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Me refiero a la lúcida sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, al declarar que la presencia del crucifijo en la escuela pública es "una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones" y de "la libertad de religión de los alumnos". Con esta sentencia el alto tribunal no sólo defiende y establece un derecho, sino que, al mismo tiempo, reconoce en todo su valor y respeta el sentido y significado de este signo y símbolo del cristianismo y, muy especialmente, del catolicismo.
Berlusconi y su corte, que pretenden la presencia institucional de la cruz en la escuela pública, no dudan en desvirtuar el significado del crucifijo para salirse con la suya, presentándolo como un mero símbolo tradicional, humanista e inocuo. Esto revela que su pretensión no está motivada por su fe o sincero entusiasmo religioso, sino por la utilización descarada de una religión que, entienden, beneficia sus objetivos político-ideológicos netamente conservadores, si no reaccionarios. Esta clara manipulación política de creencias y sentimientos religiosos es peligrosa porque, cuando no les sirvan, no van a dudar en reprimirlos, violando otra vez la libertad de religión y de pensamiento. De momento, lo que hacen es reducir el significado de la cruz a un mero objeto tradicional y costumbrista en el ámbito de lo folk.
Pero más alarmante y escandalosa resulta aún la posición del Vaticano, que llegó a decir a través de su secretario de Estado, el cardenal Tarsicio Bertone, que "desgraciadamente, la Europa de este tercer milenio nos deja las calabazas (de Hallowen) y nos quita los símbolos más queridos". Semejante comparación, además de estar fuera de lugar, demuestra hasta dónde se dispone a llegar la jerarquía católica para imponer en los espacios civiles su presencia influyente y preeminente sobre todos los demás. Lo importante para estos jerarcas es su manifestación de poder, aun a costa de comparar la cruz con una calabaza.
Monseñor Bertone sabe que la cruz es un símbolo central del cristianismo. Él mismo defiende, no sé si lo creerá, que eso es otra cosa, que la señal de la cruz es un cuasi-sacramento: un sacramental que expresa y significa efectos o beneficios, sobre todo espirituales pero no sólo, obtenidos de Dios por mediación de la Iglesia. Sacramentales son, por ejemplo, santiguarse o las bendiciones de personas, animales o cosas que, precisamente, se hacen con la señal de la cruz. Para mí o para ti, querida, esto no es más que la cristianización de los talismanes o de los amuletos, que nos describiera Plinio el Viejo, pero para los católicos y para monseñor Bretone que subliman las supersticiones, tales cosas tienen carácter sagrado y sacramental. Pues todo esto se lo pasa por el arco de triunfo tan venerable prelado, con tal de colar de matute los crucifijos en los espacios civiles, abiertos, naturalmente, a todas las creencias y pensamientos y, por tanto, libres de la hegemonía, privilegio o exclusividad de alguno de ellos.
Es, pues, el tribunal civil de Estrasburgo quien, dando la razón a la demandante, Soile Lautsi, mejor reconoce el valor de la cruz. Y no el Cavaliere, el cardenal y sus sectarios o ingenuos seguidores. Lo que viene a demostrar que en el Estado laico y aconfesional es más fácil respetar todas las creencias, precisamente porque en este ámbito lo esencial es el reconocimiento de los derechos de todos los hombres y mujeres.
Por eso, querida, los mejores y más coherentes cristianos tampoco quieren su venerado signo de la cruz en la escuela pública.
Un beso.
Andrés.
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