ANDRÉS CEPADAS
Pues yo no le veo tan así, querida Laila. Yo creo que este debate, llamado del estado de la nación, puede ser el punto de partida para la recuperación de Zapatero y del PSOE, si son capaces de gestionar razonablemente los retos que les planteará el caliente otoño que se avecina y, sobre todo, si son quienes de explicarse con claridad y abiertamente ante la sociedad y la opinión pública españolas. Aunque también es posible que sea su última oportunidad.
Zapatero asume y reconoce que la crisis económica global y la política europea común le han impuesto a España, y por tanto a su Gobierno, la aplicación de unas determinadas medidas de ajuste dolorosas, indeseables en sí mismas, no previstas en su programa de Gobierno e incluso contradictorias con sus postulados ideológicos, pero ineludibles porque, de no aplicarse, se provocaría en la economía española una situación catastrófica en el corto plazo, que pagarían más los más desfavorecidos, como es congruente con los vientos neoliberales que no cesan. Este viraje obligado de Zapatero ha dejado sin programa y sin discurso alternativos a Rajoy y al PP, que únicamente reprochan al presidente el viraje mismo, como se le hace desde la izquierda, y que no hubiese tomado antes la vía de los ajustes, pero no pueden explicar concretamente qué harían ellos desde la derecha, porque eso implicaría revelar que su cuerpo político les pide ser más duros y radicales en los recortes y, con toda certeza, aprovechar la ocasión para podar derechos, limitar libertades públicas y cercenar algunos avances que se han producido en materia de protección social.
Me parece que, de un modo general, el electorado, la opinión pública y la opinión publicada admiten ya como inevitable la política de ajustes, que nos viene impuesta desde la UE, donde ahora es hegemónica la derecha y donde son muy débiles la socialdemocracia y las izquierdas. Porque, querida, no es Zapatero quien ha vaciado de contenido el discurso de Rajoy, sino que paradójicamente lo han hecho sus correligionarios europeos al imponerlo en toda la Unión. La ciudadanía española, por lo tanto, va a tener que escoger entre una aplicación moderada de los ajustes y recortes, que proponen los socialistas, o una actuación mucho más radical, que se callan los populares, pero que el personal sabe donde vive.
En este contexto la huelga general de septiembre, si se gestiona bien su resultado, poco o nada dañará a Zapatero porque, si fracasa, será un buen indicador de que el personal encaja y aguanta la política del Gobierno y, si triunfa, será un freno importante a cualquier radicalización de los ajustes y, por tanto, a la derecha misma. Por eso a Rajoy la huelga no le gusta nada. De cualquier forma, es un acierto que la huelga se haga coincidir con la movilización de los sindicatos europeos, porque es en este bosque donde habita el dragón de la siete cabezas que hay que cortar.
Puede que esta situación alegre la ceja de Zapatero y dé un respiro a los suyos, pero para el conjunto de las izquierdas no tiene nada de bueno, porque siguen ahogadas en el bipartidismo, limitadas por un sistema electoral que les perjudica siempre e instaladas en su debilidad crónica y en su eterna atomización cainita. Y peor lo tiene la ciudadanía, que solo podrá escoger entre Guatemala y guatepeor. Por eso las encuestas nos dicen que el personal no quiere elecciones anticipadas por aquello de "¡virgencita, virgencita que me quede como estoy!". También, es verdad, que podemos quedarnos en casa el día de las decisiones, pero esto más guatepeor no puede ser.
En conclusión, querida, a día de hoy Zapatero no está muerto y mucho menos bien enterrado. Por mucho que cacaree Rajoy.
Un beso.
Andrés