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Alba M.

Licenciada en Comunicación Audiovisual. Veo series con la excusa de hacer una tesis.

Sobre este blog de A Coruña

Hablemos de arte en serie: hablemos de ficciones televisivas


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  • 03
    Febrero
    2015

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    A Coruña

    The Sopranos: esa serie que lo cambió todo

    The Sopranos: esa serie que lo cambió todo

     

    A menudo escuchamos eso de que The Sopranos es “la mejor serie de la historia”. Es más, a menudo escuchamos también que “si no has visto The Sopranos no puedes hablar de series”. Cierto es que la serie protagonizada por Tony Soprano marcó un antes y un después en la historia de la ficción televisiva y, ya de paso, en la cultura popular norteamericana y que tuvo mucho, muchísimo que ver en el hecho de que la televisión se postulara como candidata para la obtención de un cierto status artístico.

    Lo curioso es que David Chase, su creador, odiaba el medio en el que triunfó su obra y que la cadena que emitió The Sopranos, la HBO, se anunciaba a sí misma precisamente como “antitelevisión”. Así fue como un creador que repudiaba la pequeña pantalla y un canal que rechazaba las tradicionales convenciones asociadas al aparato catódico, reinventaron la ficción televisiva.

    The Sopranos es ya, de forma innegable, una obra de arte de la cultura popular. Lo es por sus múltiples y complejas tramas, por su cuidadísima estética, por su banda sonora y por sus increíbles personajes. Y lo es por convertirse en uno de los textos más ricos de la historia de la televisión gracias a su marcado carácter intertextual y autorreferencial.

    Por primera vez, los espectadores nos encontrábamos con un show de enorme flexibilidad que nunca nos ofrecía dos episodios iguales. “Cada entrega es como una película”, decían algunos. Pero era mucho más que eso: era un todo, un conjunto, una gran obra compuesta por varios tomos que estaba más preocupada por contar ciertas historias que por cerrar significados a la audiencia. The Sopranos nos ofrecía el placer de ver tramas que se extendían a lo largo de numerosos episodios, que se suspendían para reaparecer varias temporadas más tarde obligándonos a recordar – y digo obligándonos porque esta serie huía del tradicional “previously on…” al inicio de los capítulos -. Pero también nos ofrecía el placer de ver tramas que no tenían absolutamente ninguna consecuencia narrativa. Como en la vida real, en The Sopranos ocurrían cosas que no conducían a nada. Y eso nos turbaba y nos encantaba.

    Los seguidores del show disfrutábamos de sus metafóricos decorados, de los chándales de ellos, de los peinados imposibles de ellas y, en resumen, de la sublimación de esa deliciosa estética hortera que no hacía más que reflejar el patetismo de unos personajes marcados por la desesperación existencial.

    Pero nuestro mayor desconcierto con respecto a la obra de David Chase se derivaba precisamente de sus protagonistas y de la capacidad que tenía la obra para hacernos sentir simpatía por unos mafiosos, unos sociópatas violentos. The Sopranos nos introducía en su universo dominado por el relativismo moral y lograba que nos pusiéramos del lado de una persona como Tony Soprano, un hombre escindido por dos facetas muy diferentes pero, a menudo, relacionadas: la de jefe del crimen organizado de New Jersey y la de padre de familia cariñoso y preocupado.

    La complejidad de los personajes de la ficción de Chase, no sólo la del protagonista, se derivaba, sobre todo, de una autoconciencia consistente en la asunción de que la vida real no es como el cine. Las personas de este universo ficticio vivían en un permanente estado de nostalgia provocado por su incapacidad de ser como los protagonistas de sus películas favoritas, que son precisamente aquellas de las que tanto bebe The Sopranos: The Godfather, Goodfellas o The Public Enemy. De hecho, el sobrino de Tony, Christopher, que en un momento dado estudiaba para ser guionista, sufría una fuerte crisis de identidad ante su descubrimiento de que él, como persona de la vida real, apenas tenía arco de transformación alguno.

    Por último, la referencia constante a obras de la cultura popular o a acontecimientos históricos y políticos, que estaban en la base de la construcción misma de las personalidades de los personajes, convertían a The Sopranos en un texto de una riqueza incomparable, por no olvidar la autorreferencialidad habitual de esta obra que, para gusto de sus espectadores, se pensaba y se aludía mucho a sí misma. La creación por parte de Christopher de una película que imitaba y casi parodiaba a Tony Soprano – para deleite del resto de los mafiosos - es uno de los mayores ejemplos que podemos encontrar en la serie: la ficción dentro de la ficción, la ficción que se sabe ficción – para deleite nuestro -.

    David Chase y la HBO tuvieron que despreciar y rechazar la televisión para reinventarla y conseguir convencer a los haters del medio de que aquel aparato que llevaban tantos años denostando podía ofrecer grandes historias; de hecho, podía ofrecer una de las mayores historias de la ficción audiovisual de todos los tiempos.

     

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