respectivas miserias: la de la carestía absoluta y la de la ampulosidad, que no es más que la consecuencia de una lamentable y milenaria falta de educación. “Comamos, bevamos tanto hasta que nos reventemos, que mañana ayunaremos…” repetía el villancico de Juan del Encina…y un atracón semejante es el que parecen reclamar, como si temiesen quizá que al día siguiente alguien pudiese arrebatarles todo su acopio, los poderosos que dirigen el mundo, no porque éste les pertenezca, sino porque lo han moldeado a conciencia. Los que se empeñan en contradecir esa injusticia, tan feroz como cualquier dictadura -¡ah…y cuántos idiotas se aferran todavía con nostalgia al lustre indecoroso de alguna de ellas, sin duda porque no padecieron sus atrocidades, o acatan los dictados de algunas otras actualmente en pie pero vestidas quizá con nuevas artes de camuflaje-, desaparecen de los temas de actualidad como gotas de agua absorbidas por el océano.

    Todavía muy anteriores a la velada de concierto a la que me he referido al comenzar estas líneas fueron aquellas otras en las que, siendo todavía niño, escuchaba sobrecogido, expuesto a una sensibilidad tan inalcanzable y majestuosa que me resultaba casi inconcebible, aquel adagietto que Mahler firmó en su quinta sinfonía. Aunque uno pueda descubrir en posteriores audiciones de una obra interpretaciones que se ajusten más a sus querencias estéticas, lo cierto es que la primera que hagamos de cada una de ellas probablemente nos marcará de por vida, máxime si ésta tiene lugar durante la infancia. Por esa razón quería despedirme hoy, así, de un Claudio Abbado al que considero de la familia. Él conoce la razón de cada una de mis palabras.

     

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook