F. FRANCO | A CORUÑA
A Jesús Ferrero ya le conocimos en otras encomiendas literarias, en otros restaurantes de las letras. De formación filosófica pero conocido sobre todo como novelista con cierto malditismo, hicieron brecha obras suyas como Bélver Yin, Opium, Las trece rosas... o poemarios como Río Amarillo. Ahora llega con Las experiencias del deseo, su primer ensayo.
-Usted habla del criterio artístico con no pocas dudas...
-Es que creo que es muy limitador y por su culpa se han perdido obras muy notables. Mi abuelo escribió un diario, que era medio paranoide pero lleno de pensamientos interesantes y excesivos que a mí me hubiera gustado leer y que quemaron porque no se consideraba digno de ser conservado.
-Eso pasó en arquitectura también, como usted dice.
-El Renacimiento decidió que el gótico no era interesante y se dedicaron a destruir todo lo que pudieron e incluso a recubrirlo de yeso para que se amoldara mejor al nuevo estilo. El criterio artístico ha sido históricamente demoledor para el arte.
-¿Y no siente usted cuando ejerce la crítica literaria la misma culpa?
-A diferencia de otros críticos, yo me considero un mediador entre el autor y el lector. Creo que hacer de puente es una función sagrada. Los críticos que en lugar de esto se dedican al exhibicionismo y a hacer piruetas más o menos ideológicas para mostrarse a sí mismos con su narcisismo a cuestas cometen un pecado contra el arte. Yo hago crítica con extrema delicadeza.
-Han salido al tiempo su primera novela negra y su primer ensayo, ¿se interalimentan?, ¿tienen claves que las relacionan?
-Muchas, sobre todo una que es el deseo pero yo no lo circunscribo al campo amoroso. Deseo no es sólo de amar, es también de matar. Ese deseo entendido como algo que se despliega en todos los momentos de nuestra vida es el tema capital de todos mis libros. Y ahora escribí un ensayo sobre ello.
-Muy deseante es usted...
-Como todo el mundo.
-¿No suelen ser excesivos en sus comportamientos los personajes de sus novelas?
-Hay de todo pero bien es cierto que me interesan mucho los límites del mundo, los del deseo, los del hombre, allá donde se acaba la humanidad o la conciencia y empieza otra cosa. Me interesa mucho la idea de frontera, la idea de no lugar pero que separa...
-¿Y su vida? ¿Explora también esos límites?
-Una cosa es explorar los límites y otra vivirlos trágicamente. Creo que ahora me hallo en un periodo de equilibrio aunque no siempre haya sido así porque de joven cometí los excesos más inoportunos, aunque sin llegar a lo de algunos de mis amigos que están muertos. Yo exploro los límites porque estoy fuera, porque lo hago desde el equilibrio.
-¿Y cómo observa usted, que tan intensamente vivió su juventud, el paso del tiempo?
-Con cierta tranquilidad, sin demasiado dramatismo y quitándome espadas de Damocles que pueden acortar tu vida. Míreme comiendo chicles para no fumar... La vida ya es suficientemente abismal, y yo ya tengo 56, como para que le añada más dramatismo.
-Pasados los 50 sobrevivir es un acto de inteligencia...
-Por supuesto. Es más, valoro a las personas que sin convertirse en execrables puritanos saben gobernar su vida, alargarla y convertirla en un fruto mucho más jugoso.
-Vivir, pero, ¿sin calidad de vida?
-Se deduce de lo que he dicho de que no soy partidario de vivir sin calidad de vida. No me gusta el infierno, aunque otra cosa es que lo explore. Explorar los infiernos interesa mucho.
-En su bagaje académico está la literatura, pero también la historia, la filosofía... ¿alguna pesa más?
-Algunas. Yo como disciplina universitaria no me incliné por la literatura porque pensaba que ya leía yo mucho por mi cuenta. Elegí disciplinas complementarias, aunque desde los nueve años supe que mi destino iba a ser literario, para reforzar mi carrera de escritor. En París me dediqué a la historia, la antropología, la filosofía y el psicoanálisis. Estas cuatro disciplinas me han ayudado mucho en mi carrera literaria a construir personajes.