Otros veranos, otras voces

Ferragosto en Roma

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Ferragosto en Roma
Ferragosto en Roma  

Carlo Levi fue quien expresó mejor la magia de los días más calurosos de la Ciudad Eterna, que tan bien supo apreciar aquel joven artista llamado Fellini

La tradición, ese día, era y es salir de Roma en dirección a cualquier lugar, así que el 15 de agosto por la mañana muy temprano no hay quien circule por las vías Apia, Salaria y Nomentana, pero sí, en cambio, resulta especialmente cómodo quedarse en la fantasmal ciudad para pasear por sus calles, parques y monumentos si se tiene la precaución de protegerse del terrible calor. Paseando por la plaza Navona desierta, con el calzado pegado al asfalto derretido por el sol, me acordé del Papa Inocencio XI, que estableció como norma que en la peculiar fecha del 15 de agosto los tubos que descargaban el agua de las fuentes debían bloquearse para que éstas se desbordaran y así convertir el lugar en una gran piscina.

Nadie ha entendido tan bien la magia del ferragosto como el desaparecido escritor Carlo Levi, que vio a Roma, entre todas las ciudades, la más preparada y adaptada para la metamorfosis natural de que los grillos canten en las cornisas barrocas, los escorpiones salgan desde debajo de las tejas y las salamanquesas, "pequeñas y tiernas mezclas de cocodrilo y de tigre", caminen silenciosas en los muros, al acecho de las mariposas.

En Roma, como escribió Carlo Levi, basta un silencio para evocar un tiempo remoto. "Sobre los tejados crecen las hierbas salvajes; las flores abandonadas en las terrazas, lloran por el abandono y la sequía, y se vuelven silvestres: los pájaros se mueven en círculos, alegres y feroces, dueños del cielo. La ciudad de los hombres se ha ido a otra parte, en las playas y en las montañas, con sus hábitos, sus ansias, su estruendo. Aquí se queda solo el espacio (echadas las persianas, muertos los teléfonos), el mundo arcano de la memoria; la cáscara inmutable de las cosas; una concha llena del crujiente sonido del mar, en la orilla desierta. Aquí, solos, nos quedamos".

La primera imagen de Roma que Federico Fellini conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, en el colegio de los curas, obtuvo sobre la ciudad eterna otro tipo de información. Así, citando las fatales palabras de Julio César, alea iacta est, los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero Roma eran también las películas interpretadas por Greta Garbo y los peplum ambientados en los tiempos del imperio de los césares.

Muy distinta, sin embargo, es la realidad que Fellini encuentra a su llegada a la estación Termini, cuando viene a la capital para estudiar la carrera de Periodismo. Aquella es una Roma pueblerina, que convive con la necesidad cotidiana y el problema de la inflación. En este retrato del artista joven, que el director incluye en una de sus películas más reconocidas, lleva al protagonista, él mismo, por un recorrido que va de la estación a la plaza Esedra, hoy de la República, cruzándose por el camino Santa Maria Maggiore, y del otro lado de la muralla medieval, San Juan de Letrán.

El destino final del recién llegado es el apartamento de un viejo palacio en el que la patrona vive con su hijo y una decena de inquilinos, entre los cuales hay algunos actores de cuarta fila cuya principal dedicación es darse un poco de tono parodiando al Duce: "Me resisto a creer que el auténtico pueblo de Gran Bretaña que nunca ha tenido disputas con Italia pueda llevar a Europa a una catástrofe por defender un país africano sin sombra de civilización, contra este pueblo de héroes, de artistas, de poetas, de santos, navegadores? de calvos".

Cuando oscurece, el barrio se anima con la gente comiendo fuera de las tratorias, entre músicos callejeros y mendigos que pasan la gorra. Las voces, las canciones, se unen entre sí como si se tratase de una única y gran familia. Luego, en la noche profunda, cuando todo se ha detenido y por las calles sólo deambulan los perros vagabundos y los empleados del autobús hacen sus necesidades, en cualquier lugar del Foro romano o de la Via Appia los destellos de los faros de un coche nos alertan sobre la presencia de una prostituta que se adentra en las tinieblas de siglos pasados, como la vieja loba, que es el símbolo romano. A los que hayan visto Roma estas imágenes no les serán desconocidas.

Pero hay muchas ciudades dentro de una misma ciudad eterna. Además de la Roma popolana del artista joven, existe también otra Liberty, repleta de historias de amor encelado y brutal, como la de Gabriele D'Anunzio que encerró a Eleonora Duse en un apartamento de la Via del Babuino, y de donde ella se escapó en camisón una noche para llamar a la puerta de Axel Munthe y pedirle ayuda porque su amante la encañonaba con una pistola. Munthe vivía en la misma casina rossa en la que había pasado sus últimos días el poeta Keats, en la plaza de España, ahora convertida en museo.

Detrás de la Via del Babuino, está la Via Margutta, en la que César González Ruano alquiló un estudio en el último piso del número 33. "El número 33 de laVia Margutta y su último piso está asociado para mí a una de las temporadas más alegres y más pobres que pasé en la vida. Si cerrando los ojos quisiera concretar en la memoria unos días, de todos los días de mis cuarenta y siete años, plenamente dichosos, inefables y bellos, creo que no encontraría otros más limpios de dudas que cualquiera de aquellos vividos, soñados, dormidos y temblados en aquel estudio de la Via Margutta, 33", contó el propio Ruano en sus memorias (Mi medio siglo se confiesa a medias). El único mobiliario del piso eran dos sillas, un sillón cojo y deteriorado, una pequeña estantería rústica y un somier en el suelo, oculto tras unas cortinas de tela ordinaria de un rojo rabioso.

Pero la ilusión podía con todo: César González Ruano había llegado a Roma una primavera de 1936, puestos los cinco sentidos y el sexto de la ciudad eterna, el alma llena de grávidos afanes y convenidas emociones, como él mismo escribió.

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