ANA RODRÍGUEZ | A CORUÑA
¿Dónde están las huellas de Luis Seoane en la ciudad? ¿Mimadas en una jaula de oro? ¿En el hermoso edificio que custodia y que divulga su legado? No sólo. Escondido en un rincón de la calle de la Torre está el niño que llegó con sus padres de Buenos Aires. En la plaza de Santa Catalina hay un mozo que va a rondar a la mujer que lo acompañará toda su vida. Los Cantones conservan el eco de las apasionadas tertulias de preguerra del café Galicia, el mismo lugar donde le alertaron de que los paseadores andaban tras él. Y el faro de Hércules. Pensado, extrañado y dibujado faro en el forzoso exilio. Oteado desde su alta vivienda de paseo de Ronda donde residió y creó los últimos años de su vida. Cien años han pasado desde su nacimiento y la urbe se prepara para la celebración de la efeméride.
Francisco Fernández del Riego escribe sobre el paso de la ciudad por la vida del galeguista: "A Coruña fue uno de los primeros escenarios de la infancia de Luis Seoane. También el de las actividades profesionales en el breve ejercicio de la abogacía. Al final, el de los últimos años de su existencia. Disfrutó en la ciudad de vivencias felices, llenas de proyectos. Sufrió también en ella dramáticas experiencias. La A Coruña que vivió y sintió, con su entorno marinero, venía a ser como un rompeolas hacia el océano...".
El artista vio por primera vez las ondas de A Marola a los seis años, en 1916, cuando su padre, emigrante en el Buenos Aires natal de Seoane, cumplió su deseo de volver a su tierra, la tierra prometida que nunca olvidó y cuyo amor y mítica imagen heredó para siempre su hijo. Instalados ya en la calle de la Torre, azotada por un viento temperamental y muchísimo menos poblada que en la actualidad, el pequeño niño comenzaba su formación en la Academia don Enrique, ubicada en la estrecha de San Andrés.
"Hasta 1920, año en el que se traslada a Santiago, el niño vive en la ciudad del faro de Hércules, y es aquí, entre el mar bravo del Orzán y la bonanza de la ría, donde se reencuentra con la Galicia imaginada en Buenos Aires", recuerda en Luis Seoane. A forxa da modernidade Xosé Díaz, que conoció al polígrafo coruñés con tan solo once años en la casa de su padre, Isaac Díaz Pardo, en O Castro (Sada).
Para Díaz, sus primeros cuatro años coruñeses fueron también de gran importancia en su formación y en su manera peculiar de entender Galicia. Contribuyeron a ello el ambiente cosmopolita de la ciudad en aquel tiempo, sus largos paseos orillamar, personajes, arquitectura y, "por encima de todo", la Torre. "Y el niño se identificó con el faro, con la luz, y decidió ser iluminador, o sea pintor". En A Coruña encaminó "su futuro y su papel en la vida", analiza Xosé Díaz, que cree que Seoane reconoció la importancia de la urbe en su periplo personal y profesional al publicar una de sus obras más importantes, Homenaje a la Torre de Hércules, en 1944.
Después llegó Santiago, adonde se trasladó con su familia, fue bachiller y finalizó, con más vocación paterna que propia, su licenciatura en Derecho. Compostela es, sobre todo, el despegue de su intensa y poliédrica actividad artística, política, editorial... , cuyo motor y sustento era siempre Galicia.
Desde allí se escapaba a A Coruña a ver a su prima y novia, María Elvira Fernández López, Maruxa, compañera inseparable desde que Luis Seoane se le declaró con un verso escrito en un papel. Él tenía 17 y ella, 15. Desde Santiago Luis se desplazaba a A Coruña y se instalaba en casa de su tía en la plaza de Santa Catalina, justo en frente de donde vivía su enamorada. Formalizaron finalmente la relación cuando el artista regresó a la ciudad de su infancia para ejercer de abogado en 1934.
En A Coruña se instala un hombre "plenamente formado a nivel humano, artístico y político", describe Xosé Díaz en A forxa da modernidade, que ahonda en la figura artística pero, sobre todo, humana del protagonista del centenario que se celebra este año. Seoane empieza a ejercer en el número 13 de la calle Payo Gómez, justo frente a donde residió el niño y preadolescente Picasso, a quien conocería décadas más tarde en París y quien le hablaría, comenta Díaz, de las primeras experiencias artísticas en sus años coruñeses. Poco tiempo después, el abogado acabaría fundando uno de los primeros despachos laboralistas de Galicia en Sánchez Bregua.
Lo que sesgó el golpe
Continuó el artista la intensa y apasionada intensidad que despegó en Santiago. Era tiempo de tertulias. Sobre todo, en el café Galicia, lo que hoy es la Fundación Barrié, donde se reunía, entre otros, con Antón Villar Ponte, el arquitecto Rey Pedreira, Fernando Moratinos y Luis Huici. Este último, mitad sastre, mitad pintor, cedía también su taller, ubicado en el lugar donde se levantó el Banco Pastor, para sus productivos encuentros, en los que prepararon, por ejemplo, la primera exposición de Picasso en la ciudad, truncada, como tantas otras cosas, con el golpe militar.
