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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 27
    Octubre
    2011

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    POLINIZACIÓN

    Aquella tarde bajé a la playa con la misma intención de verla. Me aposté en el lugar de siempre y aguardé cauteloso su aparición. El verano ya languidecía y mi desesperación me carcomía porque en todo aquel periplo caluroso no había conseguido estrechar el cerco y dirigirle la palabra. Nos cruzábamos paseando por la orilla, a veces entrando en el agua, en la terraza de la cafetería comprando un helado, subiendo al aparcamiento al declinar la tarde… sin obtener en aquellos fugaces encuentros ni una sola mirada por su parte. Siempre estaba sola, leyendo su libro, tendida junto a los patinetes del catamarán, aquel catamarán que acumulaba años y liquen sin que nadie le diese una alegría. “Seu coraçao e un barco jamais navegado” rezaba la letra de Vitor Martins… Así me sentía yo bajo el sol, como si en toda la playa, en la que las parejas refocilaban a su antojo y se confesaban melindres y promesas de amor, sólo hubiese un árbol en cuya sombra yo me escondía y del que ya caían las hojas volátiles y doradas del otoño. Llegó sin falta y ocupó su sitio. Mi nerviosismo, tantas veces domeñado por la rutina de la situación, se aceleró por mi convencimiento de que aquel sería el último día de sol, mi última baza de una empresa arriesgada y estúpida. Saqué el libro de la mochila y continué la lectura en el punto en el que la había dejado la tarde anterior. Antes de pasar cada página me aficioné a buscarla con la mirada, a comprobar que seguía allí, también leyendo, y que así podía demorar mi gesto de osadía y tomar aire una vez más antes de acometerla. Con el avance de la tarde mis actos de vigilancia se sucedieron con un período más corto, sin por ello haber decidido todavía cómo actuar, cómo rasgar la fina tela que nos separaba. Creo que en aquel momento ya alzaba la vista tres o cuatro veces por página. Mi comprensión del texto mermaba en proporción contraria. Mi imaginación se quedaba merodeando en un mismo párrafo durante minutos, completamente abandonada a mi suerte. Entonces una gran nube que avanzaba desde el oeste se cernió sobre nosotros. Podría ser un triste presagio, pero era también una buena excusa para que ella recogiese sus cosas y volviese a casa, de modo que me levanté sin vacilar y me aproximé a la chica envalentonado. Al tenerme a un palmo de sus narices, en cuclillas para conversar, me regaló un gesto de desdén. No se me ocurrió otra cosa que proponerle que intercambiásemos las lecturas durante un instante, que ella pudiese sumergirse en mi historia y yo en la suya en la misma línea en que las habíamos detenido. Su indiferencia no decayó. Sus ojos no podían disimular que mi libro, del que todavía no tenía noticia alguna, le parecía inferior al suyo y poco interesante, pero finalmente, quizá por desembarazarse del trámite y perderme de vista, aceptó. Acto seguido tomó mi libro en sus manos e inició la lectura:

    “Perra viciosa, doblégate ante mí y arrástrate por el suelo. Mañana andarás por ahí aullando, buscando mi nombre por los caminos, recordando mi falo y mis palabras gruesas y malolientes. No podrás ser feliz hasta que vuelvas a arrodillarte, desnuda como una perdida, como una vagabunda errante, sucia y poseída…


    Durante la redacción de este cuento he escuchado: Tomasz Stanko: Tweet (Power Bros, 1976)

     

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