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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 15
    Septiembre
    2012

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    SETEMBRO

     

    Sí, aquí mismo, sobre la hierba, me pregunta mi sobrina por qué los meses se llaman de una forma determinada y no de otra: por qué enero no se conoce como jupirista, febrero como trecilori, marzo como senotira, abril como masperofa, mayo como címbelor, junio como fírbulas, julio como racolino, agosto como guserta y septiembre…

     

    - ¡Alto ahí! Aunque no sepa ni jota de etimología, de septiembre puedo contarte alguna cosa. El nombre se le puso en Portugal, aunque su origen no se debe propiamente a los portugueses sino a una ocurrencia de un veraneante que, tras haber sufrido/disfrutado los rigores de un prolongado estío recordó a sus nuevos vecinos que hacía mucho tiempo que no llovía, que el campo necesitaba agua urgentemente y que si éste pudiese hablar diría “Que sed tengo”. Y de ese “Sed tengo” a “setembro” (que está mejor hilado y suena más natural) poca cosa medió. Algún pensador que recogió la anécdota quiso relacionar esa sed de la tierra lusa con la saudade, como si ésta fuese un reflejo humano de ese anhelo de la Naturaleza por sentir la lluvia de nuevo. De forma análoga quise yo en su día, en una tosca novela que nunca verá la luz, jugar a atribuirle a la nostalgia un significado cultural y heredado: ésta sería el resultado de la suma de “nos” (nosotros), “T” (el símbolo de la cruz) y “algia” (dolor). El “nostos” griego (el regreso homérico), se convertiría así, pasando por el filtro del cristianismo, en el dolor -algia- que sentirían los cristianos por el deseo no satisfecho del regreso de Cristo. Por supuesto era tan sólo un juego esbozado por alguien que no tiene ni religión ni patria y, según dicen, desconoce el afecto, pero que se divierte buscando relaciones absurdas en y entre las palabras, relaciones, por otro lado, que poco importan a mi sobrina, ávida de otras novedades más llamativas y sugerentes. (Ahora me dedica un mohín en el que, con pericia de alquimista, reúne en una asombrosa síntesis la desaprobación por el rumbo que estaba tomando mi perorata y la aprobación por mi intención de corregirla, enmienda con la que quizá albergue la esperanza de escuchar el relato de alguna historia divertida).

     

    Y entonces, sin previo aviso, se presentó una zapatilla. Ni mi sobrina ni yo la habíamos visto antes. Sin duda no pertenecía a ninguna persona de la casa. Al alcanzar nuestra posición respiró profundamente y buscó la sombra sin separarse de nuestro lado. Parecía venir de muy lejos. En cuanto recuperó el resuello se presentó formalmente y nos comunicó que venía a pedirnos asilo político. Mi sobrina no entendía nada, pero estaba maravillada y expectante por el desenlace que aquella visita sorpresa pudiese deparar. Observando sin mucho detalle su tela, el dibujo del estampado (unos cuadros horrorosos de un marrón que no se encuentra en el Pantone de marras -sí, es evidente que hay otros colores por el mundo huérfanos de una clasificación comercial-) y su deterioro, sospeché (quizá mi sobrina también lo hizo) que el largo viaje que aquella pobre zapatilla había emprendido no tenía su punto de partida en un país exótico, sino en otra época. Al preguntarle a qué pie había pertenecido se excusó escudándose en un inviolable código de silencio y respeto a la memoria de su antiguo propietario, pero a mí me pareció que en aquella negativa se escondía más bien la vergüenza de haber servido a un pie reprobable. La imaginé entonces calzando las tardes de asueto de algún dictador en su retiro veraniego, mientras éste, en calzoncillos y camiseta, acaso escribiese en una vieja máquina, acompañado por un café humeante, algún apunte para un discurso inflamado y populista. Pero también podría estar huyendo de su país por haber aniquilado al pobre hombre que la había comprado en una vieja tienda de alguna calle húmeda y sombreada de la vieja Europa o simplemente por haberse deshecho, en un inédito crimen pasional, de su compañera, la otra zapatilla, quizá por celos o probablemente por no soportar aquella duplicidad, aquella presencia insidiosa de un ser gemelo en todas y cada una de las facetas de la vida. Sea como fuere, confiando en la inocencia de la recién llegada y cumpliendo con principios éticos que deberían ser universales, con el breve intercambio de una mirada (yo buscaba el visto bueno de mi sobrina, a fin de cuentas dueña y señora del hogar) acordamos acoger a la señora/señorita (un punto por aclarar) zapatilla aún cuando su aparición en nuestras vidas pudiese desencadenar problemas de índole doméstico que prefiero ahorrar al lector.

    Durante un instante dudé si la nostalgia septembrina de aquel remoto verano portugués no sería en realidad la nostalgia de agosto y sus calores (la ilusión de un verano eterno) en vez de la del héroe de la lluvia que regresa al hogar para empapar los campos. Francamente no lo sé. De cualquier manera son cosas que se piensan en septiembre, cuando no sabemos si ponernos a caminar o amodorrarnos en los rescoldos vacacionales. Mi sobrina, visiblemente agotada por la irrupción de la zapatilla demandante, parece haber querido zanjar la cuestión hace apenas un minuto cuando se levantó para ir a la cocina diciendo:

     

    “Que sed tengo”

     

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