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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 08
    Septiembre
    2012

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    TRACHINUS DRACO

     

    -   Algo de este septiembre que entra se ha posado en tu voz.

    -   Sí, lo sé.

    -   Por eso me cuesta creerte.

    -   Eso es problema tuyo. La malaria no hace distingos en economías y cunas: tanto puede destronar a un rey como diezmar a una familia precaria.

    -   Me había imaginado que ésta no sería una historia exótica.

    -   No lo es, o quizá sí.

    -   Entonces continúa.

    -   Cuando el sol menguaba su fuerza…por cierto ¿ya te he contado que un día, en la playa de Barequil, los bañistas se quedaron atónitos porque por el oeste -bueno, no me hagas mucho caso porque la coña esa de los hemisferios me confunde- se fue aproximando, en lo alto de un lienzo límpido y añil que auguraba la más hermosa jornada playera, un segundo sol, gemelo del que nos calienta a diario, hasta casi colisionar con éste?  Aquel día los hospitales tuvieron lo suyo para atender tantas quemaduras e insolaciones. Fue como ver allí arriba uno de esos huevos grandes y colmados que a veces nos sorprenden con dos yemas cuando los derramamos sobre la sartén.

    -   No me tomes el pelo.

    -   De todas formas no era eso lo que quería contarte.

    -   Pues entonces comienza de una vez.

    -   Está bien.(…) En esas tardes de septiembres como el que ahora inauguramos, cuando el sol ya no le hacía daño, nos pedía que le sacásemos a la terraza. Fue allí, parapetado por una sombrilla con un estampado horrible, un estampado que no le hacía justicia, donde nos contó que no llegaba a los treinta cuando le sucedió.

    -   ¿En qué lugar?

    -   Siempre me haces la misma pregunta. Sabes que me incomoda, pero hoy voy a responderte. En la piscina municipal.

    -   ¿En cuál?

    -   En la de aquí. A quinientos metros de donde tus posaderas descansan ahora para atender a mi relato. Hoy ya no puedes bañarte en ella, porque no existe, pero, que yo sepa, todavía nadie ha movido el solar de sitio, aunque esté comido por las silvas. Habrás pasado cien mil veces por allí.

    -   ¿Qué solar es ese?

    -   Como te decía apenas tenía treinta años. De su circunstancia por aquel entonces sólo nos contó, muy por encima, que no había pasado un buen verano. Problemas familiares y gaitas de ese tipo. Como supondrás hacía un calor de mil demonios.

    -   ¿No fue en septiembre?

    -   ¿Acaso crees que todos los meses de septiembre son iguales? Incluso los hay que no tienen “p”.Vete a ver la parra. El año pasado a estas alturas las uvas ya lucían su panza morada mientras hoy la mayor parte podría servirte para jugar a las canicas: verdes y duras.

    -   Así te gustan las mujeres…

    -   ¿Qué sabrás tú? (…)Verdes y duras. En la piscina apenas entraba un bañista más. Todo el pueblo estaba allí reunido. Ya sabes que no era hombre de muchos amigos.

    -   ¿Quién?

    -   Él. Aún así, a pesar de tener que gestionar el inevitable trámite de saludar a varias personas, se le había antojado el chapuzón como la única medida eficaz en un día en el que la propia sombra se ponía a la sombra para no achicharrarse.

    -   Eso es parecido a lo que pasó con los dos soles, cuando estuvieron a punto de unirse.

    -   ¿Cómo lo sabes? ¿Estuviste alguna vez en Barequil? (…) Bueno, lo cierto es que casi hacía tanto calor como aquel día. Como no era buen nadador se metió, bajando cuidadosamente las escalerillas, en la parte en la que hacía pie, y de allí, de aquella acotación de confianza en la que tenía que compartir espacio con los alevines que chapoteaban bien asegurados por sus flotadores, no se movió, nadando a ratos y andando otros con el agua por el pecho.

    -   ¿Ya está?… ¿así se acaba la historia?

    -   No es una historia. (…) Por fortuna había un socorrista.

    -   ¿Pero cómo se iba a ahogar si hacía pie?

    -   Eso no fue lo que pasó, aunque también podría haber sufrido un corte de digestión o un desmayo…

    -   Tienes razón.

    -   Verdes y duras. (…) Pasados diez o veinte minutos sintió el pinchazo. Fue una molestia leve y aparentemente fugaz, como si un diente sensible imaginase un trago helado. Precavido como era salió del agua al poco tiempo. Inmediatamente se dirigió al socorrista:

     

    -   Siento importunarle. Me ha picado un escarapote.

    -   ¿Un qué?

    -   Una faneca brava.

    -   ¿Qué es eso? ¿Una avispa?

    -   No, un pez que vive camuflado entre la arena.

    -   Pero si aquí no hay arena. La piscina está impecable.

    -   Mire (El hinchazón era ya considerable y él comenzaba a retorcerse de dolor).

    -   Pues sí que se está poniendo feo el asunto…y ¿conoce usted algún remedio?

    -   Sí, un poco de amoníaco será suficiente.

    -   Buf… aquí no tenemos.

    -   Entonces agua caliente.

    -   Lo siento, teníamos un infiernillo para hacer el té, pero se lo han llevado hace unos días.

    -   Entonces oríneme en el pie.

    -   ¿Está de broma?

    -   No, no. Hágalo cuanto antes, por favor. Ya no aguanto más.

    -   Está bien…aunque ahora no tengo ganas.

    -   Beba medio litro de agua o de lo que usted quiera.

    -   Está bien, le haré caso…aunque lo hago porque el aspecto de su pie no es muy esperanzador. Como comprenderá no acostumbro a orinar a nadie…

     

     -  ¿Estás de broma? Ya me contarás por qué en una piscina en la que no cabía ni un alfiler tuvo que picarle el escarapote precisamente a él.

     -  Ah… pensé que no habrías creído que pudiese haber un pez en una piscina.

     -  No me tomes por idiota. Voy a ver las uvas.

     -  Entonces tráeme una verde y dura.

                     

                                

     

     

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