Zapatero, querida Laila, está viviendo sus peores momentos. ¿Qué se hizo de aquel líder que todo lo que tocaba se convertía en éxito? Recuerda. Contra todo pronóstico, se hizo con la secretaría general de su partido en el año 2000, derrotando a los dinosaurios del PSOE, aunque sólo por nueve votos, pero que fueron suficientes para realizar en el PSOE un verdadero cambio generacional. Le bastaron cuatro años de inteligente y constructiva oposición, pero también incisiva, para llegar a la Moncloa. Saca a las tropas de Irak y comienza una serie de reformas de carácter social y de reconocimiento de derechos que, en un marco de bonanza económica, lo llevan a gozar de amplio reconocimiento interno y de un prestigio internacional muy notable. Este recién llegado al más alto centro de decisión política del país se consolida como gobernante, gana sus segundas elecciones y aún sus críticos, que le achacaban cierta superficialidad y bisoñez, reconocían su barakah. Pero, en esto, llegó la crisis y mandó parar.
El primer gran palo de ciego de Zapatero fue no reconocer la realidad de la crisis, a la que trató de revestir de eufemismos y circunloquios que la terca realidad hizo saltar por los aires, perdiendo un tiempo precioso y desviando energías que debieran haberse empleado en prevenir y combatir la temible recesión. A partir de aquí, torpeza tras torpeza, va acabando con la bendición divina de que parecía gozar y empieza a salirle todo mal. El Zapatero de la barakah se va convirtiendo en un gafe, que todo lo que toca lo convierte en fiasco. Incluso la gran oportunidad de presidir la UE sólo le ha servido, de momento, para que se resaltara en los mentideros internacionales la situación económica del país, estallara la desconfianza y la bolsa española se precipitara en una caída alarmante, al menos coyunturalmente alarmante.
Hoy, a los ojos de la opinión pública, gravita casi exclusivamente sobre los hombros de Zapatero un paro de cuatro millones de personas, un déficit público excesivo y un desconcierto cada día más amplio que hace quebrar el juego de alianzas políticas y sociales en que se sustentaba. El síntoma más reciente es la desafección de los sindicatos, hasta ahora durmientes y complacientes con un Gobierno que parecía proteger los intereses del sector social, muy concreto y no muy amplio, que las organizaciones sindicales representan de facto.
Pero, querida, hay algo todavía más alarmante. Todos los sondeos demoscópicos nos muestran que, tras el paro y la situación económica, el segundo problema en la percepción de los españoles es el descrédito de la política y de los políticos. Y, si bien este descrédito no es achacable sólo a Zapatero -pues otros muchos han contribuido a ello y muy notablemente Mariano Rajoy, que se muestra incapaz de ofrecer salidas o alternativas, refugiándose en una sañuda pelea por el poder, pura y dura-, la verdad es que el desprestigio de la política hace que la situación se esté convirtiendo en explosiva. En este sentido, es muy lúcida la apreciación de Fermín Bouza cuando señala que esta situación "vale para hacernos a todos anarquistas o, en el otro extremo, para colaborar en algún golpe de estado de carácter populista o antidemocrático".
Parece claro, amiga mía, que Zapatero, si no tocó fondo, está a punto de tocarlo. La incógnita ahora es saber si el presidente se quedará en el fondo para siempre o si podrá emerger en el año y medio que le queda, como máximo. Esto es lo que nos falta por ver y, por paradójico que parezca, puede muy bien suceder que el único flotador que le quede sea precisamente la levedad de Mariano, que si bien aun no es tildado de gafe, lo cierto es que barakah nunca tuvo.
Un beso.
Andrés