Se acusa a Feijóo, querida Laila, no sin razones, de haber hecho saltar por los aires una presunta concordia lingüística que se vivía en Galicia, al menos en la superficie. Su intento (hasta ahora) de dar al traste con la norma que asegura en la enseñanza el uso del castellano y del gallego al 50%, más nominalmente que en la práctica, por cierto, ha hecho estallar un conflicto que, si se gestiona mal, será un verdadero golpe de gracia, no sólo a nuestro patrimonio colectivo más íntimo, sino a nuestro modo de ver y entender la vida, que habíamos sabido preservar a lo largo de los siglos en las peores condiciones. Con lo cual, aunque no lo percibamos de inmediato, dañará también a nuestras posibilidades y oportunidades de prosperidad colectiva. Pero, si fuésemos capaces de gestionar colectivamente bien esta confrontación, podría derivarse de ello una nueva oportunidad para el gallego, que tanto lo necesita.
Me explico, querida. Antes de Feijóo y ese su borrador, que debiera borrar definitivamente, el llamado proceso de normalización del gallego no sólo no avanzaba, sino que retrocedía a ojos vistas. Esta preocupación emergía, de cuando en vez, en voces tan autorizadas como, por ejemplo, la de Xosé Manuel Sarille, que, en su libro A impostura e a desorientación na normalización lingüística, hace un lúcido diagnóstico del fracaso normalizador. El gallego, lejos de avanzar para ser la primera y normal lengua de los gallegos, pierde hablantes, se hace ritual y decae. Sarille entra a fondo en el síndrome constatando las responsabilidades de instituciones, gobiernos, profesionales, partidos y entidades diversas en este fiasco. Las pretendidas políticas de normalización lingüística han resultado ser una impostura, que se ha tragado recursos públicos, esfuerzos y no poca buena fe de muchos. Lo más grave de la denuncia de Sarille está en que también los defensores del gallego han caído en la misma impostura y desorientación. En otras palabras, en Galicia no se ha hecho realmente nunca una política de auténtica normalización lingüística con carácter general. No la han hecho ni la derecha, ni la izquierda, ni siquiera los nacionalistas en los municipios y hace un año en la Xunta. Se ha exaltado, cantado y celebrado la lengua, se ha hecho investigación filológica, lexicología, sociolingüística, liturgia, alfabetización y enseñanza de la lengua, pero no se ha normalizado el gallego. Con lo que los esfuerzos, sacrificios e impulsos realizados por personas individuales o pequeños colectivos se han frustrado lamentablemente por la impostura general y oficial. Sarille, lejos de ser escuchado, fue ninguneado e incluso vituperado, precisamente desde su misma orilla.
Así se llegó a esta situación, donde más que concordia o paz lingüística, lo que hay es una suerte de conformismo colectivo que se queda varado en los aspectos legales, administrativos, científicos o pedagógicos y que no sabe qué hacer para que el gallego se hable más, en vez de menos, y cobre carta de naturaleza en la sociedad. Esta especie de congelación del gallego en lo formal y ritual es lo que se trata de aprovechar ahora para volver atrás utilizando trucos, como el del inglés, o falsas coartadas, como la de la libertad.
Ojalá, querida, que la gran manifestación del otro día, en sí misma una respuesta cívica de envergadura, signifique una auténtica y sostenida movilización de la conciencia y del corazón de la inmensa mayoría de los gallegos. Si esto es así y lo sabemos gestionar entre todos, la movilización a favor del gallego se puede instalar en nuestra cotidianidad y, entonces, cabrá la esperanza, porque ex abundantia cordis os loquitur.
Un beso.
Andrés.