GEMMA MALVIDO | A CORUÑA
Amante de la literatura, de las mujeres, de la prensa, de quejarse y de que le escuchasen o leyesen, el escritor Francisco Xavier de la Colina (México, 1927) falleció el lunes, tan sólo un mes después de que los médicos le diagnosticasen un cáncer de páncreas.
Atrás deja libros e infinidad de cartas al director -unas publicadas en los periódicos; otras, las que no fueron seleccionadas por los editores, rescatadas del olvido en un libro-; historias sobre las mujeres que conoció -desde la diputada de Alianza Popular María Victoria Fernández-España y Fernández-Latorre, Totora, hasta la hija del capitán general moro Mizziam-; sus discusiones; sus revoluciones locales, como aquella que causó con sus "poemas de golf", en los que retrataba sin perdón la sociedad coruñesa de los años 70 y que le valió que muchos le retirasen el saludo por verse en aquellas páginas llenas de escarnio o bien por sentirse olvidados por la pluma del escritor y los pinceles de Álvaro Caruncho, que acompañaba sus creaciones.
Un día, su amiga Pilar Dorrego le bautizó como Paco Roma, porque tenía siete hermanas, como la capital italiana, siete colinas que le rodeaban y le protegían. Una de sus hermanas se casó con el ex ministro de Sanidad José Manuel Romay-Beccaría y otra con el catedrático Sánchez Salorio.
Se declaraba "anarco-individualista, un liberal" porque odiaba el colectivismo, renegaba de las excursiones de la tercera edad y también del sambenito de fascista que le había colgado el anterior presidente de la Real Academia Galega, Xosé Ramón Barreiro, aunque aceptaba la de elitista porque concebía la cultura como algo nacido de la élite, de la mano de unos pocos, de los elegidos. Aseguraba que las cartas al director eran la manera más fácil y barata de publicar lo que uno escribía y, por eso, enviaba sus opiniones constantemente a los medios de comunicación. Con tan sólo 21 años, le subieron a los altares y le etiquetaron como promesa de las letras al ganar, con unos poemas compostelanos, los Juegos Florales coruñeses. Y sabía que había nacido para estar entre mujeres. Aunque toda la ciudad conocía que su gran amor había sido Mizziam.