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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 07
    Noviembre
    2015

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    El sastre de San Martín: amigos de juventud en el PP asturiano

    Un “bocachancla”. Quienes lo trataron en el PP acaban por definirlo así. No se callaba nada. Y lo que decía siempre contenía un alto porcentaje de exageración. Un consumado jugador de parchís: se comía una y contaba veinte. Sus hazañas, negocios y relaciones parecían infinitos. Era un comercial puro, de los que te venden un patinete como si fuera un Porsche. Pero él mismo sabía que su gran virtud era su gran defecto. Joaquín Fernández es consciente de por dónde pierde la fuerza. En los primeros momentos de su detención, allá por 2013, llegó a decirle a la juez del “caso Pokémon”: “A ver si ahora me van a condenar por ser un babayu”. También trató de explicarle el término a la magistrada. Innecesario: Pilar de Lara es gijonesa. Tiene que saber muy bien lo que es un babayu.
    Contra lo que pasó en el PP con los “papeles de Bárcenas”, quienes están apareciendo en los cándidos apuntes de Joaquín Fernández optan al cadalso político. Aréstegui ya ha sido ajusticiado. Su antaño insumergible figura dentro del PP flota ahora, inerme, en la ría de Avilés. Todo lo que Joaquín Fernández tocó se descompone. Trabajó de rey Midas, pero ahora es su reverso tenebroso: una foto con él –o de su álbum personal– y estás listo. “Putiferio, putiferio”, susurran a tu paso.
    La investigación dirá hasta qué punto los viajes que supuestamente pagó a Pecharromán y a  Caunedo le fueron devueltos en  forma de contratos para la empresa que representaba (ahí estaría el verdadero delito, castigos políticos aparte), pero la trayectoria de Joaquín Fernández en el PP hace sospechar que el rendimiento que buscaba, al menos ante estos dos jóvenes líderes, era otro. Perseguía el reconocimiento de su pandilla de amigos apoyándose en el poderío económico que le proporcionaban los fondos que Aquagest ponía a su disposición para facilitar su misión como “abrelatas” de administraciones a la caza de contratos públicos. Del histórico de sus relaciones con los jóvenes líderes del PP involucrados en este escándalo cabría suponer que la principal rentabilidad que Fernández sacó de estas vacaciones “con putas y varios” (queda por desentrañar el misterioso concepto “varios”) fue meramente emocional. Para él quedaba la vanidad de quien, al final de la comida –o de las comidas–, proclama ante los amigos: “Ta to pago, será por perres”.
    Porque Joaquín Fernández era “un amigo mascota”, como lo definen dirigentes populares que trataron a aquella generación de jóvenes de Nuevas Generaciones, encabezada, en Oviedo, por Agustín Iglesias Caunedo y, en Gijón, por Manuel Pecharromán. Estos dos últimos eran los respectivos machos alfa en sus zonas de influencia. Y sobre toda la tribu juvenil, siempre Caunedo. En un momento dado, estos juniors se vieron como los seniors del PP regional. No les faltaba cierta razón. El eje Agus-Pecha era una insólita alianza Oviedo-Gijón con mucho recorrido. Sólo había que perseverar y esperar el inevitable relevo generacional. En este grupo de amigos llamados por el porvenir, Joaquín Fernández –con base en el PP de San Martín del Rey Aurelio, donde alguno lo llamaba “Aznarín” por el bigote que precedió a su actual barba– se ganaba su hueco asumiendo el papel de brazo armado de aquella pandilla popular de “verano azul”. Si había que dar la cara para que te la partieran, allí iba él. Firmaba lo que fuera menester. Si sorteaban quemarse a lo bonzo, levantaba la mano con el bidón de gasolina ya preparado. Cuando en 2010 Cascos trató de asaltar el PP asturiano y desatar una histeria jovellanista de aclamación universal, allí estuvo Joaquín Fernández poniendo la cara públicamente ante el campeón del mundo de motosierra.
    La figura de Joaquín Fernández recuerda un tanto la de Harry Pendel, protagonista de la novela “El sastre de Panamá”, de John Le Carré. Pendel aprendió su arte en la cárcel y no, como dice, en Saville Road, templo de la sastrería británica. Es un exconvicto británico emigrado a Panamá, donde ha reescrito su vida como supuesto aprendiz de los genios londinenses del corte y confección. El impostor triunfa: tiene a las clases dirigentes del país centroamericano pendientes de su aguja de oro. Cuando es reclutado como agente por el servicio secreto británico por su acceso a las confidencias que pudieran hacerle en su taller, Pendel empieza a inventarse un gran complot que supuestamente está en marcha para apropiarse del canal. Pura trola. Harry no es nadie, pero lo parece. El MI6 le escucha atentamente. Y eso lo convierte en protagonista indiscutible. Al final, tanta mentira desata una verdad: Estados Unidos invade Panamá.
    Le Carré no cuenta si la cúpula del MI6 se fotografió de juerga con Pendel. En “El sastre de SanMartín” sí fueron tan imprudentes. Por cierto, ninguno de sus amigos ha repudiado públicamente aún a nuestro Harry Pendel.

     

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