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HEMEROTECA » |
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ISABEL BUGALLAL | A CORUÑA -¿Cómo ha logrado resistir entre las grandes librerías?
-Es una librería pequeña, familiar, trabajamos dos personas, mi hermana y yo, y todo depende de las horas que le dediques. Tiene que llenarte y disfrutar, si no no soportarías estar todo el día a esto. Los comerciales nos dicen que hacemos el trabajo de cuatro. Claro, a base de robar tiempo a mis dos hijas y de vivir muy cerca. Ayer estuve hasta las 03.30 de la madrugada dedicada a las devoluciones.
-¿A las devoluciones?
-Llevo más de veinte años en esto. Cuando empecé, el trabajo era el oficio: marcar los libros, documentarte, conocerlos, atender a los clientes... lo normal. Hoy, paso más tiempo en el almacén y en trámites administrativos que en el trabajo.
-¿Por qué?
-Porque hay muchos distribuidores y muchas editoriales. Antes, llegaba todo lo apetecible; ahora, hay tal avalancha de novedades que pasas más tiempo devolviendo que atendiendo a los clientes. El 52% de lo que se edita son novedades y el resto, reimpresiones. Y en una librería pequeña como la mía, los clientes buscan a menudo cosas menos comerciales y piden obras de fondo que no están reeditadas.
-Dos escritores coruñeses apenas reeditados: Pardo Bazán y Wenceslao Fernández Flórez.
-De Pardo Bazán se reedita alguna cosa y de Fernández Flórez creo que sólo hay El bosque animado y El hombre que compró un automóvil. Lo más triste es que cada vez que abro una caja tengo que desechar casi el 80%. Otro ejemplo sangrante: las Crónicas del Sochantre, de Cunqueiro, no se reedita en castellano y, sobre todo en verano, me lo piden mucho, y alguna vez hasta recurrí a libreros de viejo para conseguirlo. Es tremendo: no tienes eso y tienes el libro del último ganador de Gran Hermano ocupando sitio.
-¿Pelea mucho con los distribuidores?
-Las editoriales tratan muchas veces -sobre todo si eres novato- de imponerte un servicio de novedades para vaciar sus almacenes. Yo me niego, porque me descapitalizaría. Los grandes editores, Planeta o Random House, mandan a un comercial con un catálogo y yo pido, un par de meses antes de que se publiquen, las novedades que quiero. Y ahí apuestas según tu criterio y tu olfato. Y tu clientela, claro. Y hay editoriales como Asteroide, Atalanta o Siruela, que las llevan distribuidores pequeños que trabajan con otras editoriales que no se ajustan a nuestro perfil y nos mandan de todo, lo que queremos y lo que no.
-¿Paga por adelantado?
-No exactamente pero, en realidad, sí porque me envían la mercancía y, directamente, me la facturan y, si no tuve tiempo en un mes de hacer las devoluciones, me la cobran. La única forma de paliar la crisis para una librería pequeña es devolver a tiempo y pedir con cautela.
-¿Con cautela?
-Antes pedía 25 libros y ahora empiezo por 5 si tiene buena pinta.
-¿Tiene ojo?
-Tengo muchos años de trabajo y una clientela bastante fiel, a veces de tres generaciones. No soy visionaria, no lo leo todo; me informo bastante y sé seleccionar lo que puede gustar a mis clientes.
-¿Con qué acertó?
-No acerté. De Mendel el de los libros, de Stefan Zweig, vendí muchísimos, la que más de Galicia: lo recomendé a muchos clientes. La extraña desaparición de Esme Lennox, de Maggie O'Farrell, está agotada, y vendí mucho El regreso del soldado, de Rebecca West, o Mal de piedras, de Milena Agus.
-¿Ser mujer en este oficio?
-Es arriesgarte a que te tachen de seria, seca y hasta poco femenina. No puedes ser simpática cuando tienes que atender un negocio y pelear por lo justo. Un distribuidor, al principio, me preguntó si no tenía un hombre que me acompañase en la librería.
-¿La relación con los clientes?
-Eso es lo que identifica a una librería y la diferencia de las grandes cadenas, con las que tenemos que convivir -yo envío a mis clientes a menudo a ellas-. Mi clientela es gente que vuelve y que no sólo viene a comprar libros, también a charlar: profesores, escritores, bibliotecarios, ociosos, gente que te aporta mucho, te cuenta anécdotas, te habla de libros...
-¿El librero debería ser una especie protegida?
-Sí, pero cuando quieres acceder a ayudas resulta que nunca cumples todos los requisitos, siempre te faltan algunos. Yo tuve la suerte de que cuando monté la librería conté con el apoyo de mucha gente: clientes, amigos, distribuidores y comerciales de editoriales fuertes. Sólo teníamos la capitalización del paro y nos dejaron en depósito casi todo el primer fondo de libros, hasta que fui haciendo caja y pude ir pagando. Fue una aventura.
-¿Cómo empezó?
-Empecé en la vieja librería Colón por casualidad, en 1985, y vi que era lo mío. Todo lo que sé lo aprendí de Amparo, la encargada.
-¿Fenómenos como el de la trilogía Milenium sacan de un apuro a cualquiera?
-Te alegran la caja del mes, pero es como si tienes un restaurante y te encargan una boda: ayuda, pero lo ideal es tener todos los días gente a comer.
-¿Por qué no va a ferias?
-Porque el último duro que hay en mi librería es para libros. Hay a quien le compensa; a mí, no: tienes que pagar a un empleado extra, la caseta y hacer el descuento al libro; para eso hay que vender mucho. Hay que tener prioridades y entre las nuestras no están ir a ferias ni pagar publicidad. Es como en la economía doméstica: no puedes ir a comer de restaurante cuando te cuesta llegar a fin de mes.
-Pero hacer escaparates...
-Me encanta. Y hacerlos sin gastar un duro; lo tengo por norma, todo es reciclado, prestado o mío.
-¿Recomienda algo?
-Mi receta: evitar el ayuno prolongado, una dieta agradable y variada, incorporar títulos nuevos y apetecibles con cierta regularidad. Aderezarlo con buena música y añadir de vez en cuando una pizca de poesía.
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