SANTIAGO ROMERO | A CORUÑA
Las 550.000 monedas de oro y plata que componen el tesoro de la fragata española Nuestra señora de las Mercedes, que el Estado español recuperará dos siglos después del hundimiento del buque por navíos ingleses en el Algarve y tras un largo litigio judicial con la empresa estadounidense Odyssey, que las encontró en 2007 en el fondo del Golfo de Cádiz, guarda una historia gallega. Dos de los marinos a quienes se había encomendado a bordo la custodia del tesoro eran coruñeses, Luis Fontenla y Cipriano Núñez, quienes se fueron al fondo con la preciosa carga, fieles hasta el final a su misión.
El libro Recuerdos de la Muy Noble, Muy Leal y Muy Humanitaria Villa de Muros, de Ramón de Azarta y Malvarez (1908) consigna que a la viudas de ambos marinos se les concedió una pensión por su heroico comportamiento en la voladura del navío. Pero la estratégica singladura de la flota española que debía traer a España 17 toneladas de metales preciosos para reconducir el maltrecho imperio español a principios del siglo XIX había comenzado su trágica singladura en Ferrol por orden expresa del rey Carlos IV.
La historia de la fragata Mercedes marca el comienzo de las grandes guerras napoleónicas. El 5 de octubre de 1804 reinaba la precaria Paz de Amiens suscrita en marzo de 1802 por Francia, Gran Bretaña y sus aliados, entre ellos España, aunque ya desde la Paz de Basilea -que encumbró al valido de Carlos IV, Manuel Godoy- los británicos desconfiaban de la futura neutralidad española. España había participado como aliada de Inglaterra en la guerra contra la Convención Francesa tras el regicidio pero, amedrentado por la invasión de Navarra y las Vascongadas, Godoy firmó aquella paz sin consultar a su aliado.
La debilidad política española ante Francia hacía suponer a Inglaterra que Godoy se estaba alineando con Napoleón. Pero eso aún no había ocurrido cuando las cuatro fragatas españolas Mercedes, Medea, Fama y Santa Clara , divisaron la costa del Algarve el 5 de octubre de 1804. Esta flota había sido fletada por orden de Carlos IV en noviembre de 1802 desde Ferrol para que trajera de las Indias el oro y la plata acumuladas en los años que había durado la guerra.
La escuadra española fue interceptada y atacada por barcos británicos en un claro acto de piratería, ya que ambas naciones se encontraban en paz. Poco después de las primeras descargas, se oyó un gran estruendo: la Mercedes saltaba por los aires al explotar su santabárbara. La suerte de la batalla estaba decidida y con 269 muertos en combate (249 en la Mercedes) las otras fragatas se rindieron. Los ingleses solo habían tenido dos muertos.
Aunque algunos políticos británicos abroncaron a su Gobierno por semejante acto de piratería, lo cierto es que Gran Bretaña saldó el asunto con unas indemnizaciones de apenas unos 250.000 pesos, cuando el botín ascendía a 3 millones. Un negocio redondo. Los marinos españoles muertos no recibieron nada.
Apenas mes y medio después de esta batalla naval, España declaró la guerra a Inglaterra, para felicidad de Napoleón, ya entonces coronado emperador en la catedral parisina de Notre Dame. España iba a adentrarse en una época terrible, cuyo capítulo más oscuro iba a ser la Guerra de Independencia precisamente contra el emperador corso. Sin embargo, antes, solo un año después del desastre de la flota de la Mercedes, España viviría otra derrota en el mar, mucho más atroz y dolorosa. Sucedería muy cerca de Cádiz, y el enemigo también sería inglés. Comandada por el almirante Nelson, una flota británica se impondría a otra franco-española. Las aguas de la historia no han olvidado todavía lo sucedido aquel día en aquel cabo llamado Trafalgar.
José Bustamante y Guerra, comandante de la flota de la Mercedes, dirigió también la famosa expedición científica Malaspina, que a su vuelta sería condenado a diez años de cárcel en el castillo coruñés de San Antón. Esta singladura fue la primera gran aventura científica planetaria, que inspiraría a Darwin. Alessandro Malaspina fue encarcelado por participar en una conspiración contra Godoy.
A Coruña era entonces un epicentro mundial de la navegación. El almirante cormelán Francisco Mourelle de la Rúa, el gran rival del británico James Cook, fue uno de los primeros exploradores de Alaska y otros territorios extremos. La denominación castellana de célebres localidades californianas como San Francisco o San Diego se deben a él.
Esta tradición de grandes marinos coruñeses tiene una conexión coetánea con nombres como el vicealmirante Fausto Escrigas, director general de Defensa en 1985 y asesinado por ETA o el almirante Javier Romero Caramelo, actual agregado militar de la embajada española en Washington.