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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 30
    Abril
    2012

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    IMPROVISACIÓN PRIMAVERAL

    Hace algo más de un mes Alfonso Morán, amigo y contrabajista en la Real Filharmonía de Galicia, me comentaba, al hilo de una conversación sobre la programación de su orquesta, que un intérprete de notable reputación de cuyo nombre (y aquí la licencia cervantina obedece a un principio de discreción) no quiero acordarme, invitado por la misma como solista, se había quedado en blanco, hace poco tiempo, durante su brillante interpretación. Me vino entonces a la memoria, con especial cariño, un cuento que escribí hace unos veinte años en el que el protagonista, el pianista chileno Claudio Arrau, detenía el mundo en un instante eterno durante un concierto ofrecido en Buenos Aires. Antes de posar uno de sus dedos sobre un si bemol, su mente se paralizaba horrorizada por una duda metafísica: ¿no se correspondería aquella tecla negra, que le aguardaba con impaciencia, con un la sostenido? Prometo recuperar el cuento de marras y publicarlo en este espacio. Sé que es improbable que lo haga pero, a estas alturas de la vida, incumplir una promesa como esta se me antoja un pecado menor y, en cierto modo, perdonable.

    Recuerdo la anécdota porque el pasado domingo, asistiendo a un concierto monográfico sobre el arpa en la música de cámara, ocurrió algo hermoso e inopinado. Desde hace tiempo me entristece escuchar comentarios de grandes aficionados a la música clásica que, aunque no lo manifiesten abiertamente, consideran el jazz como un arte menor y, por ese motivo de partida o porque estéticamente no se ajusta a sus presupuestos auditivos, no le prestan el menor interés a pesar de que grandes compositores (Ravel, Stravinsky, Shostakovich…por citar sólo algunos) incorporasen a algunas de sus composiciones la sonoridad de este nuevo género (que de nuevo en realidad no tenía nada) cautivados por su frescura y por los horizontes musicales que se abrieron con su advenimiento en los albores del siglo XX. En el otro lado también registro, con idéntica impotencia, el fingido hastío con el que los acérrimos del jazz le cierran la puerta a la clásica porque tampoco se aviene a sus entendederas swingueantes, creyendo acaso que la música clásica es sólo una, de igual forma que una extensa parte del público sólo entiende el jazz como el tipo de música que hacía Louis Armstrong en Nueva Orleáns o, como mucho Charlie Parker en la era del be bop. Me detengo aquí en la reflexión (que cada uno puede digerir como le convenga) para relatar, ya sin más meandros, que, durante la interpretación de la Música para Nicanor compuesta por el rumano Sergiu Natra, la arpista Irantzu Agirre Arrizubieta, del ensemble Belle Epoque, sintió en sus yemas el latigazo de una cuerda que se rompía en directo, provocando un sonido que no estaba convocado en la partitura que el compositor dedicó a su amigo Nicanor Zabaleta, pero que sí podría estarlo en la de alguna composición del recientemente desaparecido Mauricio Kagel o de algún otro compositor contemporáneo. Ante un suceso desatado por el azar sólo cabe la improvisación: actuar con naturalidad frente al imponderable para restablecer la normalidad. La obra de Natra está fragmentada en movimientos de escasa duración, pero una situación similar podría darse en la ejecución de una pieza ininterrumpida de más de treinta minutos, algo más frecuente en los compositores actuales, y, ya puestos a imaginar, podría pasar, en el peor de los casos, a tres o cuatro minutos del final o en un momento en el que el instrumento castigado por la ira de los dioses (los mismos que concedieron a su hermana el arpa eólica el don de hablar en su nombre) estuviese ejecutando en ese preciso instante un fragmento en el que asumiese el protagonismo. Un músico de jazz podría, llegado el fatídico caso, ignorar la cuerda rota (o la tecla, o la clavija …) y amoldarse a las posibilidades de su instrumento para suplir las notas que la merma por sorpresa le hubiese arrebatado. La pobre Irantzu, por el contrario, no tendría más remedio, si quisiese continuar con la ejecución, que accionar esa cuerda -ya sin vida-, siguiendo estrictamente las instrucciones del papel pautado o, en un ejercicio de adaptación espontánea, sustituir esa nota por otra idéntica pero más aguda o más grave, lo cual desvirtuaría claramente la intención del compositor. Con gran naturalidad y buen criterio (aunque desconozco si existe un protocolo para solucionar este tipo de problemas), la arpista y el resto del septeto detuvieron la ejecución, explicaron al público lo sucedido y, aprovechando que el concierto tenía también una vertiente didáctica auspiciada por el coordinador Rubén L. Someso, ilustraron al respetable sobre el proceso de sustituir la cuerda rota (incapaz de soportar ya por más tiempo los cambios de temperatura y humedad que nos descontrolan últimamente) y afinar la nueva. Y fue así como algo que no estaba escrito, algo que llegó como un beso robado, propició un momento hermoso y revelador. La extinta cuerda, víctima de la primavera, había desfallecido por todos nosotros, regalándonos con su muerte la renovación de este espejo enigmático que denominamos realidad. Minutos después volvían a sonar los primeros compases de la obra de Sergiu Natra y nuestras vidas retomaban el pentagrama con alivio.

    Al salir de la sala y bajar al hall del Macuf, museo en el que tuvo lugar el sucedido (y siento no haberlo citado en primer lugar como es obligado en todo relato periodístico que se precie y es que, lo del periodismo, hábito nocivo al que nunca tuve gran afición, lo estoy dejando) me topé con una escultura o instalación de Bernardí Roig que no había podido apreciar por haber entrado apresuradamente en el recinto para no llegar tarde a la cita musical. Al verla me sentí profundamente identificado con el protagonista y recordé algunos versos de Annette Peacock que ponen la guinda a un emocionante tema que Bill Bruford grabó hace años y que se titula Goodbye to the past. La selección que reproduzco a continuación, y que prefiero no traducir, resume de alguna manera la hermosa idea de vivir el presente sin el tormento que nos infligen nuestros actos del pasado, sin el peso de toda esa construcción que hemos cimentado durante horas y horas y que, por su gravedad, se desmorona sobre nuestras conciencias. La cuerda del arpa (poco importa si la nota correspondiente es un si bemol o un la sostenido) es, que duda cabe, un ser humano. ¿Por qué no hemos de serlo nosotros?

     

    Say goodbye to the guilt
    Leave the past behind
    Leave the pain with the past
    Lighten up the cross
    It's a long journey ahead
    You are innocent victims
    Of circumstance and coincidence
    Be gentle with yourselves
    Forgive yourselves
    Release yourselves from the past
    (Anette Peacock)
     

                                                             

     Escultura de Bernardí Roig expuesta en MACUF. (Foto Q. Mourelle)

     

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