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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 23
    Noviembre
    2013

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    BROMEO ¿Y JULIETA?

     

    ¡Ah Julieta! Los juncos esbeltos de ribera -así cantaría el poeta-, envidiaban la elegancia de sus piernas, su risa sincera, su discreta pero irresistible belleza... ¡Ah Julieta! ¿Y no era una delicia verla en escena, vestida con aquel traje rojo, con su escote de verbena, en el que dos lunares gemelos -perlas negras en palabra de honor- eran la gracia que el público soñaba tener bajo las yemas?

    Al abrirse el telón salía despacio, bailarina de suave cadencia, dueña de un rictus que nos dejaba perplejos. Nada más lejos que acariciarla algún día, entregada y plena, como la luna que trae la marea, viva y eterna... Sonaba una música triste y ella, sentada en un banco de flores, recitaba un poema. Hablaba del mar y de los barcos que vuelan, y también de los espejos en los que las antiguas damas se dicen hermosas palabras para sentirse más bellas. Luego abría un abanico para que aves migratorias nos saliesen al encuentro, lo cerraba y lo apoyaba en el pecho, y al momento nos llegaba un perfume que alejaba el invierno, brote que nace en un nevero a pesar de los vientos y la arrogancia del hielo. Y cuando más turbados estábamos, perdidos ya entre las nubes del cielo, aparecía él, ataviado con aquel traje negro.

    Se conocieron en febrero. Él la invitó a jugar a los naipes en un descampado, sentados en el suelo, y le prometió que ganaría cuantas partidas quisiese, como preámbulo irresistible tras el que ella se entregaría al calor de sus caricias. Y así sucedió. Puede que aquel fuese el único truco sincero que salió de su chistera, aunque en aquel momento no la llevase puesta. Quién sabe si el azar le ayudó a levantar la pieza.

    Sin mediar palabra llegó la primavera, y los senos y las manos se cruzaron sobrevolando las campiñas, poetas que cantan el júbilo de las simientes que luchan por convertirse en gramíneas peinadas por el viento. Creció también el amor, y aparecieron las primeras promesas, tal y como nos enseñan los cuentos desde que los hombres son machos y las mujeres son hembras.

    Él había llegado de muy lejos, con la gracia de los forasteros y el misterio de dos gatos blancos de sedoso pelaje y estrábicos ojos azules, protagonistas de su número especial de magia. Fausto y Boris, gemelos pero contrarios en el espectáculo, dormitaban la mayor parte del día sobre un amplio diván en el apartamento viejo, esperando a las primeras luces de colores, y al corto viaje del pesado telón carmesí retirándose para anunciar la función.

    Primero salía Julieta, vertía de sus labios aquellas gotas de agua límpida que eran sus versos y encendía los corazones del respetable, que no osaba dejar de serlo a pesar de la tentación de gritarle a la bella indecencias. Entonces sonaba el violín de don Tobías, con cerdas de su propio bigote grisáceo, y entraba finalmente él en escena. El silencio congelaba los gestos incrédulos. Nunca se habían visto gatos blancos en el pueblo, gatos de pelo largo y suave, con ojos azules como cianita escondida celosamente por la niebla. Entonces se dirigía al público mientras Boris y Fausto permanecían tranquilos encerrados en una jaula. Con suma educación presentaba a las dos criaturas, pronunciaba sus nombres y advertía a los asistentes que la pelea, aún siendo una disputa entre dos seres de tamaño muy inferior al nuestro, sería cruel y despiadada, y que aquel pelaje níveo se teñiría de tintos y granas. Crecía la expectación, las miradas brillaban sedientas, los corazones, antes deleitados por la bonanza de Julieta, se aceleraban ahora a la espera de un desenlace incierto, sin duda enérgico y desolador. Y cuando el espectáculo estaba pronto para iniciarse, cuando el caramelo rebosaba ya de la flanera, el telón se cerraba lentamente y la función acababa de improviso. Nadie gritaba, nadie pataleaba, nadie reclamaba sus monedas de vuelta. Pasados varios minutos cada cual se retiraba por la misma puerta por la que había entrado para ver a dos felinos matándose con sus garras.

    En ese preciso detalle radicaba el truco del forastero: conseguía que todos volviesen a casa satisfechos, sin haber visto ni una gota de sangre derramada después de haber pagado por un espectáculo que finalmente no tenía lugar. Solía comentar entre sus amistades que aquella era magia verdadera: prometía y no cumplía, y nadie le exigía una justa compensación. El verdadero espectáculo era el que todos habían imaginado, era el ansia de sus corazones, era la parsimonia de los dos pequeños gatos, presentados como extrañas fieras exóticas.

    La función cobró nombre y salió a recorrer otros pueblos. Ganaron algún dinero e incluso contrataron a un representante, Blas, al que una subida de tensión le había dejado un ojo tuerto, mientras el amor seguía firme entre el hombre del traje negro y Julieta, ataviada con escotes por los que acaso soñábamos que la vida podía merecer la pena. Se habló de comprar una casa, se habló de acunar descendencia, se habló de ir a conocer el mar, en un encuentro acaso más intenso que el primer beso. Pero las palabras no llegaron a convertirse en sentencias, no llegaron a combatir con fiereza, no llegaron a teñir de sangre el blanco, largo y sedoso pelaje de todos los inviernos que fueron viniendo.

    Y un día, a eso de las siete de la tarde, hora mágica entre todas las otras -bendita tú eres, Julieta, entre todas las mujeres-, el forastero entró en el camerino poco antes de la función. Se encontró con Blas y le sugirió que quizá Julieta se cansase algún día de tantas promesas vacías y se marchase por un camino oscuro. Incluso describió la escena, las maletas empapándose bajo la lluvia, el paso tardo y pesado pero decidido hacia la parada del autobús de línea... ¡Cuánta pena! Las primeras gotas comenzaron a caer fuera y Blas, que adivinó que aquella comedia no tendría éxito sin el concurso de aquella florecilla de ribera, preguntó al dueño de los gatos si estaba bromeando, y éste le respondió:

    - Bromeo. ¿Y Julieta?

    Aquella vez no hubo truco, ni respuesta. Nunca más la volvió a ver.

                                                                                                                                                                                                                                   

     

     

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