AURELIA LOMBAO
Mañana se cumplen 20 años del Tratado de Maastricht, que es tanto como decir del nacimiento de la Unión Europea. Nosotros llevábamos solo siete años en la Comunidad y quizá los más significativos efectos de nuestra pertenencia a la CEE eran, entonces, el reconocimiento y el afianzamiento efectivo de nuestra joven democracia y la perspectiva esperanzadora de poder participar en la Europa del desarrollo económico y del bienestar social. Desde Maastricht los efectos concretos de nuestra pertenencia a la UE empiezan a ser mucho más tangibles porque se consagra el derecho de ciudadanía europea que nos permite circular por y residir libremente en cualquier país de la Unión, poder elegir y ser elegidos como diputados europeos y participar en las elecciones municipales del país donde se reside, gozar de la protección diplomática de la UE y poder recurrir individualmente al Parlamento o al Defensor del Pueblo Europeos con nuestras quejas y demandas. Y, sobre todo, en Maastricht nace el Euro, cedemos a Europa la política monetaria y empiezan a vivirse efectos muy concretos de la nueva situación. Basta recordar, por ejemplo, programas hoy tan habituales en nuestros estudiantes como el Erasmus, el Comenius o el Leonardo Da Vinci. Todo ello sin entrar en los programas económicos y de cooperación que, con mayor o menor buen uso por nuestra parte, han contribuido a la modernización y, hasta hace poco, a la prosperidad del país.
Naturalmente todo esto ha supuesto también costes, contradicciones e incluso desgarros que nos han obligado a dolorosas transformaciones en nuestro campo, en el mar, en nuestra industria y en los servicios, pero puede decirse que hasta ahora el resultado global ha sido altamente positivo.
Desde Maastricht, para bien y para mal, la UE es el espacio político y social de los problemas y de las soluciones. No hay otro. La actual crisis económica es un evidente ejemplo de ello. La UE es el barco que hemos de mantener a flote para no hundirnos y, para ello, hemos de ir más allá de Maastricht, es decir, hemos de ser más Europa y no volver a tirar por la borda una oportunidad como fue aquella de la Constitución Europea. Con ella, otro gallo nos cantaría hoy.
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