Blog 
MARQUIDE
RSS - Blog de Quinito López Mourelle

El autor

Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


Archivo

  • 08
    Diciembre
    2011

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    MERCURIO

     Recientemente recibí una llamada de mi editor, notablemente airado, en la que me conminaba a enviarle de una santa vez mi manuscrito de la novela Tristeza última de Eustaquio Frenesí, obra en la que llevo trabajando más de diez años y que, entre otras cosas, me costó mi relación con Danika, una simpática y agraciada eslovena. Fue una pena porque le tenía un gran afecto a los buñuelos de bacalao con los que habitualmente nos agasajaba su madre allá en Liubliana, donde residí con Danika durante una larga temporada. Mis idas y venidas para documentarme sobre la vida de Eustaquio Frenesí acabaron por colmar su paciencia y, al regreso de mi último viaje, me sorprendió al presentarme a René, un apuesto francés que tenía todas las virtudes para convertirse en mi sustituto natural. De Eustaquio Frenesí, por cierto, no se sabe gran cosa. El sobrenombre le vendría, según algunos historiadores, por su desenfado, su existencia licenciosa y su estrecha relación con mujeres de vida alegre. Me consta, tras largas averiguaciones, que esa percepción no se corresponde con la realidad, ya que él no era el destinatario de esos disfrutes sino el cardenal Bernabé, del que era una suerte de edecán u “hombre para todo” y al que surtía con lo más granado de los lupanares tras cuidada selección. El cardenal, allegado y hombre de confianza en la corte, era, aparte de un putero impenitente, un gran aficionado a los almendrados y un consumado jugador de petanca. Me costó horas de biblioteca y de rastreo de antiguos legajos descubrir esa pasión del prelado, guardada con sumo celo ya que no estaba bien visto que un religioso ocupase sus horas de ocio en una actividad tan mundana. Era el propio Eustaquio, sobre el pescante del coche de caballos, el que le llevaba a los campeonatos donde, cual disfrazado Robin Hood, no tenía competencia que temer. No fue, sin embargo, un campeonato de petanca, sino un asunto de amor, el que provocó el accidente por el que Eustaquio fue juzgado. Un oportuno aviso sacó al cardenal de la cama de Agustina Frade, una de las prostitutas más bellas y arteras de la época, para ocultarse rápidamente en el carruaje y salir huyendo. El sobrino del monarca compartía la dama con el vicioso Bernabé y, justo aquella noche, se presentaba reclamando sus derechos. Al advertir la salida atropellada del carruaje guiado por Eustaquio, el mentado sobrino ordenó a su cochero que persiguiese al invasor. La pericia de Eustaquio con las riendas le permitió despistar a su perseguidor, pero no pudo evitar, tras una célebre persecución, atropellar a una dama de alcurnia provocándole la muerte. El cardenal se apeó y, vestido como iba de incógnito, no le fue difícil perderse entre las callejuelas y eludir el peso de la justicia. Su hombre de confianza, en cambio, se pasó cinco años en una inmunda prisión. Es en ese punto en el que, con gran burla para los que nos documentamos concienzudamente, el pseudohistoriador, fanfarrón y despreciable Miguel Vallejo Losada, sitúa el origen del sobrenombre del malogrado Eustaquio, cuyos verdaderos apellidos eran Requena Zamora. Según el infame charlatán se produjo en el juicio una conversación parecida a la que sigue:

    - Entonces, al ver a la dama ¿usted frenó?

     - Frené, sí.

    Siempre según Vallejo Losada, el pobre Eustaquio, sobrepasado por la situación, habría enmudecido tras esa respuesta y no habría podido continuar defendiéndose. Tras cumplir condena, el cardenal Bernabé volvió a contar con sus servicios, pero Eustaquio ya no era el alegre y dispuesto hombre de antaño. En la cárcel había ocupado sus horas leyendo novelas románticas y poemas inflamados y, alentado por esos compañeros de viaje, soñó para sí mismo con un final heroico, con una impronta digna de su personalidad. El cardenal, sagaz y pérfido, obsequió a su fiel ayudante, quizá para recompensarle de algún modo por no haberle ayudado a librarse de la condena, con una biografía de Robert Schumann que, en aquel momento, estaba prohibida pero que él, valiéndose de su potestad, había rescatado de los censores para consumo propio. Eustaquio devoró aquel libro con devoción y, en un extraño y entregado afán de emulación, y sin que diagnóstico alguno así lo indicase, comenzó a administrarse levísimas dosis de mercurio para ver si de ese modo enloquecía de forma paulatina en las postrimerías de su vida. Sin sífilis que paliar ni otro mal destacable, por lógica los efectos del mercurio, al no tener que paliar contra dolencia alguna, podrían ser todavía mayores en su ya marchito organismo. Pero no fue así. En una estremecedora y esclarecedora carta en la que Eustaquio narra las vicisitudes de sus últimos días confiesa que, lejos de perturbar su espíritu y menos su entendimiento, el mercurio sólo le provocó una parcial ceguera, una visión un tanto nebulosa que le impedía ver los bosques y su magnífico contorno con nitidez. Pero esa velada cortina opalescente podría ser tan sólo un último esfuerzo de su invención para caracterizarse y entorpecer la labor aséptica de los historiadores que, a diferencia del caso de Vallejo Losada, se aplican con rigor en su trabajo.

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook