AURELIA LOMBAO
Según dicen los que saben de esto, el fútbol español acumula una deuda de más de seiscientos mil millones de pesetas. Lo digo en pesetas porque, por lo menos a mí, me da una idea más clara del tamaño del agujero. No hace demasiado tiempo el presupuesto de Galicia andaba por estas cifras, lo que también nos ilustra lo suyo.
No se ve que nadie ponga coto a la inflación de esta otra burbuja y los presidentes de los clubes, que no se caracterizan precisamente por su moderación y sensatez, continúan enloquecidos con su huida hacia delante gastando cantidades astronómicas en fichajes y saraos. Ni siquiera lo ocultan. Al contrario, hacen gala de ello y tratan de presentarlo como una inversión que producirá beneficios, también de aire: publicidad, derechos de emisión en televisión y venta de reliquias y fetiches al atolondrado personal, que compra camisetas a rayas con el nombre de ídolos de barro y números mágicos.
En este negocio sucio ganan cantidades astronómicas, por producir nada, unos cuantos jugadores, directivos vivales, histriones, intermediarios y muñidores de todo pelaje, a cuenta de fomentar tribalismos, de inventar pírricas victorias y falsas derrotas, de calentar partidos y de traficar con pasiones y sentimientos colectivos, nobles en sí mismos, pero corrompidos por la falsificación de sus causas y motivos. El sentido del honor, el sentimiento solidario de adhesión a un colectivo humano, el noble afán de victoria, la alegría generosa en el triunfo o la asunción serena de la derrota se convierten en furia, fanatismo, desazón, chauvinismo, odio e incluso racismo que sacan a flote lo peor del ser humano. Y para todo esto se hunden, en un pozo sin fondo, miles de millones que acabarán por pagar a escote los mismos perjudicados.
Porque, en poco tiempo, la burbuja estallará, como han explotado otras más consistentes, y entonces alguien nos recordará que el fútbol es de interés general, que ya lo dijo Cascos. Y se nos convocará a todos a tapar el agujero con el dinero nuestro, que hemos encargado administrar al Estado, y así volver a empezar.
Algún día tendremos que romper este círculo diabólico, aunque sólo sea para liberarnos de nuestra propia estupidez.
alombao@terra.es