Las indiscutibles estrellas del firmamento científico en las últimas décadas fueron los físicos, como Hawking, que asombraban al mundo con sus impensables teorías sobre el origen del universo y la vida inteligente. En el siglo XXI, están comenzando a ser desplazados por los neurocientíficos, los modernos exploradores del incógnito cerebro, que, como es el caso de Antonio Damasio, científico portugués afincado en California y premio Príncipe de Asturias en 2005, ha osado plantear abiertamente que la mente es el alma. La Neurología puntera ha conseguido investigar algo hasta ahora imposible para la ciencia: los sentimientos y el comportamiento humanos.
"Muchos dicen que la frontera desconocida es el espacio, pero para mí es el cerebro. Nos sobran preguntas por contestar", asegura el catedrático de neurobiología coruñés Manuel Castro-Alamancos, que en su laboratorio de la Universidad de Drexel, en Filadelfia, busca respuestas a nuestro comportamiento que podrían ayudar a controlar actividades anormales como los ataques epilépticos.
La Universidad de Drexel, una de las grandes referencias mundiales en biotecnología y ciencias biomédicas, fue fundada en 1891 por uno de los padres de Wall Street, Anthony J. Drexel. "La facultad de Medicina de esta universidad, en la que yo trabajo, fue la primera que aceptó a mujeres como alumnas", cuenta el neurobiólogo coruñés, que antes investigó en las universidades de Brow (Estados Unidos) y McGill, "la más famosa de Canadá". Castro-Alamancos, de 42 años, y su equipo estudian el funcionamiento de los circuitos neuronales y cómo su actividad se modifica en función de la experiencia previa mediante electrodos implantados en el cerebro de ratones y ratas. De forma paralela, con trozos de tejido que son capaces de mantener con vida fuera del cráneo llevan a cabo estudios moleculares para analizar las actividades intracelulares de las neuronas. "Toda esta información sobre la actividad normal nos sirve para estudiar cómo se puede volver aberrante y, a partir de ahí, desarrollar métodos de control de ataques epilépticos, por ejemplo, o que faciliten a alguien mantenerse despierto para hacer determinadas tareas", afirma.
Curiosamente, en la costa este estadounidense , no lejos de Filadelfia, se encuentra otro importante neurocientífico coruñés, Miguel Alonso, que ha descubierto en sus investigaciones en Harvard una relación entre la obesidad y la estructura del cerebro y trabaja en el papel de la estructura cerebral en las enfermedades degenerativas como el cáncer o el alzheimer. "Los humanos logramos dominar la naturaleza, frenar las infecciones, ganar longevidad pero hemos visto aumentar un tipo de enfermedades degenerativas que aparecen en la última etapa de la vida. Hay un gran interés en esta investigación, con un gran esfuerzo de trabajo e inversión financiera para intentar comprender el mecanismo relacionado con estas enfermedades. Si conseguimos atrasar su aparición sólo cinco años, se salvarían muchas personas, es un gran reto", asegura Alonso.
Manuel Castro-Alamancos, que comenzó su carrera científica en el CSIC, cree que el éxodo de científicos españoles es penoso pero inevitable. "El Gobierno nos financia toda la carrera y las estancias en el extranjero, pero en Estados Unidos te ofrecen unas condiciones incomparables y la decisión es sencilla. Aunque te da rabia no devolver parte de lo que te han dado".
El neurobiólogo coruñés se muestra partidario de modificar el sistema de investigación científica en España por un modelo más aproximado al estadounidense, aunque aclara que son dos realidades difícilmente comparables.
"Los investigadores se encuentran aquí con un mercado exageradamente competitivo, en el que las universidades descargan de docencia a sus fichajes para que alcancen el éxito. Las universidades se llevan la mitad de cada dólar que se invierte en proyectos de investigación y el resultado es un sistema en el que o luchas por sobrevivir o sucumbes y te dedicas a otra cosa".