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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 19
    Diciembre
    2012

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    CRISTÓBAL TASTO

     

    Poca noticia nos llegó de Cristóbal Tasto a este lado del Atlántico (apenas una brevísima reseña de su desafortunado final en algún periódico que en aquella fatídica fecha tuviese un hueco en la sección cultural y hubiese recibido puntualmente el teletipo). En su Guatemala natal dejó, en cambio, cierta huella en un sector ilustrado de la población, muy aficionado al teatro irreverente y a las veladas en plazas públicas sobrevoladas por colibríes en busca de su libación diaria. De su producción teatral sólo llegó a ver representada la inclasificable Garcilaso te la pega, pero hoy precisamente he recibido un correo del Instituto Guatemalteco de Estudios Escénicos, fundado hace más de cien años en Ciudad de Guatemala, informándome de la inminente puesta en escena de Flores de estiércol, un manuscrito que nadie hasta la fecha se había atrevido a rescatar del olvido. La iniciativa se debe a un grupo de universitarios encabezado por Laura Trujillo Heuben, incansable investigadora de los pasos de Tasto y, a juzgar por la foto con la que acompaña la entrañable misiva -en la que sonríe al mundo como si ella misma lo hubiese parido-, potencialmente inspiradora de un nutrido grupo de admiradores. Pero, antes de anticiparnos al estreno de Flores de estiércol, recordemos el revuelo que en 1965, tras cansinas tareas contra viento y marea, contra militares, sacerdotes y próceres de toda ralea, provocó sobre las tablas aquella Garcilaso te la pega dirigida por el propio Tasto. El título de la obra y el argumento parecían indicar al público que Elena de Zúñiga, una corneja desabrida y aficionada a las colecciones de mariposas, sería informada de que su esposo, Garcilaso de la Vega, se entendía con la portuguesa Elisa, a la que supuestamente hacen referencia algunos de sus versos. La aparición de ésta en escena parecía refutar la breve historia de una “cornada” anunciada, pero, para desesperación de los presentes en la función, el asunto se desviaba un tanto con el concurso de un nuevo personaje: Margarida, hija de Elisa (que en los libros de Historia se llama Isabel), por la que Garcilaso sentía un afecto desmesurado. La obra concluía de forma abrupta con un apagón de luces justo cuando la madre, para consolar a su hija porque el perro de lanas de la familia había decapitado una de sus muñecas, afirmaba.

     

    -Tranquila, Garcilaso te la pega.

     

    Los intelectuales de la época advirtieron que, en las atenciones con las que el poeta colmaba a la pequeña, se escondía una relación incestuosa y que la madre, en un alarde de ironía rocambolesco, se dirigía a su hija en aquella última frase de la obra no para tranquilizarla por la recuperación de su maltrecho juguete sino para recordarle que no era la única fémina en el corazón del toledano. ¿Han leído ustedes alguna vez una explicación tan retorcida?

     

    Para mayor regocijo del mundo de las letras (que ahora ya se escriben con faltas o se omiten para “agilizar” la comunicación, su inmediotez -perdón, su inmediatez-) me adelanta también Laura Trujillo Heuben que está ultimando la publicación de los poemas inéditos de su compatriota. Una faca sucia acabó con su vida en un paraje hermosísimo de los Cuchumatanes. Para homenajearle reproduzco a continuación uno de sus poemas más célebres y un vídeo que me he permitido la osadía de concebir, dirigir y producir para ilustrarlo.

     

    King Kong salió a beber

    a eso de las diez.

    No dejó un solo bar

    sin atender:

    peinó todo el downtown,

    (como diría un inglés).

    King Kong se emborrachó en silencio,

    solitario y olvidado:

    ya no tenía nada

    que perder.

    No pudo soportar la falta

    de la hermosa criatura

    en la cuenca de su mano.

    Y así lloró

    la ausencia de la rubia,

    trago a trago,

    hasta el amanecer.

    La luz de la mañana,

    áurea como el pelo

    de su dulce enamorada,

    lo vio caer:

    rotundo, solemne,

    inerte como una manzana

    sobre el prado del ayer.

     

     

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