ISABEL BUGALLAL | A CORUÑA
-Póngase en el papel de Descartes, ¿cómo ve la cosa?
-Muy bien, es un espectáculo que hacemos desde el año pasado y desde entonces ha funcionado con un éxito estrepitoso. Una obra que a priori parecería que es para un público muy minoritario resulta que ha sido para un público mayoritario. Quiere decir que el teatro de texto, de texto de reflexión, complace al público. El título podría echar para atrás a algunos espectadores creyendo que es un debate filosófico pero es accesible a todo el mundo, ese es el talento del autor, es un diálogo culto pero tiene también ironía
-Esto que dice le pasó otras veces. Le pasó con Arte y le ocurrió con La cena, grandes éxitos.
-Y con París 1940, unas clases magistrales de Louis Jouvet en París durante la ocupación.
-¿A qué lo achaca?
-A que el público necesita y pide un teatro de texto y que cuando hay calidad, por poco bien montado e interpretado que esté, le gusta porque está harto del teatro enlatado, que es lo que ve en televisión y en internet, y, desgraciadamente, no es de muy buena calidad.
-Se queja porque los actores prefieren hacer televisión.
-Lo que digo es que la mayor parte de los actores suspiran por hacer teatro y se quejan de tener que hacer televisión y, cuando hacen teatro, si los llaman para hacer televisión, van corriendo. Por lo tanto, ellos son también responsables de la situación del teatro. Evidentemente, los actores no ganan haciendo teatro lo que ganan con una serie de televisión o una película.
-Es actor, director, productor, escenógrafo. Todo en uno.
-Claro, porque eso me da la libertad total de decidir qué es lo que puedo hacer, dentro de las limitaciones de una producción privada pequeña -yo no me puedo permitir montar espectáculos de 25 actores y seis decorados, tendría que buscar coproducción y ya no sería el único capitán a bordo del barco-.
-Que es lo que le gusta.
-Pero por el hecho de tener libertad y no tener un productor que me diga que no ensaye tanto tiempo y me urja a estrenar. O para poder cambiar de obra.
-Le acusaron de gestión 'partidista y politizada' al frente del Teatre Nacional de Catalunya.
-No solamente de eso, me acusaron de muchísimas cosas más, de construirme una casa con helipuerto, jacuzzi... yo que sé, de todo... A eso ni contesto.
-Y decidió irse a Madrid.
-Podría volver a irme a París pero en Madrid nunca había hecho una temporada desde el principio y quería montar Arte (de Yasmina Reza), cuyos derechos tenía, y, después de lo sucedido en Barcelona decidí montarla en Madrid. Fue un éxito tan grande que luego me pidieron que montase otra cosa y luego otra, y otra, y estoy aquí desde hace diez años.
-¿Le gusta vivir en Madrid?
-Estoy muy bien, encantado de la vida, es una ciudad muy acogedora y muy agradable. Y, profesionalmente, no me puedo quejar, cada día tengo que dar las gracias.
-¿Ser catalán en Madrid puede resultar incómodo?
-En ningún momento viví incomodidad alguna por ese hecho.
-¿Por qué Albert Boadella le llamó 'marciano'?
-No lo sé. Ese señor ha escrito muchas cosas sobre mí y no las contesté nunca.
-¿Y ese odio a qué viene?
-Lo ignoro. No comento nada.
-Los dos hicieron una obra con el mismo título, La cena.
-Pero hay que ver la fecha de estreno de cada una. Ni entro ni salgo.
-¿Qué le falta por hacer, un Shakespeare, quizá?
-En Francia hice varios.
-Pero no en España.
-No, me faltan muchísimas cosas por hacer. Tiempo al tiempo.
-Hace poco teatro español.
-Yo hago el teatro que conozco. Después de tantos años viviendo en París, conozco a mucha gente que me manda textos y monto los que me gustan, no miro que sea francés o alemán. Cuando se trata de un clásico, como es el teatro donde me formé, es también el teatro que conozco más. Uno hace mejor lo que conoce bien.
-¿En la Comédie Française trabajó con Gérard Philipe...?
-No, no, yo era jovencito; lo vi actuar en Aviñón con el Théâtre National Populaire Français (TNP), y a María Casares, y a todos los grandes de aquella época. Con María Casares sí trabajé.
-¿Cómo era trabajar con ella?
-Una maravilla.
-¿Sabe que era coruñesa?
-Claro que lo sé. Ella me hablaba de su familia y de Galicia. Tuve la suerte de trabajar con ella en el TNP en la obra Mañana, la vigilia; ella hacía la reina Victoria de Inglaterra y yo, el príncipe heredero, su hijo. Ya la conocía de París. Me emociona recordar a María Casares, era una actriz inmensa.
-¿Por qué fue a Francia a formarse?
-Porque tuve una beca del Instituto Francés de Barcelona, que me dieron después de dar la lata todo un invierno. Había descubierto el teatro en el festival de Aviñón, con María Casares haciendo María Tudor, de Víctor Hugo, y a Gérard Philipe, haciendo Lorenzaccio. Me conmovió tanto aquello que dije: 'Yo quiero estudiar con esa gente'.
-¿Sigue temiendo el ridículo?
-Cualquier actor supongo que tiene miedo al ridículo. Si entras en escena y no estás bien preparado el ridículo te puede matar. Para subirse al escenario hay que merecerlo y se merece trabajando.
-¿Detesta el humo?
-No lo soporto, me va muy bien la ley antitabaco. Si entro en un sitio y hay humo, salgo.
-Pero le gusta cocinar.
-Me gusta cocinar para los amigos, pero de vez en cuando. Me divierte improvisar una comida cuando estoy libre y hacer platos de cuchara, como unas buenas lentejas.