Aunque lo cierto es que el PSOE perdió el poder por poquito. Recuerda aquello de la "derrota dulce". También dicen que la corrupción se castiga más en el electorado de la izquierda que en el de la derecha, con lo que ahora el PP podría salir electoralmente mejor parado de lo que salió, en su día, el PSOE. Parecen apoyar este aserto los resultados de las recientes encuestas, que tanta tinta hicieron correr.
Sea todo esto cierto o no, creo, querida, que los ciudadanos de a pie deberemos reflexionar seriamente sobre este asunto de la corrupción, en lo que se refiere a la reacción que provoca en nosotros, como individuos y como colectividad, porque la corrupción, como tantas otras lacras, sólo es vencible o controlable en la medida en que cuente con un rechazo social contundente. En caso contrario será incontenible.
Nuestra experiencia democrática nos dice que, en cuanto un partido o una coalición llega al poder del Estado, de la comunidad o del ayuntamiento, surgen como setas a su alrededor individuos, empresas y tinglados dispuestos a lucrarse de ello sin escrúpulos ni medida. Ofrecen servicios, asesorías, insumos y consumos, captan subvenciones, ayudas y concesiones, o acaparan contratos, utilizando el favor, la supuesta afinidad política, la información privilegiada, primero, y después, la presión, el chantaje y el cohecho. Bastan pocos años para que estos tinglados se conviertan en tramas y mafias que hacen metástasis, como los peores tumores, en los propios partidos, en la administración y, si no se extirpan a tiempo, en todo el cuerpo social. Esto lo hemos visto alrededor de los grandes partidos, pero también de los pequeños que, si nunca alcanzaron el poder, aparecen ante nosotros más limpios pero, que cuando lo alcanzan, corren exactamente los mismos peligros. Recuerda, querida, cómo en nuestra reciente experiencia del bipartito hemos podido observar también oscuros brotes que, si no llegaron a más, es porque no les dio tiempo. Con esto no quiero decir que todos sean exactamente iguales, sino que están sometidos a los mismos riesgos.
Piensa, amiga mía, sobre el célebre dictum de Acton: "Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente". Con esta concepción del poder, Lord Acton (por cierto, un católico y liberal que hoy situaríamos en la derecha) intervino, en 1870, en el Concilio Vaticano I para oponerse radicalmente a la proclamación del dogma de la infalibilidad del Papa sin éxito alguno, como es bien patente. Pero su aserto es luminoso y no ha perdido actualidad, porque el único antídoto contra la corrupción es la democracia, en cuanto que limita y controla el poder, y lo demuestra el hecho de que, en las democracias, mucha de la corrupción existente sale a la luz y se extirpa. Es más, es esta capacidad de desmontar la corrupción lo que da cuenta de la calidad de la democracia. Por eso lo alarmante no es la corrupción que se descubre, sino la que queda agazapada y sobrevive. Pues bien, esta calidad de nuestra democracia va a depender principalmente del grado de rechazo que un acto corrupto produzca en todos nosotros, ciudadanos de cualquier pensamiento político. Se trata, pues, de alcanzar una conciencia ética colectiva que se muestre radicalmente incomprensiva con la corrupción y que ésta reciba del cuerpo social un rechazo sin ambigüedades, lo que dio en llamarse "tolerancia cero".
Nuestro mayor problema, querida, quizá esté en que la sociedad española es aún demasiado comprensiva con la corrupción.
Un beso.
Andrés