Los trabajadores de este país, querida Laila, han recibido dos hachazos como para desangrarse más pronto que tarde. Uno ha sido el llamado II Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva y el otro el anuncio, por parte del ministro de Justicia, de que los recursos en la jurisdicción laboral tendrán que pagarlos los recurrentes, para así disuadirlos de defenderse hasta el final. Ya sé, querida, que lo que se viene destacando es, por un lado, el tope de subida salarial en el 0,5%, con lo que se trata de esconder una rebaja del salario real con la inestimable colaboración de los sindicatos, dado que solo el IPC ha subido en 2011 un 2,4%, y por el otro, que se va al garete la gratuidad de la justicia para los trabajadores, aunque no solo para ellos, porque simple y llanamente se abre la espita del copago. Es natural que semejantes acuerdos y decisiones destaquen por el cruel sarcasmo que entrañan, sobre todo en estos momentos, y por el papelón que juegan los sindicatos, que pactan la rebaja salarial y, ante el copago de la Justicia, no saben y mucho menos contestan. Pero siendo esto destacable, amiga mía, lo más grave y peor de todo ello radica en que se está montando un tinglado que va a dejar a los asalariados, que son la mayoría de la sociedad, con muy reducidas posibilidades de, simplemente, defenderse y, desde luego, sin instrumento alguno que les sirva para mejorar sus condiciones de trabajo, su remuneración, su protección social y, en definitiva, su calidad de vida.
La quiebra sindical es evidente, encenagados como están los cuadros sindicales en su propia supervivencia corporativa, que asientan en una dependencia creciente del poder. Cada vez sirven más para dorar la píldora de imposiciones patronales o gubernamentales y menos para, siquiera, expresar las reivindicaciones colectivas, que deberían promover, defender e impulsar. Por este camino el porvenir de los sindicatos tampoco es halagüeño, porque muy pronto serán inservibles hasta como muñidores. Los trabajadores asalariados están quedando, pues, inermes colectivamente y además se están limitando también sus posibilidades de defensa individual, cuando se cometa injusticia o ilegalidad con ellos en el mundo laboral.
Mejorar nuestra vida con nuestro trabajo muy pronto dejará de ser un sueño realizable y una aspiración alcanzable, para convertirse en una quimera. ¿Cuánta gente puede pensar hoy ya que, en un plazo razonable, se incrementará su sueldo, ganará tiempo libre, podrá mejorar su calidad de vida o, en definitiva, podrá vivir sin angustias ni estrecheces? Es más, está llegando el momento en que estas aspiraciones estarán mal vistas y se considerarán impropias de la condición social de la mayoría e incluso insolidarias y pretenciosas, recuperándose así la vieja idea de que la pobreza o la prosperidad son estados del orden natural, solo alterables excepcionalmente por algunos individuos.
Recuerda, querida, lo que pasó con la crisis, que no se la quiso reconocer hasta que nos estalló en los morros. Pues algo así puede estar sucediendo con el proceso de descomposición social que ya asoma la oreja. Lo negaremos y tildaremos de cenizo y catastrofista al que lo anuncie, pero este problema, cuando nos estalle en la cara, lo hará con gran violencia, que primero nos parecerá social y delictiva, pero que al final no tendremos más remedio que reconocer como política, porque no hay violencia que no lo sea, al menos en su etiología.
Tengo la impresión, querida, de que este es el punto a donde conducen las políticas radicales, que se están aplicando al dictado del mercado salvaje, y sería muy saludable que gobernantes y testaferros reflexionasen.
Un beso.
Andrés