Javier Reverte Escritor, presentará mañana en A Coruña 'Un verano chino'

"En China se une el imperio absoluto del dinero con la dictadura del comunismo"

"El chino de hoy en día ha olvidado su pasado, aprecia poco la familia, tiene poca tendencia a la amistad; la moral prácticamente no existe y el gran Dios es el dinero"

17.12.2015 | 01:09
El escritor Javier Reverte.

El escritor Javier Reverte estará mañana a las 20.00 horas en el salón del libro Abecedari@, en el mercado de San Agustín, en A Coruña, para presentar su último libro de viajes, Un verano chino.

-El subtítulo de su obra es Viaje a un país sin pasado. ¿Vio la China actual y no la histórica?

-Está arrasada. Primero por Occidente, en las guerras del Opio y la los Bóxers. El maoísmo intentó construir un hombre nuevo y acabó con la China tradicional. Quiso convertir de la noche a la mañana un país campesino en industrial y murieron de hambre entre 20 y 40 millones de personas.

-¿Cómo es el chino de hoy?

-Un hombre que ha olvidado su pasado y está preocupado sobre todo por el dinero, que es hoy en China el gran Dios. Y lo demás importa bastante poco. La moral prácticamente no existe, carecen de la educación más inmediata, como aguardar una cola. El chino de hoy aprecia poco a la familia, tiene poca tendencia a la amistad. Y tiende a aislarse de otras comunidades.

-Hay quien ha comparado al inmigrante chino con un colono, que viene a traer su cultura como los europeos a América.

-Pues sí, pero no a imponerla. En China no he visto una proyección imperialista. No es un país que tenga un espíritu de conquista; financieramente sí, pero de ocupación creo que no. Más bien es un país que pretende la riqueza. Se han juntado lo peor del comunismo, la dictadura política, y lo peor del capitalismo, el imperio absoluto del dinero por encima de otro valor.

-¿Hay racismo?

-Más que racismo, ignorancia. Y mucho orgullo de ser chino. Fue un país muy humillado por las potencias occidentales y por Japón. Les ha marcado mucho. Marca esa tendencia suya a decir: 'Nosotros no necesitamos de nadie, tenemos nuestro imperio'. A Mao le reconocen haberles devuelto el orgullo.

-¿Cuáles son las virtudes del pueblo chino de hoy?

-No he visto muchas, al menos que pudiera valorar. Quizás que es una sociedad muy dinámica. Pero no vi ningún valor que me llamase la atención y que quisiera imitar.

-¿Cuál es el papel del Partido?

-Es el dueño y señor de la vida china. Uno de sus dictados es hacerse rico cuanto antes. E incluso el propio Partido se corrompe muy a menudo. Al corrupto lo cesan o le mandan a la cárcel, pero, al contrario que en el estalinismo, no se fusila a nadie. Hay un respeto entre los líderes. Para seguir vivos (ríe).

-Pero esa sociedad que ve sin virtudes es muy competitiva.

-Tremendamente. Tienen mano de obra bastante barata, lo imitan todo muy bien. Empieza a haber una clase media muy numerosa, y muchísimos millonarios. Es el país con más millonarios, y les gusta alardear de ello. Aquí el dinero parece que avergüenza algo a su poseedor. Allí exhiben que son ricos.

-Un fenómeno parecido a los nuevos ricos rusos.

-Es muy parecido, pues sí. Son dos sociedades con muchas diferencias pero que se parecen bastante.

-¿Qué tal informado está el ciudadano chino medio?

-Mal, hay un control absoluto de los medios, y el que se desvía, a la cárcel. La pena de muerte se cobra cada año unos cuantos miles de vidas. Hay pequeños núcleos, y gente que se rebela, y ansia de libertades, pero todo está muy controlado.

-Se empieza a hablar de los pies de barrio del gigante chino, las cifras de crecimiento falseadas, la burbuja inmobiliaria...

-Más que burbuja, burbujón (ríe). Pasas por sitios con miles y miles de casas vacías, donde están construyendo una ciudad nueva porque en cinco años habrá allí un millón o dos de personas. Eso puede estallar, pero de momento no acaba de romperse, y si lo hace lo íbamos a pasar todos muy mal. Y es un país que no ha respetado en absoluto el medio ambiente. El aire huele a gasoil, a carbono, los ríos están llenos de porquería, los peces se mueren, y si existe alguno mejor no comérselo. Hay ríos en los que aconsejan no meter la mano, porque te puede dañar la piel.

-Ha viajado usted mucho. ¿A qué país le recuerda China?

-A ninguno. Japón y China son como Alemania y Kenia, no tienen nada que ver. Si acaso el sistema político se parece un poco al ruso, pero en Rusia, aunque siempre están trastocadas y más o menos fraudulentas, hay elecciones. Aquí ni siquiera; las elecciones son dentro del partido.

-¿Y las minorías, los tibetanos, los musulmanes?

-Están muy machacados. No les dejan desarrollar su cultura y de vez en cuando hay matanzas. Los chinos no entienden que los tibetanos no les guste ser chinos, se quedan perplejos. ¿Cómo no les puede gustar ser chinos, si China es lo mejor? Cada dos por tres se queman unos cuantos monjes tibetanos y cierran la frontera a los extranjeros.

-¿Qué se ve en las ciudades?

-Son gigantescas. Una ciudad pequeña son tres millones de habitantes. Y a los chinos no les importa demasiado la belleza. China es como una gran tienda de todo a cine. Es muy kitsch todo, falta el culto tradicional chino a la belleza. Me gustó un poco el casco viejo de Liyang, y la zona nueva de Shanghái es muy espectacular, pero los rascacielos no tienen la belleza y variedad de Nueva York. En África me es muy sencillo comunicarme, pero en China me sentía como un marciano.

-¿En China le parecía estar viendo e futuro de Occidente?

-Si nos atenemos a que las sociedades occidentales han virado a que lo importante sea el dinero, algo que hemos visto muy claramente en España con los últimos Gobiernos, si ese criterio se impone sobre todos los demás, China sí que es un espejo de nuestro futuro. Y es un espejo que a mí no me gusta: sin valores morales, sin libertad. Si ese es nuestro futuro, Dios nos libre, yo emigro, no sé a dónde. Tendría que ser a otro planeta (ríe).

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