ISABEL BUGALLAL | A CORUÑA
-Acaba de publicar La carta cerrada, su libro número 28, ¿uno cada dos años?
-Sí, sí, ese es el ritmo. Es que me paso muchas horas ante el ordenador. Esa es la clave, la constancia. Desde hace diez años me dedico sólo a escribir. Y soy un escritor muy laborioso, muy lento, pero dedico seis horas todas las mañanas a escribir el libro en el que esté. La tarde la dedico a artículos. Son muchas horas y un día tras otro. Y proyectos no me han faltado, siempre tengo varios libros en la cabeza, cuando acabo uno ya estoy en otro. Porque cuando acabas un libro te quedas en una situación de desamparo; un libro, mientras lo escribes, es un cobijo. Yo no sé vivir sin estar escribiendo un libro, no sabría qué hacer ni con mi vida.
-¿Para qué escribe?
-No lo sé. Es una pregunta eterna y no hay una respuesta clara. La escritura es una pasión, creo que es importante vivir de una manera apasionada y la escritura te lo permite. Se lee y se escribe para sentirte vivo, para sentir que estás en tu propia vida y no la dejas pasar.
-¿Le queda tiempo para leer?
-Sí, me queda. La vocación esencial de quienes frecuentamos el territorio de la literatura, antes que la escritura es la lectura. La pasión, el vicio de leer no lo abandonas nunca, siempre necesitas los libros para poder vivir. Las palabras son portadoras de vida, proporcionan un extraño alimento. Un franciscano medio loco de mi novela dice: 'hemos olvidado las palabras que dan la vida', como si en este mundo no tuvieran lugar los milagros, los prodigios.
-Usted cree en los milagros.
-Sí, claro, yo soy un gran devoto de los cuentos populares, de los mitos, en todos los cuentos hay una reivindicación del prodigio. En la vida hay instantes prodigiosos: la experiencia amorosa es un prodigio, el amor te lleva a un lugar encantado, a un lugar de prodigios. El poder de fascinar es el tema de la literatura. La literatura tiene que llevar al lugar de la fascinación, al lugar donde todo es posible, donde puede ocurrir el milagro.
-Su último libro es una novela de 'muerte y tragedia'.
-Pero no solamente. Parte de un hecho terrible, de los más difíciles de asumir, que es la muerte de un hijo, pero la novela habla de muchas cosas más, también de la vida. La literatura aspira a retratar la vida y en la vida hay dolor pero también dicha, júbilo, luz. A mí me gustan mucho los personajes apasionados, siempre tienen una gran capacidad de resistir, y dentro del horror siempre hay un lugar para la dicha.
-La mujer está siempre en el centro de su obra.
-Siempre. Mis personajes femeninos son más poderosos que los masculinos. El mundo de las mujeres me parece más misterioso. El mundo del varón, en cambio, es más previsible. La literatura es indagar en ese misterio, en lo desconocido. La carta cerrada está situada en la posguerra, cuando las mujeres no podían elegir y estaban condenadas a ser esposas y madres. La mujer siempre estuvo en el papel de la memoria, en la intimidad, y la literatura explora la intimidad, el mundo de los afectos.
-También está el cine.
-Es que el cine pertenece a ese mundo, a ese tiempo, los años cuarenta y cincuenta, que es la época dorada del cine. En una España gris y llena de frustraciones el cine era el lugar de los sueños.
-Le gusta Almodóvar, sobre todo sus últimas películas.
-Sí, porque me parece que ganó en complejidad. Es un creador indiscutible. Con Víctor Erice, son los mejores de estos años.
-¿'El escritor es como la mujer de Barba Azul', ¿por qué?
-Es un gran personaje: hay una prohibición, un deseo de conocimiento, de desvelar algo, y la literatura tiene mucho que ver con eso. Barba Azul le ofrece todo menos la posibilidad de abrir una puerta y ella vive para robarle la llave, abrir esa puerta y desvelar el misterio. Así es la literatura, buscar lo oculto, lo que está al otro lado. La literatura tiene que ver con el atrevimiento, con el riesgo, con el peligro, con el ir más allá de donde debes.
-Iba para ingeniero y acabó siendo psicólogo.
-Lo de ingeniero fue una equivocación. Hice el bachillerato de ciencias y lo elegí porque entonces el ingeniero era una figura mítica, pero cuando llegué a la escuela me quedé horrorizado, y me fui a Filosofía para hacer Psicología.
-¿Y ejerció de psicólogo?
-Hasta hace diez años era psicólogo clínico y me dedicaba a la infancia y adolescencia.
-Está casado con una escritora, la poeta Esperanza Ortega, ¿es su primera lectora?
-Es muy bueno en una pareja competir las mismas pasiones, los mismos gustos, y sí, es mi primera lectora, la primera opinión. Ella y dos amigos son los primeros en leer mis libros, y tengo muy en cuenta su opinión.
-¿Acepta bien las críticas?
-Me afectan, el escritor siempre se siente muy inseguro. Cuando acabas un libro no sabes lo que has escrito, no sabes si es lo que querías hacer. Las opiniones de los críticos me afectan, aunque me gustaría que no me afectasen. La inseguridad es completa porque nunca sabes el libro que pones en manos del lector.
-¿Es humilde?
-Si digo que soy humilde peco de soberbia; sólo sé que me siento muy inseguro. Cuando comparas tus libros con los de los grandes escritores que lees, te dices 'qué hago yo'. Yo me siento un escritor menor, no soy un escritor imprescindible. Estaría ciego si no lo viese, pero también los arroyos forman parte de la literatura y yo aspiro a ser uno de esos pequeños arroyos.
-¿Esther Tusquets, su editora, lo cita en sus controvertidas memorias?
-Sí, habla de mí, y habla bien, somos buenos amigos. Fue muy importante en mi vida de escritor, Le ofrecí mi primera novela, El lenguaje de las fuentes y, para mi sorpresa, la leyó y la publicó. Eso fue lo que me transformó en escritor, Hasta entonces no lo sabía, escribía, sí, y había publicado en una pequeña editorial local dos libros, pero a partir de ahí empezaron a tratarme de escritor y yo a creérmelo. Es muy franca, muy contundente, y fue una persona clave en mi vida.