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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 14
    Agosto
    2012

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    TREN A MAJORI

     

    En las Memorias Sincopadas de Alphonse Grecolari podemos encontrar un pasaje -supuestamente inventado por el autor- en el que éste recuerda con nostalgia un suceso sin importancia que su padre le había referido al regresar de uno de esos viajes en los que, como era costumbre, no le acompañaban ni su esposa ni sus hijos. El pequeño Alphonse, de frágil salud, despierto para las cosas de la imaginación pero siempre portador de una nube de nieve en la mirada, saboreaba aquellas anécdotas como caramelos de un padre que sabía a su vez fantasioso y del que, por tanto, dudaba a la hora de plantearse la veracidad de lo escuchado, obteniendo de esa desconfianza un placer acaso mayor que el de recibir a su progenitor con los brazos abiertos, con la entrega del que cree ciegamente en las hazañas del aventurero. El lector de sus memorias debe también recelar, atrapado sin remedio en ese círculo, de la autenticidad del retrato de un pater familias del que, por otro lado, apenas se sabe que trabajó en una oficina de correos. De hecho, más de cien años después de su muerte, nadie se ha ocupado todavía de publicar una edición crítica de las obras de Grecolari ni de indagar en una biografía de la que sólo su protagonista ha querido dar cuenta en esas memorias que, también de forma sincopada, he querido rescatar hoy. Volviendo a la anécdota, que Alphonse asegura haber escuchado en el salón de su casa, callado a los pies del sillón como un perro que espera pacientemente junto al amo el paseo de la jornada siguiente, investido con aquel pijama de cuadros del que alegremente se mofaban sus hermanos, una pequeña jauría que solía ausentarse de aquellas veladas soporíferas para jugar a cualquier cosa en otras dependencias de la casa… volviendo a la anécdota… Era el último tren de la mañana y en su compartimento viajaba una madre con dos niños. Uno apenas tendría dos años y el otro unos once o doce. El mayor permanecía en silencio, pensativo o quizá un poco adormecido por la poderosa luz estival. El pequeño de la casa, en cambio, balbuceaba y recibía de buen grado los coquitos que le dispensaba su progenitora, ocupada en aleccionarle con voz serena, aún cuando probablemente la criatura no pudiese entender ni una sola de sus palabras, para que se comportase como un hombre hecho y derecho al llegar a Majori. Mientras le abotonaba bien la blusa, y como colofón de su maternal perorata, aquella señora recitó de memoria una suerte de poema del que el padre de Grecolari sólo pudo recoger en un breve apunte la estrofa que le servía de estribillo, una bella melodía que el hermano mayor parecía conocer como si ya la hubiese escuchado en otra vida:

     

    “Besa los labios

    que siempre quisiste besar.

    Coge el zurrón y no vuelvas

    hasta que pierdas

    el miedo a viajar”

     

     

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