Un alabar a Dios

26.06.2017 | 00:38

Hubo un tiempo en que la sensación general era que la jerarquía católica hablaba más de, y condenaba más, la masturbación que la corrupción. Los pecados del sexo eran obsesión central de los orientadores morales católicos y, quizá por su influencia, también de muchos orientadores morales en general. Ahora parece que el papa Francisco quiere cambiar las cosas y, luego de señalar que él no es quién para juzgar a los homosexuales, parece decidirse a excomulgar a los corruptos, lo cual es muy significativo, dado que la excomunión no es moco de pavo. El giro parece radical, porque lo cierto es que con la masturbación pecabas mortalmente e incluso podías quedarte ciego, pero no te excomulgaban, que es arrojarte a "las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de dientes". Seguramente los corruptos de nuestro país, en su mayoría católicos y fervorosos practicantes, estarán de los nervios y vivirán una terrible angustia a la espera de que se implemente este riguroso anuncio papal, lo que irá para largo dada su complejidad.

Primero tendrá el Papa que decidir qué clase de excomunión se aplica: la "automática" ( latae sententiae), que se produce de inmediato en el mismo momento de cometer el pecado (y tú lo sabes) o la "judicializada" ( ferendae sentenciae) que precisa del fallo judicial de un obispo o del mismo Papa. Imaginen a la mayoría de los Púnica, Lezo o Gürtel pasando, además de por la Audiencia Nacional, por tribunales eclesiásticos en los obispados. La cosa será emocionante. Las vistas se celebrarán en las catedrales con el adecuado boato y gozaremos, otra vez, de aquellos Autos de Fe que tanto lustre dieron a nuestra historia patria.

Las redes defraudadoras fiscales, de apropiaciones indebidas, de financiaciones ilegales, de cohechos, de informaciones privilegiadas y de organizaciones para delinquir están en estos momentos acojonadas y seguramente buscan ya fórmulas para devolver al erario público todo lo robado, con el objetivo de esgrimir ante los duros tribunales episcopales su contrición perfecta, su penitencia cumplida y su irreductible propósito de la enmienda y así verse libres del "llanto y crujir de dientes". Esto es un alabar a Dios.

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