Cartas de los lectores

Existencialismo positivo

16.01.2016 | 01:10

Desde los tiempos ya muy lejanos de mi bachillerato, allá a finales de los años sesenta del siglo pasado, y traduciendo como materia dispuesta por la profesora de francés de quinto curso, cuyo nombre no recuerdo, la obra de Jean Paul Sartre La Nausée, quedé impactado por lo que en ella se decía. Si bien no alcanzaba a comprender la profundidad de tales doctrinas existencialistas, es bien cierto sin embargo que el impacto me acompañó desde entonces.

Puedo decir que durante este medio siglo transcurrido, es y desde hace algunos años, que me siento totalmente identificado con ese existencialismo dentro de la llamada contingencia, que nos habla de la injustificada existencia y de aquella crueldad derivada de la casualidad de vivir. El existencialismo, ciertamente puede llevar a mucha gente que se sienta identificado con él a sufrir tortura existencial que conduce a la amargura y la desesperanza, consecuencia de tal desencanto y aceptación. Pero yo digo, qué una vez bien asumida esa inutilidad de la vida o contingencia, debemos tratar por todos los medios de buscar la felicidad dentro de una especial e inteligente capacidad ilusionante que ha de revertir ese sufrimiento profundo en algo positivo, encaminado a la certeza segunda, qué ha de ser aquella que nos conduzca al disfrute de todas esas cosas, que no son pocas, que nos ofrece la existencia, derivando nuestras más sanas inclinaciones a la comprensión y ayuda a quienes lo necesiten, que en realidad, en mayor o menor medida somos todos y cada uno de los seres. Es ahí donde puede radicar la verdadera felicidad personal y social. No me refiero al repudio del existencialismo, sino a la consecuencia de los mejores y más esperanzadores sentimientos insertos en tal filosofía. Sartre y Albert Camus con su absurdismo sientan las bases de tal doctrina que de alguna manera ya Santo Tomás, aunque dentro de la creencia en un dios, roza de manera abierta, tratando de domesticar, eso sí, las tesis de Parménides.

Concluyendo, digo que sin las fábulas de dios ni dioses, la vida puede ser feliz, asumiendo esa contingencia de injustificación e inutilidad, y dirigiéndola a la solidaridad que nos ha de alegrar una existencia racional.

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