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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 15
    Julio
    2012

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    CARTA BÁLTICA

    Me reconforta saber que, allí donde estés, nada de esto pueda afectarte. Me complace saber que, a pesar de todo, estas líneas no podrán deturpar el perfume ululante que impregna esos bosques en los que, como única herida horadada en la pureza, se presiente el tránsito invariable de un tren en la lejanía. No pretendo elevarte el desdén de un reproche, ni inquirir tus razones -el enigmático sentido de tu letra pequeña- sino tan sólo verter sobre el lienzo blanco de tu recuerdo la sombra de nostalgia que me carcome, y que probablemente me acompañe para siempre. Sé que esa noche, y el delirio de anhelarte en las que la siguieron, surcando con torpeza el paisaje tejido por mis fantasmas y temores, se llevaron la parte más vulnerable de mi inocencia al corazón húmedo de esos mismos bosques en los que la primavera, abriéndose paso entre los esbeltos árboles, regala un suspiro de color violeta y, con su frágil y perentoria belleza, la congoja del oscuro invierno en acecho. Todavía paseo descalzo sobre el aura de esos breves días en los que me regalaste el don, en los que, primero con tu irrupción y luego con tu ausencia, me empujaste a reconocer el estrépito de mi fracaso, circunstancia que, sin rencor alguno, humildemente te agradezco. Fuiste tú quien me situó ante el espejo. Fuiste tú quien me entregó la luz, quien labró en mi piel la sonata de la dicha, quien me otorgó un nombre, quien me devolvió a un punto de partida que no había sospechado. Te debo todo ese sobrecogedor, certero y cruel bagaje que nunca había experimentado con nitidez, sopesando a cada instante el perfil y la profundidad del abismo y adivinando el lento viaje de la caída. Una extraña quietud me afirma, un silencio de tallo cercenado entre tus manos, en espera del ocaso pero con el dulce sabor, ya entregado a la mansedumbre de un inevitable cintilar, de todo cuanto fui a tu lado.

     

     

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