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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 16
    Noviembre
    2011

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    ELVIRA O EL BLUES DEL CAMINO

     Lo reconozco: llegué al camino como res que busca un abrevadero, empujado por circunstancias adversas que ahora no viene al caso desempolvar. Nunca había deseado recorrer a pie el larguísimo trayecto que separa Palencia, mi ciudad natal, de Santiago de Compostela. El contacto con la Naturaleza, el ejercicio sano, el conocimiento de nuevos lugares y personas o la renovación espiritual me importaban bien poco. La única divinidad a la que me encomendaba era un buen plato de cocido en el restaurante de siempre. Con eso y poco más tenía suficiente…hasta que naufragué. Un año después, en pleno mes de noviembre, me encontraba allí, en un pueblo cercano a León, intentando sacarme los calcetines sin reventar las ampollas que proliferaban por mis pies en un albergue perdido, observado por algunos compañeros de viaje cuyas conversaciones me aburrían sobremanera. Pero entonces apareció ella. Se acercó, se interesó por mi estado y con sus propios dedos ungió una pomada sobre mis castigadas extremidades inferiores. Me sonrió y comenzamos a intimar. Al día siguiente me acompañó durante toda la jornada. Poco a poco fue perdiendo la pista de su grupo porque mi paso nos iba rezagando. La animé para que agilizase el suyo y lo alcanzase, pero ella prefirió seguir a mi ritmo, aún sabiendo que aquello supondría llegar conmigo a Santiago. Elvira era liviana, hermosa, simpática, adorable, generosa, altruista…en fin, todo lo que me estaba vedado soñar. Parecía que los pasos no hacían mella en su ánimo ni en su fortaleza. Reservaba siempre su trozo de pan para darme a mí energías, me animaba en el titánico esfuerzo, me colmaba con su conversación inteligente. Con el paso de los días una ilusión comenzó a reconfortarme. Alguien desde la bóveda celeste me miraba por primera vez con ternura. ¡Me había enviado a un ser tan maravilloso! Un ser que me estaba purificando, que me remozaba y me infundía alegría de vivir y respeto a las demás criaturas del planeta. Para mayor regocijo aquel ser, por alguna extraña razón, no se separaba de mí, por lo que colegí que también ella estaba sintiendo algo. Alentado por esa esperanza, que crecía hermanada con mi reconciliación con Dios y la notable mejora de mi físico -ya acostumbrado a ayunos y grandes esfuerzos-, imaginé que aquel camino no se terminaba allí, sino que Elvira me acompañaría durante el resto de mi vida. La última noche conversamos brevemente desde nuestros respectivos sacos de dormir antes de desearnos aquel dulce “que duermas bien”. Sus ojos brillaban con un fulgor especial y su rostro no abandonaba una sonrisa de felicidad que me llegaba al alma, como si mis palabras fuesen una melodía que la elevase. Entonces sacó uno de sus brazos del saco y tomó mi mano. Y así nos quedamos dormidos.

    La luz de Santiago me invitaba a creer que todo merecía la pena. En la plaza del Obradoiro nos reencontramos con muchos otros peregrinos. La euforia de haber llegado a la meta me distrajo en ese júbilo del intercambio de abrazos y anécdotas. No sé cómo fue. Simplemente apareció por allí, bien vestido, atento y guapo. La invitó a cenar y horas más tarde, como agasajo de bienvenida, la obsequió con una noche de sexo salvaje. Lo más grave es que lo sé porque ella misma, ya con toda la confianza que se gana después de haber recorrido con un amigo kilómetros y kilómetros, me lo contó sin obviar ningún detalle… Y es que el otoño, como un caudal lechoso que supura desde nuestro interior, siempre viene azul.

     

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