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Blog MARQUIDE - Quinito López Mourelle

Quinito López Mourelle

Escritor, músico y crítico de jazz

Sobre este blog de Sociedad

No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se en...


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  • 22
    Marzo
    2012

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    UNA DE CUERNOS

    Sería fácil inventarle una leyenda a Parati, esa ciudad del litoral de Rio de Janeiro de piel oscura, cadencia suave y mirada verdosa. Pondríamos por caso que un joven dios tupí hubiese regalado tan paradisíaco lugar a una bella india y que al mostrarle la espléndida panorámica, como quien ciñe un collar en nuca despejada y tierna, le hubiese dicho: es Parati. Me temo que el origen del topónimo es bastante más prosaico: al parecer los indios acudían a pescar allí el abundante pez parati (mugil curema). Sea como fuere, por las arenas de esa querida estampa colonial se perdieron los pasos de una tal Sonia Braga y de su compañero de rodaje Marcello Mastroianni a principios de los ochenta, cuando insuflaron entidad corpórea a los protagonistas de Gabriela, film que se quedó bastante corto del clavo y la canela con el que Jorge Amado había aderezado su redonda historia de cuernos ambientada en Ilhéus, en su querido Estado de Bahía. Recuerdo estar leyéndola en la cama con enorme deleite hace ya once años. Hoy he tenido el capricho de hojear la novela otra vez y me he topado con un subrayado y un apunte en el que quise relacionar la anagnórisis de las tragedias griegas (un personaje pasa de la ignorancia al conocimiento y esa transformación, que puede llegar de mil formas diferentes, comporta capitales consecuencias) con el Código Civil que Joao Fulgencio, uno de los personajes que favorecen al atribulado Nacib (Mastroianni en la pantalla), cita en un punto interesante. Se refiere a la posibilidad de anular un matrimonio cuando “el conhecimento ulterior (de la identidad del otro) torne insuportável a vida en comum ao conjuge enganado”*. Quizá cuando uno es traicionado en el amor, el engaño no resida tanto en la acción sino en la identidad del que la comete. Sí, uno descubre un día (anagnórisis) con quién ha estado compartiendo su vida. El tema se enrosca con artes de ofidio y es, para mí (mirarse el ombligo ya implica otra sonoridad que la resultante de regalar una bahía a una mujer hermosa), el que mayor riqueza psicológica ofrece a un escritor. Conozco pocas situaciones, exceptuando aquellas relativas a desgracias irreparables, en las que un personaje pueda estar más expuesto, ser más vulnerable o entregarse, por despecho o por una pérdida absoluta del gobierno, en brazos de la locura y el desafuero. Como lectores y seres humanos nos atañe a todos (y no quiero ofender a nadie) y es ingrediente que, como mínimo, suscita la curiosidad. Un programador de conciertos respondió en una ocasión a un colega con una sentencia del todo ajustada cuando éste le preguntó, preocupado por la disminución de aficionados en las grandes salas, qué compositores podrían garantizar un aforo completo. “Falla nunca falla” le espetó para zanjar el asunto. Seguramente el simple hecho de haber titulado esta reflexión como Una de cuernos me habrá garantizado ya un mayor caudal de lectores (eso sí, muchos se habrán perdido al doblar la esquina de las primeras líneas por no haber visto todavía lencería alguna) que mis otras entradas del blog. Tanto si nos situemos en la orilla de Gabriela como en la de Nacib, tanto si hayamos cometido el desliz como si nos imaginemos atravesados por esa daga, tengamos su noticia por el runrunear local o, en el peor de los casos, la constatemos como testigos in fraganti, nuestra sensibilidad habrá padecido una acometida difícil de equiparar. Puede que ese dios tupí, ataviado con plumas de ave y con el cuerpo tintado, sufriese también el aguijón moral de algún sediento conquistador fascinado por la gracia de su amada. En la Carta que Pero Vaz de Caminha escribió, a modo de diario, entre el miércoles 22 de abril y el Viernes 1 de mayo de 1500, para dar cuenta al rey D. Manuel de Portugal del descubrimiento de Brasil, su pluma insiste en describir pormenorizadamente la desnudez nativa, de cuyas “vergonhas (…) de as muito olharmos, nao tinhamos nenhuma vergonha”. Con su redundancia, que también puede entenderse como juego de palabras, el portugués alaba la inocencia de aquellos indígenas. En el pasaje más destacado y hermoso de ese relato, una joven india asiste completamente desnuda a una misa improvisada por los colonizadores. El cronista cuenta que le habían ofrecido un paño para que se lo ciñese a la cintura y así pudiese cubrir su desnudez, pero que, al sentarse, ella no reparaba en hacerlo propiamente, de forma que mostraba su sexo a los asistentes. En ese nimio detalle se esconde toda la grandeza de la escena. ¿Era también inocente la mirada del cronista, detenida, no por casualidad, en aquel rincón señalado? ¿Era ella consciente de esa u otras miradas? El concurso de ese paño ¿no anula inmediatamente toda inocencia, no le confiere a la fémina todo el potencial erótico que los portugueses pretendían evitar? El asunto da pie para múltiples reflexiones, sobre todo por concitar religión y sexualidad en el mismo episodio. Rescato ahora una cita en la que un personaje de Thomas Mann nos habla de la fémina -“que en parte significa fe y en parte quiere decir menos, es decir, de poca fe”- para recordarnos la injusticia con la que se atribuye a la mujer toda culpa en el asunto que nos ocupa y que, como todos sabemos, viene determinada por el sesgo bíblico, atávico, interesado en perpetuar esa advertencia al macho. El único error de aquel día del año 1500 fue el de cubrir aquel sexo con un paño. A nadie ofendía.

     

    He querido sacar de la chistera esta perorata, que se me ha ido de las manos, para que imaginemos juntos la mañana en que la india de Parati (que para el caso podría ser la misma que conoció Vaz de Caminha en Veracruz), enamorada de su dios tupí, coincide en un angosto camino de la floresta al marino portugués. El resto de esa historia ya no nos pertenece. Y, a modo de conclusión, que en realidad nada concluye, llamo al estrado a don Álvaro Cunqueiro, quien en Un hombre que se parecía a Orestes diseccionó con una magistral parodia el adulterio de Clitemnestra (a la que define como “muy variable en amores” en Las Mocedades de Ulises) y la desventura de su cornudo y asesinado marido Agamenón. Sin ánimo de arbolar para éste una venganza, sino tan sólo con el sano deseo de jugar con esa referencia mitológica y actualizarla, el que esto escribe discurrió hace unos años un poema en el que es Agamenón el que se deshace de Clitemnestra y de su amante Egisto y, a modo de nota o carta simbólica, justifica la crueldad de su acción. Mostradme pues el cuello: el poema es Paravosotros.

     

     

     

     

    EL NUEVO AGAMENÓN

     

    Cogí el último vuelo

    para ver qué aspecto

    tenías esta noche.

    Giré la llave

    y entré en silencio:

    te hallé durmiendo

    en brazos de otro hombre.

    Perdóname.

    Debía haberte despertado

    antes de quemar la casa.

    No soporto

    que nadie haga nada

    en mi nombre…

    y menos en mi cama.

     

     

                                                              

    * El parentesis es mío.

     

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