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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 14
    Octubre
    2011

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    Memento

     

    LIZARDIANO

    El lagarto se encarama en la peña desnuda, detiene su mirada en un punto fijo, se mimetiza en un segundo eterno con la antigua faz del granito, poblado de líquenes y vetas que el sol le ha legado en incontables jornadas de conversación. Luego reanuda su progresión para esconderse entre los matorrales, en esa red de galerías urdida bajo la flor del tojo con el paciente oficio de la supervivencia. Entonces se ciernen avisos y el cielo se resquebraja en una mueca trágica, desesperada. Los vientos traen olores de realidades lejanas, quizá inventadas por el propio viento, maestro ministrer de otrora, rapsoda entre rapsodas. Pero las primeras gotas acallan su tonada. El cielo supura verdad y sabiduría y la tierra recibe su liturgia como miga de pan echada a perder, entregada a una fiesta cuyas consecuencias prefiere ignorar mientras disfruta del vicio de ser anegada, fecundada, mancillada. Los días áureos volverán con las brisas propicias. El astro fulgente robará de nuevo en su zurrón el rocío de los caminos y, en el primer descanso de la mañana, el lagarto, atento al insecto desprevenido y feliz, soñará, sin saber por qué, con el día en que vuelva a habitar el océano.

     

     

    RACHMANINOV

    Me haría feliz que, sesenta y ocho años después, Rachmaninov pudiese tener noticia de un incauto encerrado en un parking -de no se sabe dónde- escuchando su música, paralizado y manso como un reloj de cuerda que se ha dejado de utilizar desde hace décadas. Pero Rachmaninov no existe. Quizá no haya existido nunca. Quizá sólo haya sido un invento que nos ha llegado por error a través de las eras que, en sucesivas capas de mugre, se han ido apelmazando sobre la estupidez, la hermosa estupidez que nos acoge. Las plazas reservadas de ese túnel triste por el que pasa la vida conmueven al cautivo que contempla ante sí, acariciándolas con su imaginación infantil en la oscuridad subterránea, cada una de esas notas del concierto de piano. A muchas leguas de distancia yace en la suya el compositor. Los automóviles y los viandantes ornamentan con tímidas pinceladas la vacuidad de esos sesenta y ocho años sin Sergei, sin nosotros mismos. Lo más descorazonador es pensar que, aunque no hubiese llegado hasta nosotros la eterna poesía de esos compases, no pasaría nada Los automóviles y los viandantes seguirán su inexorable paso a través del túnel sin que esas absurdas acotaciones que delimitan un lugar en el Paraíso, en la nada, cobren sentido. Ni siquiera su música, excelsa e intangible, tiene una plaza reservada.
     

     

     

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