ANDRÉS CEPADAS
No, querida Laila, no me he vuelto futbolero y tanto el fútbol como el resto del deporte siguen ocupando un lugar secundario entre mis intereses, preocupaciones y ocupaciones. Lo que pasa es que no puedo dejar de observar la situación actual del deporte español ni evitar las reflexiones que esto me suscita. La eclosión de calidad y de excelencia deportiva de los españoles es evidente y también lo es el talante y comportamiento de nuestros deportistas: equilibrado, modesto, sensato, discreto, solidario y de equipo, de respeto al adversario, honorable y alejado de todo divismo. Las selecciones y equipos de fútbol, baloncesto, ciclismo, balonmano o los campeones individuales de tenis, atletismo o en deportes del motor nos lo muestran con satisfactoria reiteración. Todo el mundo lo reconoce así y lo alaba, pero también lo compara con actitudes, frecuentemente impresentables y vergonzosas, de una buena parte asfixiante de nuestros dirigentes políticos, sindicales, económicos y empresariales, que son los que dirigen y lideran nuestra sociedad y nuestro país. ¿Cómo es posible, cabe preguntarse, que convivan dos formas tan contradictorias de hacer el trabajo y de proyectarse, individual y colectivamente, en la vida?
En el caso de la selección española de fútbol, querida, se produce además un fenómeno muy significativo. Fíjate que la columna vertebral del equipo español es catalana, lo que se explica principalmente porque, mientras que en el Barça se primó la cantera propia, prácticamente en el resto de los equipos españoles se optó por el simple fichaje de lumbreras extranjeras, sin aprovechar nada, o aprovechando muy poco, de lo que aportaban. Catalán o de formación catalana es el núcleo duro de la selección, pero también es catalán el modelo de juego que se sigue y que ha triunfado ya. Modelo que, curiosamente, parece tener, según los entendidos, su origen en Holanda, que el Barça asumió con el fichaje de Cruyff como entrenador y que supo aplicar en la formación de su excelente cantera. Dado que la selección ha de formarse con los mejores jugadores españoles y muchos de ellos son catalanes, la cosa no tiene vuelta de hoja. De donde se deduce que, al menos en el fútbol, Cataluña, precisamente por sus peculiaridades, lejos de romper España, como tanto se nos predicó y predica desde la más cavernaria derecha española, la fortalece y mejora a ojos vistas. Es curioso comprobar cómo el triunfo de la selección hispano-catalana de fútbol, en el fondo, molesta igual a los nacionalistas radicales españoles, catalanes o de otros pagos, y satisface, también igual, a catalanes, vascos, gallegos y españoles todos, sobre todo a los que pertenecen a la misma quinta que los futbolistas.
Lo que aquí puede pasar, querida, es que estemos ante una nueva y esperanzadora generación de españoles nacidos en democracia: sensatos, honestos, libres de viejos vicios y tabúes y que han llegado ya a la cúpula del deporte, pero que tardarán algo más en ocupar los centros de poder y de decisión de la política, de la economía y de la sociedad, porque de forma natural en el deporte se llega antes. Bueno será que la cascada y prematuramente vieja generación de los nacidos en el tardo franquismo deje paso libre en cuanto se pueda y, mientras tanto, aprenda algo de los criterios, valores y actitudes que parecen traer las generaciones que sólo han conocido la democracia. Porque, si la España que se rompe es la del uniformismo, de la discordia, de la acritud y de la corrupción, bien rota estará, querida amiga.
En todo caso, pase lo que pase mañana, España ha triunfado ya porque, además, ha conseguido abrirnos a la esperanza en nuestros jóvenes.
Un beso.
Andrés