En cambio a Zapatero la crisis le perjudica, por eso tardó en reconocer su existencia y la bautizó y rebautizó para que pasara desapercibida, lo que tampoco es congruo. La realidad se impuso y la crisis es más crisis de lo que Zapatero decía y menos catástrofe de lo que a Rajoy parecía gustarle. Ahora por lo que se pelean es por la salida de la crisis. Para Zapatero se tocó fondo y aparecen síntomas de superación y para Rajoy todo empeora y esto va a ser la de Dios. Cada nueva remesa de parados Zapatero la compara con la de una fecha anterior y nos dice que el paro crece, pero crece menos, y Rajoy señala que el paro simplemente crece y lo compara con el de los buenos tiempos, que son siempre cuando los suyos gobernaban. Es como si a Zapatero cada nuevo parado le causara un disgusto y a Rajoy una alegría. Pero el disgusto y la alegría no los causa el que haya un parado más o un parado menos, sino la perspectiva de un voto más o menos. La gente ya se sabe la cantinela y piensa que los partidos políticos, lejos de ser organizaciones e instrumentos para arreglar los problemas, son ellos mismos el tercer problema en importancia del país. Así es como la crisis económica arrastra la política a la crisis y se debilita la democracia, lo que perjudica a la gente mucho más, porque en una democracia débil la inmensa mayoría de las medidas que puedan tomarse será contra los derechos y los intereses de la mayoría de la población, sin la menor duda. La crisis se convierte entonces en la gran coartada para el autoritarismo y para el privilegio en un mar de desesperación.
En una situación como esta, querida, cabría esperar la reacción de las organizaciones sociales, especialmente de los sindicatos, pero desafortunadamente se muestran imperturbables. Esta ataraxia sindical también es percibida con frustración y desengaño por el personal, que se pregunta para qué están sirviendo. Así se lo plantearon descarnadamente a Cándido Méndez en el programa Tengo una pregunta para usted y el dirigente sindical salió del paso hábilmente, subrayando la importancia de los sindicatos aunque no se les viera y los comparó con el aire, que sólo se echa de menos cuando falta. El sofisma no convenció, porque los sindicatos no han de ser el aire, sino la energía y el instrumento de movilización. Pero tú oyes a los cuadros sindicales o lees sus retóricas declaraciones y parecen politicastros de segunda fila, que recitan una lección aprendida llena de abstracciones y de presuntas sutilezas. Los cuadros sindicales, amiga mía, están aletargados, no tienen iniciativa e incluso no saben bien contra quién ir. Sólo se mueven cuando la desesperación de los trabajadores los empuja y los sobrepasa porque lo cuadros se menean a regañadientes. Así sucedió, por ejemplo, en la empresa Montoto del textil, en Lalín, donde los trabajadores empujaron a los sindicatos y se enfrentaron, no a la patronal ni al Gobierno como es tradicional, sino a los bancos, que incumplían los compromisos que habían contraído con la viabilidad de la empresa. Y esto es cualitativo.
He aquí, querida, un verdadero brote verde en la movilización contra la crisis. ¿Te imaginas a los sindicatos de este país movilizándose contra la banca por su corresponsabilidad en la generación de la crisis y por su falta evidente de compromiso y de solidaridad, a pesar del dinero y de los avales públicos con que les salvamos el culo?
La única esperanza, querida, está en que la ciudadanía se decida a empujar y empuje. Para salir de la crisis y para preservar la democracia misma.
Un beso.
Andrés