El gen de la dictadura

12.10.2015 | 00:31

Los símbolos nacionales de España y entre ellos su fiesta nacional despiertan escaso entusiasmo popular, cuando no el discreto rechazo de muchos ciudadanos. Es como si estuviesen negativamente connotados de forma indeleble por la dictadura y solo alcancen a representar o a conmover a una de las dos españas. Hay quien piensa que es un efecto secundario y muy dañino de haber superado la dictadura por la vía de la transición y no de la ruptura. De hecho la bandera es la misma que con Franco, solo que cambiando el escudo del aguilucho imperial por el considerado más bien monárquico; en el himno no hubo que cambiar nada porque afortunadamente para los constituyentes no tenía letra y así sigue; y en cuanto a la fiesta nacional se heredó la del doce de octubre que fue día de la Raza y de la hispanidad con Franco, Fiesta Nacional y Día de la Hispanidad tras la restauración democrática y Fiesta Nacional a secas a partir de 1987. Parece que no se ha conseguido eliminar el gen de la dictadura en nuestros símbolos patrios y por eso hay mucha gente que pega un respingo interno cuando percibe que alguien luce una pulserita con la bandera nacional, porque entiende que está ante un fachita o cuando menos frente a un nostálgico "da longa noite de pedra".

En cuanto a la fiesta de hoy, se ve como una celebración predominantemente militar, escasamente civil y en absoluto ciudadana o popular. Todo lo contrario a lo que sucede en muchos otros países, donde la fiesta nacional es fundamentalmente civil y ciudadana. Aquí, aunque tenemos un día específico de las fuerza armadas, también en la fiesta nacional el acto central es un desfile militar que junto con los actos políticos vip cubren prácticamente toda la celebración. La ciudadanía ni se entera y se limita a aprovechar un día festivo como cualquier otro.

Esto del general despego y desafecto por los símbolos nacionales habría que hacérselo mirar y tratarlo en las reformas constitucionales que se avecinan, pero puede muy bien suceder que nadie se atreva a proponerlo precisamente por lo que tiene de simbólico y, aunque parezca esto una contradicción, no lo es porque lo que no se quiere eliminar en realidad es lo que hay detrás: el gen de la dictadura.

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