GEMMA MALVIDO | A CORUÑA
La lluvia les negó que vieran cómo 3.000 escolares se daban la mano y hacían una cadena humana para recordarles que estaban ahí, en contra de los malos tratos, en contra de cualquier forma de violencia. Pero dejó que las víctimas de los golpes, de los insultos arrojados como espadas por cuestiones de género viesen que, aunque fuesen de cartón, cientos de ciudadanos pensaban en letras mayúsculas y en bocadillos violetas, que querían habitar un pedazo de tierra en la que hombres y mujeres fuesen iguales.
"Soy masculino, pero no machista", reivindicaba un muñeco de cartón en la calle Real, como una palmada en la espalda a los que entienden que querer no significa imponer ni gritar ni perder lo que cada uno es para que la pareja lo invada todo.
En casi todos los rincones de la comarca hubo ayer un lugar para el recuerdo de las mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas; una razón para rebelarse contra la educación sexista en forma de poesía -como la que acogió Bergondo-, de cartel, de grito o de zapatos acumulados en el Obelisco para escenificar el desprecio de ver cómo alguien muere porque otro alguien ha decidido que, si no con él, la vida de su pareja no puede ser compartida con nadie. Bajo el lema Derechos que son deberes fueron centenares las personas que participaron en los actos contra la violencia de género con discurso reivindicativo del Ayuntamiento incluido.
Cinco paradas fueron las que los integrantes de la manifestación organizada por el colectivo Marcha Mundial das Mulleres hicieron en su protesta de ayer: cinco paradas en cinco edificios emblemáticos y céntricos de la ciudad para pedir que se ponga en marcha toda la maquinaria social para cortar las raíces sobre las que se asienta la violencia. Y cinco paradas para recordar a las cinco mujeres que, este año, fueron asesinadas en Galicia.
La salida desde la plaza de Pontevedra -donde tiene su sede el Eusebio da Guarda, pero donde muchos universitarios suben al autobús para ir a sus clases- significó el no olvidar que la educación es responsabilidad de los centros escolares, pero también de las familias, de los grupos de amigos que no deben tolerar las desigualdades y de las personas que, sin conocerse, se cruzan cada día en las calles y que tienen la obligación de intentar cortar cualquier brote de violencia para que días como el de ayer no tengan más que un sentido histórico en el calendario.
Una parada en el Palacio de Justicia, para pedir que las leyes se pongan de parte de las víctimas, para que, quien quiera huir del infierno de los gritos pueda hacerlo independientemente de los recursos que tenga, de la economía o de las personas que haya a su cargo; otra parada en la plaza de Ourense para llamar la atención de los medios de comunicación, para que las muertes no se traten como "espectáculo mediático", sino como una lacra social que es preciso eliminar.
Una parada como un momento de reflexión también ante la estatua de Concepción Arenal, en los jardines de Méndez Núñez, para recordar a las mujeres que salieron adelante, a las que abogaron por la educación como requisito indispensable para un mundo mejor, para reivindicar la igualdad, para no olvidar y para encontrar refugio en la cultura.
El final de la manifestación se cambió ayer de sitio, aunque estaba previsto que se realizase en el Obelisco, la Marcha Mundial das Mulleres decidió que, con unos pasos más se conseguiría un efecto mayor y terminó sus cinco paradas en la sede de la Subdelegación del Gobierno porque, a pesar de que el Obelisco ofrecía la visión social y económica de la reivindicación, un edificio político obligaba a pensar, a pedir cambios, a reclamar a los votantes que, sus elegidos hagan todo lo posible por erradicar la violencia del día a día y por impedir que las generaciones venideras sean testigos de una barbarie que se ha heredado desde tiempos inmemoriales.
"Exijo vivir sin violencia de género", gritaban las letras de la mujer bajo la que se colocaron ayer decenas de zapatos.