Los de Huici y Francisco de Miguel fueron los dos principales asesinatos de artistas coruñeses que ocurrieron en los días posteriores a aquel 18 de julio de 1936. Luis Seoane también estaba en el punto de mira. La ilusión por una Galicia que dirigiera su destino le llevó a implicarse sin reservas en la campaña del Estatuto. Los carteles de propaganda se hicieron, en su mayoría, en Santiago, en el taller de Camilo Díaz Baliño. Sólo uno salió de A Coruña y empapeló sus calles: el gran pulpo del caciquismo y el centralismo del que Galicia tenía que liberarse que diseñó Luis Seoane.
Salían Maruxa y Seoane de ver una obra de teatro en Rosalía de Castro el mismo día del golpe cuando llegaron las primeras malas noticias. Seoane no quiso quedarse en casa y participó en la reunión convocada en el Gobierno Civil, ubicado también en aquel momento en el auditorio de Riego de Agua. Acudió días después al café Galicia, donde Carlos Martínez Barbeito le advirtió de que lo buscaban. Su suerte pudo haber sido igual a la de Huici o el pintor Francisco de Miguel, al que le cortaron las manos antes de matarlo.
Fue su madre la que impidió a Seoane salir de casa y lo convenció de que huyera. Se escondió en Montrove (Oleiros), en la casa de un familiar. Xosé Díaz cuenta cómo una noche oye disparos. Con el amanecer, el artista descubre el cadáver de un hombre tiroteado con las manos atadas a un árbol. No le queda más remedio que huir. El intelectual, que conservaba la nacionalidad argentina, regresa al Buenos Aires de su infancia acompañado de su hermano Rafael. Maruxa se reúne con él poco tiempo después.
No volverían a Galicia hasta 1949, sólo de paso en Vigo en un recorrido por Europa. No volvería a A Coruña hasta 1960 y no se instalaría en ella hasta la última década de su vida. El exilio no pudo derrotar al artista, que decidió no traicionar nunca a Galicia y no renunciar a su activismo político y artístico. Nunca se olvidó de su tierra y, en sus fructíferos años bonaerenses (fundación de editoriales, publicaciones, pintura, literatura, exposiciones a uno y otro lado del charco) no se olvidó de una A Coruña que dejó atrás.
La Torre y el mar
"Él tenía una gran fijación, una gran obsesión con la Torre", relata Díaz, patrono de la Fundación Seoane. También con su entorno y la playa de San Amaro. Así nace Homenaje a la Torre de Hércules en 1944, "pieza fundamental del arte gallego actual" seleccionado por el American Institute of Graphic Artes y la Pierpont Morgan Library, de Nueva York, como uno de los diez mejores libros de dibujo publicados en todo el mundo en la década. Entre los seleccionados, la Historia Natural de Buffon ilustrada por otro pintor de infancia coruñesa, Picasso.
De forma progresiva y por temporadas cada vez más prolongadas, Luis Seoane irá regresando a su tierra, en un viaje continuo de ida y vuelta que no cesó en sus 69 años de vida. Así lo definía su gran amigo Lorenzo Varela: "Una doble nostalgia, una doble esperanza, una doble condición humana digna su destino. La Galicia celta y la argentina criolla le llaman por turno -o a un mismo tiempo-; y este sentir en el alma el tirón de dos pueblos -océano por medio- lo hace, de algún modo, más habitante del planeta, lo acerca más, en fin, a lo universal".
A partir de 1967 su presencia en la ciudad se hace más estable. Maruxa y Luis se compran en 1970 un piso desde donde se divisaba toda la bahía de Riazor y Orzán y desde donde, por supuesto, se veía el faro de Hércules. Era el número 1 de paseo de Ronda, conocido como torre Coruña. "Seoane miraba desde el piso de la alta vivienda que habitaba el panorama tras la cortina de los cristales", recuerda Fernández del Riego, "muchas veces la lluvia, manseliña o arrebecida, resbalaba sobre la vidriera. Dibujaba aquellas flechas que iban cayendo huidizas. Detrás de los cristales, batidos así, el mundo se llenaba de fantasía para el artista". En las alturas trabajó hasta el último día de su vida, con una vida relajada y reflexiva, mucho más propia de su edad que aquella efervescencia de la preguerra.
Siempre al lado del mar
Los años pasaban pero nunca cedió ni pizca de entusiasmo, como recuerda Xosé Díaz: "Era un hombre extraordinariamente bondadoso, muy inteligente, muy apasionado y muy de izquierdas". Además de trabajar, el artista, "cinéfilo y lector empedernido", frecuentaba todos los cines del centro como el teatro Colón o el Riazor y librerías como Molist y Arenas, de cuyo fundador, Fernando Arenas, era gran amigo. El fundador del Laboratorio de Formas se desplazaba con asiduidad a O Castro y hacía excursiones a ver a los Dieste a Rianxo, a San Andrés de Teixido, Vilar de Donas, Caión... "Hacía poca vida de calle, no se prodigaba en cafeterías ni era peripatético, solía salir para ir a casas de amigos como García-Sabell, Francisco Pillado o Marino Dónega", rememora Xosé Díaz.
Luis Seoane murió para malhadada sorpresa de todos sus allegados, a las once y media de la noche, en su piso de Riazor. "Era un día de la primavera gallega, el 6 de abril de 1979, cuando fue enterrado en el cementerio de la Orillamar herculina", relata Fernández del Riego, "dejaba tras de sí una historia viva de trabajo, de sinceridad, de talento y de amor a la tierra que lo recogió".