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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 03
    Marzo
    2012

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    JAZZ GIRL

    Sí, algún día tenía que hablar de Veronika Marescia y… ¿por qué no hacerlo en este preciso momento? Todavía puedo verla ahora, registrada en algún dobladillo de mi retina, mientras cruza el parque con ese aire decidido y elegante que enloqueció a media ciudad. De padre danés y madre italiana, Veronika resumía en una nariz nevada de pecas las contradicciones de sus progenitores. Pero no, no voy a seguir por esa vía. Me limitaré a relatar lo sucedido aquella tarde en que se presentó en mi domicilio media hora antes de lo convenido, circunstancia que, torpemente, quise atribuir a algún tipo de interés por su parte. Me había propuesto poner a prueba su exquisito oído con una audición preparada a medida. En otras ocasiones nos había dejado boquiabiertos al identificar sin titubeos a tal o cual saxofonista, pianista etc sin haber escuchado más que diez o doce segundos de música, pero la velada de la que me dispongo a darles cuenta, y en la que yo sería su única compañía y por tanto, único testigo de los hechos, prometía un examen más riguroso y, por qué no decirlo, malintencionado, de sus aptitudes retentivas. Había seleccionado cuidadosamente fragmentos en los que la intervención de los músicos que ella debía identificar era confusa, bien porque estuviesen interpretando al modo de otros instrumentistas célebres -pintores excelsos como De Chirico jugaron a imitar a pares como Rubens e incluso a sí mismo, al Chirico de épocas pretéritas- o porque su concurso, en este caso como acompañantes de otros solistas, fuese la expresión mínima y menos reconocible de su arte. Veronika tenía por costumbre saludar con un beso que se aproximaba peligrosamente a las comisuras de los labios, recordando así, con ese marchamo cruel, que el depositario de aquella gentileza se había quedado a las puertas de otras atenciones más generosas que no tenía inconveniente en dispensar a un club de elegidos. Si puedo contarme o no entre esa triste compañía de los que no obtuvieron sus favores…poco puede aportar al caso que nos ocupa. Después de recibir ese beso la acompañé al salón, le ofrecí un refrigerio y, tras una breve puesta al día de nuestros sinsabores cotidianos, inicié la audición. El primer fragmento seleccionado era un solo de contrabajo acompañado por un levísimo juego de escobillas y unos escasos acordes de piano sugiriendo la armonía del tema. La exposición fue breve. En cuanto levanté la aguja Veronika abrió los ojos y se adelantó a mi pregunta:

    - Es Frank Raulbower.

    Mi perplejidad fue motivo de una bellísima sonrisa por su parte. Frank Raulbower era, en efecto, el saxofonista de aquella formación, pero no había tocado una sola nota en el fragmento que le había puesto. Mi intención era preguntarle por el pianista. Era evidente que conocía aquel disco, así que sin dilación la invité a sentarse en una silla desde la que le resultaría imposible ver qué álbumes escogía para la prueba. Con el segundo pasaje me proponía que también identificase a un pianista, esta vez interpretando en solitario una introducción en la que tocaba tan pocas notas que la Música Callada de Mompou parecería una algarabía de mercado a su lado. Diez segundos…

    - Es Maurizio Freni.

    Otra vez me había desbancado. Freni era trompetista, el trompetista que aparecería medio minuto después en aquel dúo. Tuve la tentación de amonestarla por adelantarse a mi pregunta, pero, en vista del interesante juego que se traía, le permití que volase a sus anchas. Mi extrañeza, sin embargo, había aumentado un grado porque aquel disco de Freni y Pieranunzi era una rareza que había conseguido de una forma rocambolesca y del que muy difícilmente ella podría tener noticia. Con esa comezón me apresuré a posar la aguja sobre los surcos del tercer fragmento: una declaración apoteósica de free jazz en la que una trompeta, un saxo tenor, un contrabajo y un baterista rugían desaforadamente. Si el anterior ejemplo era una rara avis en la discoteca de un aficionado cualquiera, este podría elevarse a la categoría de preciadísima pieza de coleccionista. Era una grabación en directo, registrada con medios rudimentarios, que mi cuñado me había comprado durante un viaje a Polonia. Su respuesta, desembuchada de forma un tanto autómata, como si estuviese obedeciendo órdenes de una instancia superior, no se hizo esperar.

    - Es Renan Costa.

    Me resultó inevitable perder la compostura y preguntarle con alarmante urgencia cómo, por qué secreta razón, sabía que Costa, un pianista desconocido y sin grandes méritos de los que presumir, estaba aquella noche en Polonia, en aquel local de la calle Mariacka, esperando su turno para tocar después de que lo hiciese el grupo de free jazz que habíamos escuchado durante unos segundos en mi salón. Su tono intentó tranquilizarme.

    - Es fácil. Tú también puedes lograrlo. Debes poner el foco en las notas que no se escuchan, las que el músico que espera pacientemente está escuchando en su imaginación, como si tocase un solo en el silencio de su alma, como si alguien estuviese tañendo su instrumento por él mientras sus manos permanecen quedas. Esas notas que no han sido vertidas llevan el mismo sello que las que luego nos regalará cuando le llegue su turno.

    Acto seguido me pidió disculpas porque se le había hecho tarde. Se fue bajando las escaleras en volandas, sin darme oportunidad para retenerla. Su beso de despedida volvió a acercarse peligrosamente al centro carnal de la diana.

    Sí, todavía puedo verla cruzando el parque y perdiéndose entre la arboleda. Me hubiese gustado ilustrar este breve recuerdo de Veronika con una fotografía en la que aparecemos los dos compartiendo una granizada, pero como muy bien sabéis esa fotografía no existe, así que he preferido alzar la mirada y posarla, cual tórtola que busca la complicidad de otra, en las copas de esos árboles que la trajeron por primera vez.

     

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