Es una reflexión sobre la guerra a muerte que se está librando ahora mismo entre dos mundos: el mundo árabe y el occidental, en una deriva criminal "donde la democracia está siempre a merced de la escalada de los conflictos de identidades". Maalouf, que se siente perteneciente "a estas dos órbitas", se ve igualmente alejado de ambas porque, sin equidistancias, le reprocha al mundo árabe "la indigencia de su conciencia ética" y a occidente "esa propensión que tiene a convertir su conciencia ética en herramienta de dominio". El resultado ineludible de este choque, si no logra pararse, es la destrucción de ambas civilizaciones porque se producirá una "desviación global hacia la xenofobia, la discriminación, los abusos étnicos y las matanzas mutuas, es decir, hacia la erosión de todo cuanto constituye la dignidad ética de nuestra civilización humana", lo que traería consigo "durante el presente siglo, una descomposición de la democracia, del estado de derecho y de todas las normas sociales". Yo creo, querida, que, hoy por hoy, estamos en ese camino, amenazados, además, por el problema más grave que la humanidad haya tenido nunca, cual es el de que esté en peligro próximo la propia supervivencia de la especie sobre la faz de la tierra. Problema que es inabordable desde un proceso tan agudo de descomposición de la civilización misma.
A pesar de todo esto, querida, Maalouf se niega a asumir la deriva que está tomando el mundo como algo inevitable. Su primera conclusión es que "si nos está haciendo falta un estado de emergencia para espabilarnos y movilizar lo mejor que llevamos dentro", a fin de provocar la reacción precisa que nos lleve a la necesaria metamorfosis de la humanidad, "ya la tenemos aquí". Él encuentra cuatro razones para la esperanza. La primera es que el proceso científico continúa e incluso se acelera. La segunda, que las naciones más grandes y pobladas del planeta están saliendo decididamente del subdesarrollo. La tercera es la experiencia europea, que en menos de cincuenta años ha conseguido superar, justo con la política, el diálogo y la democracia, su historia de enfrentamientos permanentes entre las tribus y naciones que, sólo en el último siglo sembró de millones de cadáveres los campos del continente. Luego la utopía es posible. Y la cuarta, el acceso de Barack Obama al liderazgo en la primera potencia del mundo. Obama, "el símbolo y el hombre" que encarna "el despertar sobresaltado de una gran nación, consecutivo a su crisis económica y a sus enfangamientos militares".
Pues bien, amiga mía, leyendo esto, tropiezo con la noticia de que Kurt Campbell, el Subsecretario de Estado para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico, del Gobierno de los EEUU, visitó en Rangún a Suu Kyi, la líder demócrata birmana que lleva en prisión (ahora domiciliaría) más de dos décadas, que ganó unas elecciones democráticas, no reconocidas por la dictadura militar en el poder, premio Nobel de la Paz y luchadora incansable por la igualdad y por la democracia. Siempre consideré a esta mujer como el mejor símbolo vivo de la lucha que las mujeres han desarrollado por los valores más esenciales para la convivencia, tanto a lo largo de todos los meandros de la historia, como en estos últimos ciento cincuenta años, donde su mejor influencia es ya palpable y en el futuro imprescindible porque, objetivamente, la mujer es la más interesada en la metamorfosis que espera Amin Maalouf. Y esta sería una quinta razón para la esperanza, que a Maalouf se le olvidó.
Fue, querida, como un mensaje de la admirable Suu Kyi.
Un beso.
Andrés