La ciudad del chicle 

Los pegajosos vecinos

Las calles coruñesas acumulan una media de seis pegotes de chicle por metro cuadrado, que tardan unos cinco años en degradarse y son prácticamente imposibles de limpiar del enlosado

 
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Comprobado. Se puede ir de punta a punta de la plaza de María Pita, recorrer la calle Franja, atravesar la calle Real y llegar hasta el final del Cantón Grande jugando a pisar los pegotes de chicle, como quien juega a no pisar las rayas de las aceras. El suelo de la ciudad tiene su propia decoración 'lolailo': lunares blancos o negros que se cuentan por miles. Sólo en la calle Real son unos nueve mil, según Medio Ambiente. Y eso que la normativa municipal fija multas de hasta 750 euros para los que no quieren usar las papeleras

ANA RODRÍGUEZ | A CORUÑA Hace un par de años, un grupo de arqueólogos halló en un yacimiento de Finlandia un chicle de más de cinco mil años de antigüedad. Hecho de resina de corteza de abedul, tenía hasta marcas de dientes. El que lo usó, lo tiró al suelo hasta que fue recuperado por los científicos. Bien, pues cinco milenios después, los coruñeses, tradicionales ellos, se empeñan en conservar la guarra costumbre del ancestro neolítico. En la ciudad hay pegados una media de seis chicles por metro cuadrado. Sólo en la calle Real, la Concejalía de Medio Ambiente calcula que son unos nueve mil los pegotes que decoran el enlosado. Y aunque las gomas de mascar se degradan en unos cinco años y el Ayuntamiento tiene máquinas especiales para deshacerse de ellos, se reproducen a mucha más velocidad que su retirada.

El peatón puede recorrer la plaza de María Pita, la calle Franja, la calle Barcelona o la calle Real, entre otras vías, jugando a saltar de emplasto en emplasto de forma continuada. Además, los residuos de la gominola se hacen notar. En la plaza del Ayuntamiento, con enlosado claro, son negros como el hambre. En el empedrado de la Franja, con losas negras y decoración de otros colores, destaca un conjunto blanquinegro dibujado con mucha y contemporánea libertad creativa.

El campo de minas es seguro, porque la mayoría tienen la suficiente antigüedad como para estar enquistados y formar parte de las aceras coruñesas. Encontrarse con uno de los fresquitos, que puede adherirse a la suela de un zapato infeliz, es un malhadado momento puntual, comparable al misil de una gaviota o al recuerdo de un perro sin dueño o con dueño irresponsable. Hay ciudades incluso más cochambrosas que A Coruña, que tiene pegados una media de seis chicles por metro cuadrado. En Barcelona y Murcia son una veintena por cada metro cuadrado y en las vías públicas de la capital de México se han llegado a contar hasta ocho decenas de masticables en la misma superficie.

Aún así, el Concello coruñés, después de probar varios métodos y gastarse hasta cinco mil euros al mes en retirar las gomas de mascar del suelo, ha incorporado a su flota de limpieza unas máquinas especiales. Los aparatos valen tanto para un roto como para un descosido. Además de arrancar gomas de mascar escupidas o depositadas en el suelo con disimulo, se emplean para limpiar grafitis y cristales. Según relatan técnicos del servicio de limpieza, funcionan con vapor de agua a presión, que consiguen ablandar los pegotes, con una potencia algo mayor que la de un grifo normal.

Máquinas como estas, de patente estadounidense, fueron alquiladas hace dos años. El sistema gustó, aunque el alquiler costaba uno 450 euros diarios. Pueden arrancar unos cuatro mil chicles por jornada y fueron presentadas a principios de año en la plaza de María Pita con otras novedades en los equipamientos de la concesionaria municipal de limpieza, Cespa, que se lleva 8,6 millones de euros por el contrato de diez años.

Aún así, la concentración geográfica de gomas de mascar en las calles coruñesas es impresionante, sobre todo, por donde se prodiga la Coruña más paseante: calles peatonales de la Pescadería o la Ciudad Vieja, Ángel Senra en Os Mallos o la calle Barcelona. En la calle Franja, casi dos centenares de pegajosos topos sitian una puerta de metro y medio de largo, perteneciente a un pequeño negocio hostelero.

Uno de los casos más sangrantes es el de la calle Real. El C.S.I. y Grissom pondrían a prueba su consabida paciencia con los cientos de restos de ADN que podrían extraer de los nueve millares de babados desperdicios que hay en unos 1.500 metros cuadrados. Incluso algunos han decidido estampar la goma de mascar a las paredes, justo al lado de una conocida tienda de chucherías.

O hacen sitio para comprar más o les da vergüenza que les vean mascar productos de otra tienda o simplemente no tienen sentido de la higiene. Sea por lo que sea, ignoran que la normativa municipal estipula multas de hasta 750 euros para cualquiera que deposite residuos fuera de las papeleras dispuestas por el Ayuntamiento en la vía pública coruñesa.

La Ordenanza de Gestión de Residuos Municipales y Limpieza Viaria prohíbe, en su artí- culo 70, "arrojar a la vía pública cáscaras, papeles, chicles, cigarrillos, envoltorios o cualquier otro desperdicio". La misma norma estipula como infracción escupir u orinar en las calles de la ciudad.

A la vista de los resultados, la ley es el pito del sereno. Infringir uno de estos preceptos conlleva una sanción de tipo leve, que puede alcanzar los 750 euros, según se observa en el capítulo de multas de la misma ordenanza. Sobran cinco dedos de una mano para contar los penados por arrojar un chicle o una colilla al pavimento.

Aunque a algunos les provocará de todo menos compasión, hay otras grandes perjudicadas por el depósito de masticables en la vía pública, las gaviotas, a las que puede causarles asfixia. Recuerda a aquel consejo-leyenda de aplicadas madres: "No te comas el chicle, Nicolasito, que se te pega a las tripas y te puedes morir".

Los nicolasitos y nicolasitas, infantes coruñeses aficionados a las chuches, son los únicos que todavía apuestan por las gomas de mascar con azúcar. En las tiendas del centro explican que lo que está de moda es el sin y que sólo los niños conservan el gusto por el chicle más dulce y de color más radioactivo. Entre los adultos, arrasan los nuevos sabores y, además, los nuevos diseños de cajas. Dependientas relatan que hay un revival noventero con los masticables presentados en forma de tableta plana y larga.

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