Germinal regresa a A Coruña

El descreído inspector de policía vuelve a su ciudad tras la muerte de una niña en Málaga en 'La víspera de casi todo', novela con la que Víctor del Árbol ganó el premio Nadal 2016

08.03.2016 | 10:14
Parque escultórico de la Torre de Hércules, con el grupo de menhires del artista cambadés Manolo Paz.

El inspector Germinal Ibarra había llegado a la ciudad dos años antes de la aparición del cadáver de Amanda, una hermosa niña hija de una acaudalada y conocida familia. ¿Pero quién era Ibarra para llegar a despertar sospechas entre los abogados de aquel asesino y violador?

Ibarra era "un policía al que nadie conocía, un forastero que había llegado un par de años antes a Málaga obligado por un concurso de traslados; un gallego taciturno, poco hablador e introvertido que, por lo que decían las malas lenguas, bebía más de la cuenta".

Necesitaba huir de la escena del crimen e Ibarra, a pesar de aquella aterradora experiencia infantil, decidió volver a su terruño, a la ciudad de su niñez, A Coruña, donde transcurre buena parte de La víspera de casi todo (Destino), la novela con la que Víctor del Árbol (Barcelona, 1968), un antiguo mosso d' esquadra, ganó la última edición del Premio Nadal.

El desencantado inspector de policía de nombre anarquista llevaba tres años refugiado en el anonimato en A Coruña, a donde había pedido el traslado tras haber resuelto el caso de Amanda, cuando una noche es reclamado por una mujer que permanece ingresada en el hospital coruñés con graves contusiones. Es la madre de Amanda: "Ibarra casi prefiere ver a Eva así, ausente y silenciosa. No falta mucho para que llegue la jauría [periodistas y policías] y se la arrebate".

Germinal vive en A Coruña con su mujer, la paciente Carmela, que trata de tranquilizarse con la práctica del yoga, y el hijo de ambos, Samuel, que sufre una enfermedad genética.

"Han pasado casi cincuenta años y el inspector escruta la noche de La Coruña convencido de que aquel crío aterrado se esconde todavía en alguna parte. Se pregunta si alguna vez alguien -o él mismo, incluso- entendió al niño que fue. A veces sueña que el tiempo se detiene y vuelve atrás, mientras el viejo voltea al niño con los pantalones bajados, sujetándole el cuello con la mano libre. Sueña que se acerca un momento antes de que las nalgas del niño se abran, antes de aquel grito ahogado retumbe en sus oídos. Sueña que huye justo antes de que desaparezca su niñez".

Recuerda a su padre, un "rojo" al que la cárcel franquista lo trastornó. Y "recuerda especialmente uno de aquellos domingos, el que se esfuerza en olvidar con mayor ahínco. El mismo domingo que vuelve una y otra vez", cuando tenía diez años e iba a verlo, obligado.

Son las dos de la madrugada del viernes, 20 de agosto de 2010, y al inspector las imágenes del pasado le agolpan mientras recorre la ciudad de su infancia y "el ruido del tráfico llega en ráfagas distantes hasta el hospital".

"Germinal Ibarra contempla la alineación perfecta de las farolas y debe vencer la tentación de dejarse guiar por ellas y perderse, por qué no, por las calles estrechamente rectas de la ciudad. Esas calles dispuestas como si tuvieran una intención y fueran caminos que llevan o vienen de alguna parte. Poco a poco, su mirada se dirige hacia el cielo, quién sabe si para buscar esas lágrimas de San Lorenzo que deberían surcarlo o para hundirse en su propio pasado".

"No muy lejos de allí, y, sin embargo, a una distancia que le parece infinita, se decidió la infancia del inspector. Hace ya más de medio siglo, cuando esta ciudad era otra. Y él, a pesar de todo, era un niño feliz. Menos los domingos" aquellos en los que iba al manicomio.

La víspera de casi todo habla de la fatalidad, la resaca del pasado y del intento de rectificar el camino tomado, a través de dos historias, la de Germinal y la de una misteriosa mujer, Paola, que se instala en la Costa da Morte en casa de la sensible y torturada Dolores. Paola, tras recoger un día en el aeropuerto de Alvedro a Mauricio, el anciano le pide que le lleve a dar un paseo por la ciudad, que guarda un enigma.

-¿A dónde vamos?

-Por el paseo marítimo.

"A lo lejos se alzaba la torre de Hércules. Aparcaron a la entrada del parque escultórico. Una quincena de esculturas de hierro y de piedra se dispersaban alrededor de una vasta pradera hasta la Punta Herminia."

-Podemos pasear un poco hasta la escultura de Breogán; era el caudillo celta que guardaba el acceso a la torre.

"Un poco más arriba había un promontorio desde el que se veía la entrada de la ría y la costa de Dexo frente a la península. Apenas se divisaban algunos paseantes con sus perros o haciendo footing por los senderos marcados. El viento batía con fuerza rizando la hierba y los árboles recién plantados, todavía frágiles para resistir como lo hacían los menhires de Manolo Paz o las puertas de la Casa de las Palabras. Había algo enervante en aquellas figuras abstractas; una especie de callada virtud de temperamento romántico. Eran como gigantes petrificados en sus tumbas épicas, Héroes de una raza que los hombres no habían conocido". Siguen caminando hasta la Guitarra picassiana.

-Mira en la base. Hay una pequeña placa de patrocinio.

Paola descubrió así el enigma.

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