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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 28
    Septiembre
    2011

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    Summer 12

    Cinco de la tarde. El sol en el centro de la sartén, inapelable. Los pájaros agazapados en el reino de las sombras, esperando su turno para apoderarse de las migajas de algún canapé abandonado, envidiando quizá, a esa hora queda e inútil de la siesta, la humedad artificial de la piscina, que era el centro tonal en torno al que se desparramaba la fiesta. Sobre una tumbona, en una esquina protegida del castigo solar pero expuesta sin remedio al latido incesante, y también artificial, que oficiaba el pinchadiscos, dormitaba con la boca abierta un tal Ernesto. Llevados por una gasa ebria de risas y fanfarronerías, varios compañeros de fatigas se afanaban para atar un hilo alrededor del aro que el durmiente lucía en uno de sus pezones. Luego repitieron la operación con la argolla que pendía de su narina izquierda. Finalmente ataron los extremos de ambos hilos a las patas de uno de los sofás de terraza, ocupado por dos amigas que, repantingadas como gatas de minúsculos biquinis acomodándose después del baño, comentaban que habían escuchado en alguna parte que en el año en curso, el 2012, anodino y corto como cualquier otro, se acabaría el mundo. Ernesto, que antes de caer definitivamente en el fragor de la batalla no sabía -igual que el resto de los convidados y los que fueron apareciendo, sin gozar de ese privilegio, como insectos ávidos de miel- si estaba disfrutando de la fiesta de la noche anterior o de la del día siguiente, roncaba con la cabeza ladeada en un escorzo imposible. Alguien intentó provocarle un agrio y abrupto despertar con aspavientos y pequeños gritos, pero el guerrero no se inmutaba. Podría estar muerto. La brisa detuvo la elegante cola de sal que transportaba desde la bahía. Era el momento de otra dosis de la sustancia neobáquica: pasado de moda el cristal, desde hacía tiempo se consumía metacrilato, de mayor potencia y efectos más prolongados. Alguien probó a tirar progresivamente de uno de los hilos. La tetilla depilada de Ernesto comenzó a erguirse como un flan avisando en el horno de su punto exacto de cocción. También se tensó la línea que llevaba hasta su nariz por obra de otra mano colaboradora. Era Gulliver apuntalado por un ejército de liliputienses. Pero, tampoco así, reaccionó el héroe abatido, el héroe que se había entregado en cuerpo y alma durante horas interminables de frenético trance. En el lóbulo sonrosado de una de sus orejas, un pendiente de falso diamante refractaba, con algún rayo que se colaba por los intersticios del techo de paja estilo caribeño que velaba por su sueño, la realidad de aquel verano de 2012. La música creció. Más decibelios, más sol, más metacrilato. Urgía zambullirse de nuevo y tomar aliento en pos de la postal de la puesta de sol, que luego, días más tarde, regodeándose en el lujo de tanta “p” seguida, los combatientes narrarían a sus amistades como la postal de la puesta de sol más impactante que habían presenciado jamás. Entonces apareció, con la odiosa puntualidad de un castigo orquestado desde la distancia. Llevaba consigo algún artilugio guardado en una funda negra. Se movió con la decisión y la rapidez de un francotirador, sorteando a su paso a los muertos vivientes. En menos de un par de minutos encontró el cable principal. Al desenchufarlo el latido espasmódico-ritual cesó con brusquedad. Los cuerpos, como gallinas decapitadas que bailan por inercia, se movieron todavía durante un instante, desencajados en el silencio inmenso, blanco y puro. Entonces sacó de la funda una pequeña pizarra con un trípode plegable y la dispuso a la vista de todos, desarmados e incrédulos. Con una tiza que traía en el bolsillo escribió una cifra (23) y a una altura inferior otra (45) y, acto seguido, y debajo de una raya que la separaba de las anteriores, trazó una tercera: 68. El silencio aumentó su intensidad, su penetración ardiente. Todavía quedaba espacio en la pizarra: el desconocido escribió una frase entera sin faltas de ortografía. Algunos de los asistentes, vacilantes y estupefactos, creyeron en el primer momento de asombro que ciertas palabras, escritas correctamente por el nuevo redentor, incurrían, en cambio, en la risible vergüenza de errores ortográficos de colegial. Tras varios segundos de incertidumbre las chicas corrieron a arremolinarse a sus pies para besárselos, para ofrecerle sus favores, para pugnar con su desnudez por la protección de aquel Apolo recién llegado, de aquel mesías del que desconocían procedencia, ocupación y cuenta corriente. La actitud de los varones se resume en tres opciones: la de aquellos que, metacrilatados en exceso, no pudieron entender nada, la de los que envidiaron al desconocido y maquinaron su destrucción y, por último, la de los que optaron por estudiar con paciencia, después de haber digerido los efluvios de la fiesta, la manera de imitarle. Uno de estos últimos, de nombre Héctor, que cursaba con más pena que gloria la carrera de Publicidad, pronunció a media voz, como si hablase para sus adentros, un eslogan del que creyó ser autor: “El hombre ha vuelto”.

     

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