"Ahora ya huelo demasiado a humano"

Marcos Rodríguez, que vivió desde los 6 a los 17 años entre lobos, se dedica ahora a fomentar en los niños el amor por la naturaleza - A sus 72 años, es un vecino más de la aldea ourensana en la que reside

15.02.2018 | 17:00
Marcos Rodríguez, en su casa en una aldea de Ourense.

–¡Tiene cojones que, a los veinte años, yo no supiera que había que pagar dinero para poder comer! ¡Totalmente!
Cuando Marcos Rodríguez Pantoja (Córdoba, 1946) rebobina su vida, reconoce que en ella hubo etapas felices y otras desgraciadas: entre las primeras figuran su infancia como niño cabrero y la década larga de acogida entre una familia de lobos. También puede incluir esta última que vive ahora, en una aldea ourensana de San Cibrao das Viñas en la que reside, y a la que llegó hace veinte años gracias "a un amigo mío, que era policía, y al que conocí en Andalucía: me propuso venirme a Galicia y le dije ¡Pues si hay que ir se va! Y aquí estoy. Aún Recuerdo que, de aquella, hace cosa de veinte años, Galicia me sonaba como el extranjero, por eso me decía: ¡manda carajo, resulta que me he tenido que ir de España! A un sitio donde (según había oído) nunca salía el sol!".

En esa altura, Marcos no lo estaba pasando bien: "Fue bastante antes de rodar la película Entrelobos. De repente, me vi entre humanos, descubriendo como eran las personas y ¿sabes? me dieron tantos palos... sentía que la mayoría de la gente me trataba como si fuese un loco o un tonto y se aprovechaba de mi ingenuidad. Había incluso quienes me echaban en cara que me estaba inventando todas las historias que contaba de mi vida con los lobos. Y, a veces, me encargaban algún trabajillo y después no me lo pagaban. Si te soy sincero, empecé a pensar que no todas las personas eran malas, que también las había buenas, aquí en esta aldea."

Tenía seis años de edad cuando falleció el viejo pastor con el que convivía en las montañas de Sierra Morena: "Como allí no había nadie, y yo no sabía cómo hacer para enterrar su cuerpo, se comieron su cadáver los buitres", así que antes de que a él le ocurriese lo mismo, decidió, literalmente, echarse al monte. A los pocos días, medio congelado y hambriento, dio con una camada de lobeznos: "Como vi que no me hacían nada, me uní a ellos, y en esto que, al poco tiempo, llegó la madre a repartir la comida entre sus crías. No pude resistir la tentación y le robé un cacho de carne a uno de los cachorros y de repente ¡zas! la madre me lo quitó de la boca, gruñéndome y apartándome con la pata...Yo creí que iba a matarme allí mismo, pero no. Al rato, cogió otro trozo de carne y me lo dio a mí. Después, me lamió, se restregó contra mi cuerpo para darme calor y cariño, y yo la abracé y me acurruqué con ella: me di cuenta de que era su manera de decirme que me aceptaban en la familia. Hoy en día, esa es la única mamá que reconozco haber tenido y, aquellos años, los más bonitos de mi vida, totalmente".

Esa madre ya no vive, pero Marcos venera su imagen en una foto que fue tomada durante el rodaje de la película. También murió el policía que le trajo a Galicia, "aquel hombre que se portó como un padre y como un hermano conmigo" aunque, por suerte, hace cinco años otro vecino de la aldea, Pepe O Cañón, le ofreció una casa suya, que es la que actualmente habita: "Le hice yo mismo los arreglos, pero, carajo, en invierno aquí paso un frío tremendo. Será cosa de la humedad, pero yo tengo más frío en Galicia que el que pasé en las montañas de Sierra Nevada, cuando era lobo y andaba desnudo cazando con mis compañeros. Bueno, algo de lobo sí que me queda, ja, ja! Pero después de tantos años, si me acerco a uno de ellos, no sé si me aceptaría: ya huelo demasiado a humano, me he puesto muchas ropas, me lavo con jabón, y eso es algo que a ellos les echa para atrás. Yo puedo aullarles y ellos me entienden, pero lo más seguro es que ya ni se acerquen, por miedo más que nada, que conste: por miedo a los humanos".

Todavía hoy cree Marcos que fue el olor lo que hizo que aquella mamá loba decidiese adoptarlo: "Es que el olfato es el principal sentido de los lobos, y yo, como ya llevaba unos días en el monte, olía a matojos, a tierra, a barro, a hierba... o sea, que olía igual que ellos, entonces ya podían tenerme confianza".

A los 17 años, el niño-lobo fue "cazado" por los humanos o, como a él le gusta decir, "me engancharon". El rosario de peripecias que tuvo que padecer a partir de ese momento da para un libro (de hecho, ya se han escrito varios). Todas las experiencias de un joven normal, contadas por él, suenan a surrealistas, desde el primer corte de pelo ("creí que el barbero iba a acuchillarme allí mismo con la hoja de afeitar") a los primeros zapatos ("no era capaz de dar ni un paso") pasando por sus primeras camisas pantalones y jerseys "que tanto me molestaban", la comida caliente, la Primera Comunión ("se me pegó la oblea y casi me ahogo atragantado"), los meses en un convento de monjas de Madrid "donde aprendí a dejar de morderle a todo y me hablaron de la existencia de un Dios que estaba en todas partes sin que yo lo hubiera visto nunca" y aquel fatídico día en que lo convocaron para que cumpliese el obligatorio servicio militar: "¿Te imaginas a un niño-lobo con un cetme? Pues ese era yo. Por suerte para mí, apenas un par de meses de haber llegado, me hizo llamar un coronel a su despacho y, en vista de lo visto, me dijo: ¡Márchese, váyase, que un tipo como usted no pinta nada en un sitio como éste!".

El encuentro con Marcos Rodríguez ha sido posible gracias a la mediación de la asociación de Amigos das Árbores da Limia, quienes le han organizado varias charlas, sobre todo dedicadas a los niños. Esta tarea se ha convertido en su "nuevo trabajo": "Yo, a los chavales —cuenta Marcos— lo que trato es de que sean respetuosos con la naturaleza y, sobre todo, con los animales, porque gracias a ellos estoy vivo. Pero, totalmente, a veces me vienen con cada pregunta que me pone en apuros. Fíjate que hubo un crío que hasta me preguntó que cómo me relacionaba yo con las hembras lobas, ja, ja! Eso solo te lo explico si me traes a tú padre, le contesté al muy cabroncete".

A la entrada de la casa de Marcos, hay una piedra blanca esculpida con una cara de lobo. Es su bienvenida a los visitantes, que por cierto son muchos, cientos de personas que, las más de las ocasiones, lo único que quieren es poder charlar un rato con él. "Es que a mí —dice— como al lobo, no se me debe buscar. A mí se me encuentra... ¡pero yo recibo a todo el mundo, totalmente!".

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