A. G. | AROUSA
Desafiar las aguas gallegas en pleno invierno tiene un coste, y este coste lo descubrió ayer David Meca, el veterano nadador de larga distancia y showman, que después de lograr la hazaña de recorrer a nado los más de veinte kilómetros que separan Vilagarcía de Pontecesures, tuvo que ser trasladado al Hospital Clínico de Santiago de Compostela para ser atendido de una fuerte hipotermia.
Meca, elegido por la Xunta para promocionar el Xacobeo 2010 con este acto, era consciente de la dificultad que entrañaba el reto de remontar a nado la ría de Arousa y recorrer el trayecto que realizó la barca de piedra que trasladaba al Apóstol Santiago, preparándose para ello mentalmente, y sobre todo, físicamente, al engordar cinco kilos sobre su peso normal para protegerse del frío. Poco antes de salir de la dársena de Vilagarcía, le comunicaron que el agua en su interior estaba a tan sólo siete grados, lo que significaba que, unos kilómetros más arriba, la cifra del termómetro iba a bajar considerablemente, inconveniente que se uniría a las fuertes corrientes que tiene el río Ulla.
No se amilanó. Repartió besos y abrazos a autoridades y público y se zambulló en el agua con su eterna sonrisa en la boca. Brazada a brazada comenzó a avanzar con la corriente en contra hacia la isla de Cortegada, escollo que superó casi una hora después seguido muy de cerca por la recua de embarcaciones de su equipo.
Ya dentro del cauce del Ulla, a la altura de Catoira, comenzaron los imprevistos con los que no se contaba. Los bancos de arena obligaron a Meca a nadar en zig zag para evitarlos ralentizando la marcha del nadador, mientras uno de sus barcos auxiliares, en el que viajaban los fotógrafos, encallaba en uno de ellos.
Pese a este imprevisto, el nadador continuó sin desmayo, superando los calambres y con varias inyecciones de antiinflamatorios, mientras numerosos curiosos observaban su evolución desde la orilla.
Seis horas y media después, avistaba, prácticamente de noche, las luces del muelle de Pontecesures, donde le aguardaba una multitud para jalearle.
Antes de llegar, un grupo de diez piragüistas comenzó a escoltarle, señalándole el camino hacia el pantalán deportiva de la localidad arousana.
A menos de cien metros, se encontró con el último escollo: una corriente de seis nudos que le impedía avanzar. La solución tuvo que ser nadar en paralelo al muelle, superarlo y dejarse arrastrar por la misma corriente hacia el pantalán. Allí, ya fue incapaz de subir. Totalmente reventado por el esfuerzo y congelado por la temperatura del agua (entre 10 y 6 grados en todo el trayecto), fue sacado del agua por integrantes de la Cruz Roja y por miembros de su equipo inconsciente y con convulsiones.
Tras un primer reconocimiento médico en Pontecesures, la ambulancia le llevó al Hospital donde los médicos le realizaban varias pruebas.