Hay veces, las más, en las que la palabra legendario se usa a la ligera. Aplicado sin embargo al coruñés Francisco Porrúa, primer editor de novelas como Cien años de soledad, de García Márquez, y Rayuela, de Cortázar, padre del llamado boom literario latinoamericano o descubridor para el lector en español de la trilogía de El señor de los anillos, de Tolkien, o Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, parece incluso quedarse corto. Pero a don Paco, a sus 87 años, no le gusta el calificativo. Prefiere definirse como un editor "sensato". "La función del editor es editar un buen libro. Yo publico algo y espero que sea bueno. Y ahí se acabó el asunto. El resto depende de los lectores, de los críticos, de la historia. Un editor auténtico no debe aspirar a la fortuna. En lo único que pienso cuando edito un libro es en la literatura".
Porrúa, gran amante de la ciencia ficción, no en vano creó la editorial Minotauro, donde se vieron las primeras obras en español de Ballard, tiene también una vida fantástica. Nacido en Corcubión en 1922, fue a parar con sólo dos años a la remota Patagonia, el far west argentino, donde vivió hasta 1940, cuando regresa fugazmente a Galicia para volver a Buenos Aires, de donde también tuvo que acabar yéndose, tras hacer historia como editor, para refugiarse de la atroz dictadura argentina en Barcelona, donde todavía reside desde finales de los setenta. "Mi padre era agente marítimo y nos llevó a la Patagonia. Mis primeros recuerdos son la inmensidad del desierto junto a la inmensidad del mar. Le parecía a uno que estaba todavía en la prehistoria. Todo eso influyó mucho en mí. Allí descubrí la lectura como un intento de entender la vida". A esa experiencia pertenece una sonoridad que es ya patrimonio de la humanidad de habla española: "El apellido original de Frodo en El señor de los anillos es Baggins. Al traducirlo al español, lo más acertado hubiera sido saco o bolso. Pero recordé una zona del sur argentino, El Bolsón, y construí el nombre: Frodo Bolsón".
Es inevitable hablar de Cien años de soledad. Cuenta la leyenda que el 30 de mayo de 1967, tras ser rechazado por dos editores españoles, el libro que consagraría a García Márquez e inauguraría el boom latinoamericano aparecía publicado por primera vez en Buenos Aires, donde Porrúa regentaba la editorial Sudamericana. "Creo que Cien años de soledad se ha convertido en mi segundo apellido, porque todo el mundo lo ha añadido a mi nombre. Es parte de mi destino. García Márquez era entonces para mí un desconocido del que me habló Luis Harrs. Cuando terminé de leerla, pensé que era una obra muy relacionada con sus crónicas periodísticas. Estaba convencido de que era una obra singular, pero siempre noté que en Cien años de soledad, y Gabo lo sabe, falta un cierto intimismo que permita ver a sus personajes desde sus emociones, más allá de los hechos raros que suceden todo el tiempo. Pero no sugerí ningún cambio. Nada en absoluto".
Había aprendido de la experiencia con Julio Cortázar, a quien recomendó hacer cambios en una novela que el escritor tuvo en cuenta. Para pesar de Porrúa. "Era un pasaje que me resultaba inverosímil, pero creo que me equivoqué porque había un efecto de humor que estaba bien ahora que lo pienso. Lo que siempre importa es la verdad literaria del texto. Con Rayuela ya tuve el cuidado de no sugerir nada. Hace poco releí una antología de cuentos de Cortázar y creo que lo que es casi inigualable en él es la transparencia del texto. No dudaba, no corregía, no hacía un alto para pensar en la siguiente palabra".
Porrúa, editor también de otros grandes autores como Robert Graves, Margarite Yourcenar o Gore Vidal, frecuenta los veranos de Corcubión -"ahora menos, porque me cuesta caminar"-, un lugar que a la vuelta de los años es para él también una obra fantástica, una fuente de realismo mágico en su propia vida. "Siento que la vida empezó ahí, y aunque se interrumpió sin saber cómo, sigo estando allí de manera misteriosa. Es la línea invisible heredada de mis antepasados Porrúa, que fueron también editores, uno de ellos en México en el siglo XVII. En Corcubión intuí el ADN antes de que supiéramos qué era un gen".