GEMMA MALVIDO | A CORUÑA
Creen que la historia que escucharon de sus labios es cierta, la única cierta, que aquel hombre que les visitó hace más de medio siglo era uno de los pilotos que sobrevoló Hiroshima y que vio cómo el vientre del Enola Gay se abría para verter muerte y destrucción en la ciudad cuando se daban los primeros pasos para la conclusión de la II Guerra Mundial.
José Collazo, Pepe El Rana, como le conocen en el barrio de Cuatro Caminos, se acuerda casi perfectamente de aquella visita. El verano llegaba a su fin, estaba en el colegio de los Maristas porque, al igual que algunos de sus compañeros, había suspendido una asignatura -quizás más- y, desde las ventanas, los niños le veían caminar por el patio, vestido de aviador, con su gorra militar y con un cierto aire de búsqueda.
Cuando los menos aplicados del centro consiguieron charlar con él abrieron una caja -la de la tortura de sus sentimientos y recuerdos- y les contó que había sido él, sin quererlo, quien había envenenado Hiroshima con la bomba atómica, que se había arrepentido, que quería dejar atrás ese pasado de casas ardiendo y de muerte en las esquinas que le pesaba como un pecado y que había decidido ingresar en la orden trapense, donde hablar está considerado un acto innecesario.
En el colegio coruñés de los Maristas, los que más tiempo llevan en el centro le recuerdan, aunque nunca llegaron a creerse mucho esa historia del piloto arrepentido por el mal que había causado, aun cuando sabían que no había sido su elección el sembrar con la bomba atómica la muerte en Hiroshima.
De lo que hizo después de visitar el colegio coruñés poco se sabe; en Madrid, los ancianos de la Congregación del Sagrado Corazón de María le guardan en su memoria como un recuerdo fugaz. No estuvo demasiado tiempo con ellos, aunque sí el suficiente para proclamar su arrepentimiento y sus esperanzas de redimir el error que le perseguía día tras día.
Para Collazo, ese ir y venir, ese no quedarse durante mucho tiempo en un sitio ni siquiera en un colegio religioso sólo podía responder a una razón: una huida. La hipótesis se la confirmó el aviador a los chavales cuando decidió contarles la historia de su vida y el motivo por el que había decidido ordenarse.
"Él no sabía qué llevaba, bueno, sabía que era una bomba que tenía que tirar en una isla porque estaba combatiendo en la guerra, pero no los daños que causaría; le mandaron cambiar el rumbo y, después, alguien tocó un botón y cayó la bomba", recuerda Collazo, pensando en la fotografía, en la que el piloto luce su gorra de militar y donde el padre Nicolás está erguido, a su lado. En la revista que, en la década de los cincuenta, editaba el colegio de los Maristas, MAS, este piloto que, además alimentaba su leyenda con afirmaciones que le emparentaban con el actor mexicano Mario Moreno, conocido como Cantinflas, dejó una foto y una dedicatoria para su publicación con sabor a inminente despedida.
Entre las efemérides del centro se recoge que el día 12 de septiembre llegó "por breves días" Enrique Bernal García-Moreno y se le describe como un "aviador mexicano que, tras algunos años de guerra, buscó la paz en una orden religiosa" y que "pronto llegará al sacerdocio".
A los entonces niños, les contó, con su acento latino y alguna palabra inglesa que se le escurría entre los dientes, que A Coruña era la última estación de su itinerario que pronto, muy pronto, dejaría de viajar, bajaría de ese cielo que tantas veces había surcado y que perseguiría entre las paredes de un monasterio la tranquilidad que no encontraba en la libertad del aire.
Pepe coge la foto del bolsillo y le señala en la instantánea y le recuerda y sabe que su historia, aunque no lo parezca, tiene teorías que la avalan -sobre todo en internet- y repite una y otra vez que es cierta y que, si no se sabe más sobre ese piloto es porque algún secreto se cierne sobre su historia, aunque también hay testimonios, en libros y documentales, que reducen este recuerdo a una simple anécdota, a una visita quizá de un religioso con delirios de grandeza o con exceso de imaginación.
Circula la leyenda de que Paul Tibbets, el piloto que sale en todos los libros de Historia como el que estaba al mando del Enola Gay, el avión que soltó la bomba atómica en Hiroshima -o en su defecto algún miembro de su tripulación- se horrorizó tanto al ver qué había hecho que buscó consuelo en la religión y que, hasta el final de sus días, estuvo en el monasterio Nuestra Señora de los Ángeles, en la localidad bonaerense de Azul.
Los tripulantes de aquel avión que siguen vivos se han cansado de contradecir esa versión, de negar que el arrepentimiento hubiese inundado sus días y hasta la página web del monasterio argentino desmiente la presencia de Tibbets, incluso del copiloto de aquel B-29, Robert Lewis, en sus instalaciones y apunta a que, quizá, en algún momento, el tripulante vio cómo la convicción en lo que había hecho flaqueaba y que un monje trapense le había recetado un periodo de retiro en un monasterio de su orden y que ahí se termina toda la relación entre Hiroshima, la bomba atómica y los trapenses.
Nadie se atribuye la historia, sólo el piloto Bernal García Moreno optó por la vida religiosa tras haber estado en la guerra, aunque cuentan las biografías de los que se sentaron en el Enola Gay, que Robert Lewis -a quien se le atribuye la frase: "Dios mío, pero ¿qué hemos hecho?" al ver cómo cuarenta segundos después de soltar la pesada losa del B-29 Hiroshima se desintegraba- volvió a la vida militar pero afectado por un fanatismo religioso.
Está ahí, ha pasado más de medio siglo y, los que le conocieron, todavía le recuerdan; algunos con la firme convicción de que su historia y su temor a ser descubierto y juzgado por crímenes de guerra o algo peor era cierto; otros, mayores y menos impresionables, decidieron aparcarle, guardar la instantánea de su presencia y no recordarle más que cuando el pasado lo requiere. En la memoria de uno de los padres Maristas que más años ha pasado en la ciudad, Bernal García-Moreno es una anécdota que se contaban los que, ya en los años cincuenta eran mayores, y jura no haberle conocido, aunque sí recuerda escucharle nombrar en las conversaciones de sus hermanos.